martes, 30 de junio de 2015

La dirección de la cura hoy

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la dirección de la cura hoy

Finales

"La felicidad es saber unir el final con el principio". 
Pitágoras

Falta poco para que llegue mi hora. La hora de la verdad, la hora del final.
Miro el reloj de reojo, deseando que se congele, pero las horas avanzan sin piedad. Más se acerca el temido momento, y más nervioso estoy. Cuando me encuentro haciendo cosas comunes, casi me olvido… pero no, eso está por llegar y mis latidos vuelven a galopar sin límite.
Hubo momentos duros, en donde cualquier cosa de la vida implicaba una pérdida de tiempo y no podía desperdiciar valiosos minutos comiendo, durmiendo o hablando con alguien. Solo tuve mi pequeño escritorio despintado y la lámpara azul enfocando ese objeto que se volvía obligatorio y casi amenazante por las madrugadas.
Aunque me quejo de esta especie de esclavitud, sé muy bien que es una servidumbre elegida, y no puedo negar que amaba estar solo leyendo y que disfrutaba enormemente de la creencia de ser el único hombre despierto en el mundo. El silencio de la noche, mi lámpara con su luz punzante y ese triste lápiz que, cerca del amanecer, parecía tener vida propia, fueron mi hogar.
Sería un desagradecido si dijera que solo fui feliz con los resultados, porque lo que a fin de cuentas me llenaba de orgullo era ese desafío, esa tarea ininterrumpida que me imponía y que era la antesala del supuesto resultado.
Hoy, que estoy muy cerca del final de los finales, me pregunto ¿Qué es más importante?, ¿El trayecto o el destino?. Supongo que uno no es sin el otro, un buen trayecto suele estar acompañado por un buen destino.
La gente me dice que mi final no es “el fin del mundo”, que me lo tengo que tomar como todas las cosas se toman ahora, de forma light. Y me resisto a la moda liviana, porque poner en juego mi existencia es algo por lo menos pesado, es fundamental estar consciente de que mi final es eso: algo que afecta mi existencia.
Claro que el mundo seguirá girando pase lo que pase, pero después de que mi final haya acontecido ¿Qué pasará?, ¿adónde iré?, ¿que será de mi espíritu de soldado cumplidor?, y la verdad es que si no tengo mi escritorio, mi lámpara y mi lápiz diminuto ¡para que vivir!.
Hay muchos tipos de finales, los felices, los perfectos, los patéticos, los lamentables, los ridículos, los sublimes, los fallidos y los peores de todos: los finales abiertos. Miles de metáforas pueden usarse para hablar de los finales: dar el salto, subir la montaña, apostar las fichas, cruzar el puente ,etc. El final es un cierre que depende de las decisiones previas, de esos hechos triviales que se enganchan en determinado tiempo y espacio que uno puede localizar, un mes, tres meses, un año. Y esos pequeños actos vistos en cadena, dejan de ser pequeños y se transforman en un gran acontecimiento.
Por estas razones, no puedo tolerar que me digan que mi final es algo que no merece preocupación o ansiedad, o dedicación de mi parte.
La jarra de café está vacía. Sería mejor descansar un poco antes de dar el presente, quiero estar arreglado y lúcido. No quiero que me apliquen anestesias de ninguna clase, tampoco pretendo que me hagan favores a esta altura.
Aunque acabo de cerrar mi cuaderno, estoy muy concentrado todavía. Me tranquiliza saber que en cada momento previo estuve ahí, y ya no tengo taquicardias. Las incertidumbres se disipan, mis hombros se relajan sea por cansancio o por confianza y siento que estoy listo. Hoy me di cuenta que desconfiar de mis posibilidades era tan delirante como confiar en ellas, por eso decidí confiar. Es la primera vez que estoy tranquilo faltando pocas horas para mi final, el último final de mi carrera. Y se que este es un desenlace especial, el mejor de los finales: un final-comienzo.
No se si mi examen va a estar aprobado o no, pero si tengo la certeza de que es imprescindible estar ahí, duela lo que duela, cueste lo que cueste, porque esa es mi hora y tengo que vivirla, en cuerpo y alma.



