A pesar de que eran las ocho y cuarto de la mañana, ya
estaba cansado. Tuvo que organizar varias cosas antes de ir al sanatorio.
Según le habían dicho, el médico era el mejor
especialista.
Ingresó en el ascensor con tres personas más, una
enfermera y dos hombres. Al llegar al quinto piso, una mujer rubia y arreglada
lo recibió cálidamente. Llenó todos los papeles, firmo muchos y esperó. En
vano, intentó distraerse mirando una revista de hospitales hasta que finalmente
lo llamaron para llevarlo a su habitación.
Estaba solo pero se sentía bien así, no le gustaba
molestar a Claudia con sus problemas de salud. Con una rapidez de película, lo
trasladaban hacia la sala de operaciones. El sonido de las ruedas de la camilla
parecía agujerear los mosaicos…
-Anestesista, haga lo suyo y comenzamos-dijo el
cirujano con voz apresurada.
Miguel, tendido en la camilla helada del quirófano,
alcanzaba a ver los ojos negros del médico que asomaban tímidamente por encima
del barbijo.
Había varias personas circulando alrededor de su
inmaculado aposento, pero no lograba verlas, solo sentía su presencia en los
brazos.
Una mujer de voz grave tenía bastante protagonismo,
sus palabras eran pocas y precisas. En un momento la mujer se acerca.
-¿Tenes todo? –Dijo la enfermera al doctor.
A pesar de que Miguel sabía que le hablaba al
médico, no pudo dejar de pensar que eso iba para él. ¿Tenía todo?. Su vida, ¿era
digna de ser vivida?. Con los años había acuñado numerosos bienes. El
crecimiento económico y personal demostraban que era una vida productiva. Pero,
¿tenía todo lo que hace falta?.
Las voces se escuchaban cada vez más lejanas, como
si los hablantes tuvieran algodones en la boca.
Creyó conveniente mantener la mirada fija en la luz
redonda que colgaba sobre la camilla. “Directo a los ojos (pensó) blanco y
directo”.
Ya no sentía frío, Solo un hormigueo en las manos y
la sensación de irse hacia un lugar neutro, ni lindo ni feo, pero tranquilo.
Cada vez le quedaba menos tiempo para pensar. Tenía
que aprovechar los últimos segundos de conciencia por más que le resultara
costoso.
Si algo le dio la calle fue el aprendizaje de cosas
importantes. Había que dar lo mejor de uno, explotar las capacidades al máximo,
descansar lo menos posible y trabajar hasta el final.
Pero ya casi no podía mantenerse despierto. Sus ojos
se le cerraban como si dos manos de piedra le bajaran los párpados suavemente.
Le preocupaba no saber lo que iba a pasar una vez
que estuviera dormido. La idea de estar en manos de otro lo enloquecía. Por
primera vez en su vida, tenía que dejarse estar y soportar que la situación no
estuviera controlada. Él no estaba a cargo y cualquier cosa podía pasar.
Antes de adormecerse por completo, alcanzó a pensar
en el regreso al trabajo y el desorden que iba a encontrar cuando volviera.
Pero bien merecido tenía relajarse un poco...
En ese instante, el recuerdo de su padre lo invadió;
y en medio de los sonidos metálicos se oyó: “tranquilo hijo, no está mal
descansar”.
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