jueves, 4 de junio de 2015

Ficciones - Deshojando margaritas

Desde que lo conocí, nunca pude determinar si me quiere o no me quiere.
No se porque enseguida tengo que atribuir un otro en una persona que no lo es. En él no hay otro, ese de la referencia, la apelación, la evocación o el sentido. En él hay la nada del silencio y la indiferencia.
Sin embargo, ante la mínima cosa mala o buena pero pertinente que me pase, apelo a él. Lo llamaría ahora mismo solo para escuchar su voz, y que esa voz le otorgue alguna realidad a estas sensaciones mías.
Pero a la vez, se muy bien que ese gesto de mi parte tendría consecuencias. La primera es ser tomada por loca, por una mujer para la cual el tiempo no pasa. Esa loca que no entiende las razones ni las despedidas.
La segunda consecuencia es que él piense que yo lo pienso, cosa vergonzosa de la cual no me podría recuperar.
Es muy raro, que le de existencia a una cosa que no existe, así yo pienso en él. Puede resultar algo filosófico pero no es tan profundo como parece, simplemente quisiera contarle cosas, quisiera verlo sonreír otra vez, a veces quisiera no querer.

Quisiera poder dejar que las margaritas se deshojen solas.

miércoles, 1 de abril de 2015

La dimensión constructiva del síntoma

La dimensión constructiva del síntoma
Artículo publicado en Revista Salud y Trabajo Nº 6

“Uno solo es responsable en la medida
de su saber hacer”. J. Lacan (1975)

Aunque Freud haya tomado este término de la medicina, el síntoma en Psicoanálisis no siempre se relaciona con la enfermedad. Además de su cara patológica, hay una vertiente constitutiva del síntoma que aparece en la teoría de S. Freud al afirmar la existencia de las fobias infantiles.
J. Lacan sugiere una tercera dimensión del síntoma: la constructiva. Esta dimensión es la posibilidad (puede suceder o no) de convertir lo patológico y lo constitutivo del síntoma en un recurso del sujeto, gracias a un nudo estructural.
Los síntomas representan una modalidad de goce que toma su vestidura de las fijaciones en distintas fases del desarrollo libidinal. El síntoma como “formación sustitutiva de una moción pulsional” le da cuerpo a una satisfacción detenida, en donde cierta cantidad de energía se estaciona y se consume. En general, puede considerarse al síntoma como un intento fallido de solución de un conflicto.
En Inhibición, Síntoma y Angustia, S. Freud se refiere a la extraterritorialidad del síntoma, en donde lo más ajeno es lo más propio del yo. Por su parte, cuando J.  Lacan indaga esta característica paradojal del síntoma, parece proponer una manera más saludable de resolver esta paradoja.
Al final de su obra, J. lacan nos invita a pensar de forma pragmática: el síntoma puede ser apropiado y transformado por el sujeto.
En el seminario El Sinthome, Lacan se cuestiona nuevamente por la locura, pero esta vez escribe: “¿de que modo el artificio puede apuntar expresamente  a lo que se presenta primeramente como síntoma?”.
Lacan interroga la función de la escritura en la vida de J. Joyce, y descubre que su arte fue un medio para convertir el síntoma en sinthome, marca singular del sujeto. El arte muchas veces sostiene, contiene y consuela.
Sin embargo, cuando Lacan se refiere a “saber hacer con el síntoma”, alude al arte como forma (saber hacer algo con nada) más que como contenido (saber escribir, pintar, diseñar, etc.).
Esta maniobra del savoir faire involucra cierto trabajo artístico porque supone una creación a partir del vacío, creación que se apuntala en la ausencia de relación sexual.
Saber hacer significa una transgresión y una apuesta, ya que el sujeto logra trascender el sufrimiento sin abolirlo.
Del hallazgo del nudo borromeo, se desprende una provechosa concepción del fin de análisis: el fin de análisis consiste en una identificación al sinthome, es decir, consiste en saber arreglárselas con lo que a uno le pasa.
Pero aunque parezca simple, esto no es tan sencillo. Leonardo Da Vinci demoró siete años en terminar su obra “La última Cena”…
En un análisis, se podrían diferenciar tres momentos lógicos:
1)    Un acontecimiento invade causando sus efectos, la incidencia de lo real se presenta bajo la forma de una repetición que insiste.
2)    Saber sobre el síntoma. El síntoma se presenta como formación evasiva que permite al sujeto defenderse o refugiarse de lo acontecido. El padecimiento es perpetrado por otro. La apuesta es del analista.
3)    Saber hacer con el síntoma. Implica una admisión que queda a cargo del sujeto. Sea bueno o malo, es algo que le ocurre al sujeto y en esta medida es responsable. A partir de esta apropiación del síntoma, es posible aventurar opciones respecto de lo que se sabe propio. La apuesta es del sujeto.
En este tercer tiempo, que es el tiempo del acto, se establece un nuevo acuerdo entre lo real, lo simbólico y lo imaginario. Afirma Lacan que el sinthome como cuarto nudo es capaz de reparar o ajustar la estructura por tener una función de nominación que el mismo sujeto ha podido crear.
Una transformación drástica puede observarse en el analizante cuando encuentra una respuesta para su pregunta por el ser, porque empiezan a surgir las oportunidades y los medios.
En virtud de un artificio, lo fallido de la historia deviene excusa u ocasión para la producción de lo novedoso. El síntoma pierde su sentido enigmático y el interés del sujeto se desplaza hacia otras cosas que le resultan útiles. Un nudo se ajusta y algo en el sujeto se cierra, permitiéndole acceder a una nueva forma de existir.
Saber hacer con el síntoma es saber hacer Uno con tres, saber que implica un trabajo combinatorio de elementos discontinuos que serán modelados y ordenados artesanalmente.
La unicidad obtenida es herética y profana, en la medida en que este Uno consiste preservando la diferencia y la inconsistencia de la estructura. La práctica clínica revela sin cesar que no basta con que el sujeto tenga un cierto número de bienes, a esos bienes hay que poder utilizarlos.
Saber hacer con el síntoma es entonces, saber hacer con la ex - sistencia.




martes, 17 de febrero de 2015

Demanda de felicidad y fin de análisis

Ps. Paula F. Lucero
 “La felicidad es darse cuenta
que nada es demasiado importante”.
Antonio Gala


La condición humana. René Magritte.
Es común que, en las primeras entrevistas, los potenciales analizantes dividan su historia en dos momentos: un tiempo previo en donde fueron felices y el presente, en donde ya no lo son. En menor número, se presentan aquellos que describen la búsqueda de una felicidad jamás experimentada. En estas situaciones la felicidad aparece como un bien preciado que desea recuperarse o alcanzarse.
El analista recibe la demanda de felicidad que los pacientes traen, pero a dicho pedido le hace contrapeso con su deseo: el analista, tal como afirma Lacan, “no puede desear algo imposible”(1). La posición del analista se sostiene de un deseo vaciado de ideales.
En El Malestar en la cultura, Freud caracteriza la vida humana como “gravosa”, por estar plagada de “dolores, desengaños y tareas insolubles”. Una gran cantidad de tiempo es destinada a calmar o anestesiar  los padecimientos, las frustraciones y el estrés que la vida presenta.
El fin perseguido en la vida, la felicidad, es establecido por el principio del placer que orienta los procesos anímicos hacia lo placentero. Al respecto, Freud afirma que la pretensión del principio del placer es irrealizable: “…el propósito de que el hombre sea <dichoso> no está contenido en el plan de la <creación>”(2). Esto ocurre no solo por las condiciones del mundo exterior sino fundamentalmente por la constitución psíquica misma.
La felicidad, esa que no existe, alude a un estado de plenitud absoluta, “sin sombras” al decir de Lacan. Se trata de un estado de beatitud y tranquilidad en donde todas las necesidades estarían satisfechas, no habría perturbación alguna y el sujeto tendría todo lo que quiere tener.
La economía libidinal demuestra incansablemente que la creencia de que un objeto o un bien determinado, podría darnos esta felicidad, es errónea. Una vez alcanzado, el maravilloso objeto pierde su color…Lo mismo ocurre cuando se trata del deseo, el deseo no habita en tal o cual objeto si no que “es el cambio de objeto en sí mismo”.
El ser humano no está hecho para permanecer en la cima, solo le está reservada una felicidad episódica. Si la felicidad como objetivo permanente no es posible,
¿qué criterios determinan el fin de análisis?.

Las condiciones psíquicas
El desarrollo de  la subjetividad humana consiste en la incorporación de legados culturales y familiares que se asientan en distintas formaciones psíquicas. Dichas formaciones representan una limitación y ordenamiento de las tendencias iniciales de la llamada perversión polimorfa. La cultura, bajo la forma específica del super yo, impone restricciones a la pulsión, como si dijera: “solo podrás ser un poco feliz si pagas el precio”. Una persona adulta, comprende que sus placeres tienen un costo que estará dispuesto a pagar o no.
Si por felicidad se entiende satisfacción pulsional, la consolidación de la estructura psíquica implica la reducción del placer, el rodeo hacia la satisfacción e incluso una renuncia a ciertos deseos. Goethe acierta al afirmar que “la felicidad nace de la moderación”.
Desde los inicios, Freud planteó que la vida anímica está marcada por un conflicto incesante entre la sexualidad y el yo. Retomando estas afirmaciones, Lacan precisa los conceptos de goce y deseo. Éstos nos remiten a la oposición ancestral entre lo prohibido y lo permitido para el ser hablante.
La prohibición no solo recae en los objetos incestuosos, luego se extiende a todos los lazos que el sujeto establece con sus objetos.  Sabido es que existe una línea delgada entre el placer y el sufrimiento, fácilmente lo hermoso puede transformarse en algo tortuoso si se produce un cambio en la intensidad, la frecuencia y la duración de los encuentros con los objetos de satisfacción.
Por lo tanto, esta conflictiva humana se refiere a la moral (lo correcto y lo incorrecto) pero fundamentalmente a la ética (lo deseado y lo no deseado). Es común que la mayoría de las veces la moral y la ética no coincidan, por lo cual solo podríamos hablar de una felicidad limitada. Al parecer, las cosas pueden disfrutarse siempre y cuando no sean “demasiado” buenas.
En la teoría de Freud, el límite entre el placer y el dolor es una cuestión de economía libidinal. El problema de la distribución de libido es planteado en términos dinámicos: la libido se estanca, se acumula, se descarga o circula.  Cuando las cantidades se concentran en un solo lugar, se genera el empobrecimiento en otras áreas. Algunos sectores se cargan demasiado y puede producirse el “desborde” emocional, palabra que está de moda en la actualidad.
Más avanzada su obra, Freud describe una clase de placer paradójico, doloroso, que se presenta como compulsión de repetición. Normalmente existe una mezcla de energías psíquicas: la destrucción y la creación. La compulsión surge cuando hay desmezcla pulsional y la libido se separa, quedando solo una aspiración a la descarga de estímulos, la destrucción de la pulsión de muerte.
El aburrimiento, la tristeza y la angustia son afectos tan conocidos por todos, que cabe afirmar que la verdadera lucha no es entre el sujeto y el mundo exterior sino entre el sujeto y su propio masoquismo primordial.
La conflictiva psíquica perpetúa la división del sujeto, siempre convocado por su acto, se ve compelido a elegir entre la medida o el exceso, el deseo o el goce.
El exceso habita las fantasías, por lo que muchos analizantes anhelan una vida
imposible de vivir: “vivir sin comer o comer sin engordar” , “estar con todas las mujeres sin perder a ninguna” , “ser millonario sin trabajar”. Los ejemplos se multiplican cuando el analista recuerda las formulaciones de la demanda de felicidad que traen los pacientes.
Desear lo imposible es entonces una tendencia estructural que habita el discurso, tejido simbólico que precede y recibe al niño cuando llega al mundo.
Al decir de Lacan, este mundo es en realidad inmundo, ya que nunca se obtiene una representación acabada de él. La llegada a lo real del mundo es amortiguada por el registro simbólico que presta la red necesaria para la construcción de escenas imaginarias. La evolución psíquica del ser humano se produce merced a un incesante proceso de elaboración de lo real que nunca es exhaustivo. En este punto, el síntoma revela las posibilidades de elaboración de cada quien; testimonia el efecto que lo impensable tiene en la persona, ya que el síntoma es una forma de hablar de lo real con el cuerpo.
En numerosas oportunidades, Lacan afirma que el psicoanálisis es una práctica que se ocupa de lo que no anda: lo que no anda es “una gran fatiga de vivir como resultado de la carrera hacia el progreso”(3). En esta hazaña posmoderna, la felicidad forma parte del horizonte, circulando la idea de que ser feliz consiste en tenerlo todo, al menor precio y lo más rápido posible.
Este ideal de felicidad es la propuesta social más exitosa de todos los tiempos, ya que clava su oferta en el blanco de la estructura psíquica: la mayor dificultad del ser humano consiste en tolerar la falta. Los objetos de la tecno ciencia prometen la cobertura y hasta la abolición de la falta, generando la ilusión de que existe un placer que no tiene costo. Los límites entre lo imposible y lo posible se vuelven cada vez más difusos hasta el punto que se invita a los sujetos a consumir lo imposible mismo.
En la demanda de felicidad, cada analizante compartirá con el analista aquellos pedidos que hace a las estrellas, al universo, a la luna, al espejo o a su Dios. Pedidos más o menos desesperados que se arman con la pasta de los ideales sociales de nuestra época y las marcas que los otros han dejado en su historia singular.

Las formas de la felicidad
Respecto a la felicidad, el amor suele reunir las mayores expectativas. Si alguien pudiera elegir entre “suerte en el juego o mala suerte en el amor”, de seguro dejaría el dinero para ser amado.
Las formulaciones típicas de la demanda de felicidad tienen que ver con la posesión de bienes u objetos de amor, en donde nunca se prescinde de una utopía llena de elementos felices. A las ganas de disfrute personal suele agregarse el afán por demostrar los logros a los demás. He aquí una aspiración narcisista que muchas veces impide ver las verdaderas intenciones que la persona tiene.
Ciertas figuras prestan las imágenes de la felicidad, mostrando la cara tragicómica del sufrimiento humano: el alumno perfecto, el empresario exitoso, superman o la mujer maravilla, la mujer o el hombre ideal. Estos personajes imaginarios hacen eco en el consultorio revelando que el sujeto reniega de su impotencia, padece sus carencias pidiendo completud.
En cada versión de la felicidad el acento es puesto en diferente objeto, pero el trasfondo es el mismo: una fantasía de libertad.
Al poco tiempo de trabajo analítico el espejismo se revela: se pretende encarnar estos personajes porque son distintas figuras de la autosuficiencia. Pero el sujeto cuanto más cree que hace lo que quiere, menos libre es, en la medida en que si hay sufrimiento, seguramente no está solo en ese camino.
La búsqueda de una felicidad absoluta acarrea uno de los males más angustiantes: la esperanza.  Se espera el llamado, el cumplimiento de una promesa, el milagro o la clemencia del destino. En su pretensión de despojarse de aquello que lo mortifica (sus vacíos), el sujeto vive a destiempo, presintiendo que algo genial está por pasar y nunca ocurre. Y si algo importante ocurriera probablemente no podría verlo, ya que la demanda de felicidad plena pertenece a otro espacio, a otro tiempo.

Transformaciones de la demanda
La independencia tan ansiada por el neurótico resulta ser un fin posible si está dispuesto a reformular sus pretensiones. Es necesario poner reparo en las posibilidades del propio psiquismo, interrogando las ideas de felicidad para situar la implicación del sujeto en dichas fantasías.
Por lo tanto, esta pregunta por el propio deseo se instala en un devenir. La respuesta que el sujeto pueda elaborar, no se presenta como la solución a todos los males, la receta perfecta, sino más bien como una brújula que orienta sus actos de allí en adelante.
La libertad deja de pensarse como una desvinculación del Otro y comienza a surgir la chance de vivir mejor con lo que ese Otro ha podido dar, lo cual implica restarle protagonismo a las fallas del Otro para dar lugar al propio pensamiento.
El análisis invita a descubrir que la libertad del sujeto no depende de un acontecimiento puntual sino de un cambio de posición. El sujeto es libre cuando deja de sentirse culpable y se concentra en hacer cosas interesantes, por más dividido que esté.
La felicidad permitida al ser humano está moderada por la castración, de modo que el disfrute exige siempre una pérdida. Siguiendo a Winnicot, puede decirse que las pérdidas  se toleran mejor si el sujeto posee “la capacidad para estar solo”.
Por otra parte, el precio a pagar por aquello que se quiere nunca debe ser impagable, es decir, no es necesario concentrar todos los recursos en un único objeto. La felicidad nunca surge de lo exclusivo e inmóvil, sino más bien de la distribución de los recursos.
Respecto a nuestra función como analistas, Lacan plantea una suerte de criterio para dar “el alta”: “Cuando un analizante piensa que él está feliz de vivir, es suficiente”(4). En 1975, el maestro parece situar una clase felicidad, aquella que es posible. Estar “feliz de vivir” es un estado sentido y ya no imaginado, entiendo que Lacan se refiere a un disfrute sostenible en el tiempo, donde el sujeto ha dejado de sufrir por aquello de lo que carece. También puede decirse que encuentra suficientes razones para vivir, a pesar de todo.
Por lo tanto, un análisis nunca satisface la demanda de felicidad, porque “la felicidad” no existe, más bien colabora en la búsqueda de pequeñas felicidades que permiten disfrutar más de los trayectos que de los fines.
Estar feliz es un estado que cada quien significa a su manera. No puede decirse lo mismo respecto al ser feliz, ya que el ser humano nunca es feliz allí donde ocurren las cosas. La felicidad del ser es algo perdido, solo podemos disfrutar del contraste, decía Freud.
Cuando una cura se organiza alrededor del ideal de felicidad, se corre el riesgo de caer en un pesimismo ingenuo o en un optimismo ciego, lo cierto es que no es posible que todas las cosas anden bien en la vida de alguien.
Sin embargo, es alentador saber que basta con que unas pocas cosas anden más o menos bien para que un destello de felicidad aparezca. Felicidad singular, incompleta, huidiza pero a la medida de cada uno.
En el proceso del análisis, la demanda de felicidad se transforma en una pregunta por el bienestar. Y esta pregunta habita en lo cotidiano, las cosas corrientes de la vida.

Notas:
(1)  Lacan. J. El Seminario . Libro VII. La ética del Psicoanálisis. Paidos. Bs. As. Pág. 358.
(2)  Freud. S. El Malestar en la Cultura. Tomo XXI. Amorrortu Editores. Bs. As. Pág. 76.
(3)  Lacan. J. Dificultad de vivir. Entrevista publicada por la revista Panorama (Roma) en su número del 21 de diciembre de 1974. En http://www.con-versiones.com.ar/
(4)  Lacan. J. Conferencias y charlas en Universidades Norteamericanas. 1975. Scilicet nº 6/7. Traducción Ricardo Rodriguez ponte. Escuela Freudiana de Buenos Aires. En http://elpsicoanalistalector.blogspot.com.ar/


lunes, 26 de enero de 2015

Todavía - Mario Benedetti

No lo creo todavía 
estás llegando a mi lado 
y la noche es un puñado 
de estrellas y de alegría 

palpo gusto escucho y veo 
tu rostro tu paso largo 
tus manos y sin embargo 
todavía no lo creo 

tu regreso tiene tanto 
que ver contigo y conmigo 
que por cábala lo digo 
y por las dudas lo canto 

nadie nunca te reemplaza 
y las cosas más triviales 
se vuelven fundamentales 
porque estás llegando a casa 

sin embargo todavía 
dudo de esta buena suerte 
porque el cielo de tenerte 
me parece fantasía 

pero venís y es seguro 
y venís con tu mirada 
y por eso tu llegada 
hace mágico el futuro 

y aunque no siempre he entendido 
mis culpas y mis fracasos 
en cambio sé que en tus brazos 
el mundo tiene sentido 

y si beso la osadía 
y el misterio de tus labios 
no habrá dudas ni resabios 
te querré más 
todavía.


viernes, 23 de enero de 2015

Las manos de piedra


A pesar de que eran las ocho y cuarto de la mañana, ya estaba cansado. Tuvo que organizar varias cosas antes de ir al sanatorio.
Según le habían dicho, el médico era el mejor especialista.
Ingresó en el ascensor con tres personas más, una enfermera y dos hombres. Al llegar al quinto piso, una mujer rubia y arreglada lo recibió cálidamente. Llenó todos los papeles, firmo muchos y esperó. En vano, intentó distraerse mirando una revista de hospitales hasta que finalmente lo llamaron para llevarlo a su habitación.
Estaba solo pero se sentía bien así, no le gustaba molestar a Claudia con sus problemas de salud. Con una rapidez de película, lo trasladaban hacia la sala de operaciones. El sonido de las ruedas de la camilla parecía agujerear los mosaicos…
-Anestesista, haga lo suyo y comenzamos-dijo el cirujano con voz apresurada.
Miguel, tendido en la camilla helada del quirófano, alcanzaba a ver los ojos negros del médico que asomaban tímidamente por encima del barbijo.
Había varias personas circulando alrededor de su inmaculado aposento, pero no lograba verlas, solo sentía su presencia en los brazos.
Una mujer de voz grave tenía bastante protagonismo, sus palabras eran pocas y precisas. En un momento la mujer se acerca.
-¿Tenes todo? –Dijo la enfermera al doctor.
A pesar de que Miguel sabía que le hablaba al médico, no pudo dejar de pensar que eso iba para él. ¿Tenía todo?. Su vida, ¿era digna de ser vivida?. Con los años había acuñado numerosos bienes. El crecimiento económico y personal demostraban que era una vida productiva. Pero, ¿tenía todo lo que hace falta?.
Las voces se escuchaban cada vez más lejanas, como si los hablantes tuvieran algodones en la boca.
Creyó conveniente mantener la mirada fija en la luz redonda que colgaba sobre la camilla. “Directo a los ojos (pensó) blanco y directo”.
Ya no sentía frío, Solo un hormigueo en las manos y la sensación de irse hacia un lugar neutro, ni lindo ni feo, pero tranquilo.
Cada vez le quedaba menos tiempo para pensar. Tenía que aprovechar los últimos segundos de conciencia por más que le resultara costoso.
Si algo le dio la calle fue el aprendizaje de cosas importantes. Había que dar lo mejor de uno, explotar las capacidades al máximo, descansar lo menos posible y trabajar hasta el final.
Pero ya casi no podía mantenerse despierto. Sus ojos se le cerraban como si dos manos de piedra le bajaran los párpados suavemente.
Le preocupaba no saber lo que iba a pasar una vez que estuviera dormido. La idea de estar en manos de otro lo enloquecía. Por primera vez en su vida, tenía que dejarse estar y soportar que la situación no estuviera controlada. Él no estaba a cargo y cualquier cosa podía pasar.
Antes de adormecerse por completo, alcanzó a pensar en el regreso al trabajo y el desorden que iba a encontrar cuando volviera.
Pero bien merecido tenía relajarse un poco...
En ese instante, el recuerdo de su padre lo invadió; y en medio de los sonidos metálicos se oyó: “tranquilo hijo, no está mal descansar”.


Mi primer libro!

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