-¿Algo más?-dijo la empleada de la perfumería con
cara de pocos amigos.
Natalia tardó en responder. ¡Había tantas cosas que
le gustaría comprar inmediatamente!. Tenía una especial debilidad por los perfumes,
que de hecho, coleccionaba.
Cada vez que iba a “Soy Mujer”, el número de
artículos por llevar iba creciendo a medida que recorría esos tentadores
estantes de color rosa chicle.
Inútilmente, cada vez que ingresaba al local, miraba
los canastos amarillos y decidía que solo por hoy, no compraría más de dos
cosas. De tal forma que con sus manos bastaría para cargar todo.
Era irremediable, llegaba un momento en que su
cuerpo ya no alcanzaba para contener tantos goces, y es así que rebobinaba su
recorrido para tomar ese canasto que ahora, era imprescindible.
Solía pensar que todo lo que hay en una perfumería es necesario
para una mujer. Era necesario tener en cuenta cada parte del cuerpo a la hora
de embellecerse: el pelo, la piel, las uñas, los labios, los dientes, la
higiene general, etc.
Cada vez que iba para el centro, la perfumería era
un paso obligado.
Ese mes, había tenido que ir muchas más veces, iba
por la séptima vuelta. Es que se había olvidado de comprar algodón y una sombra
color marfil. Elegir esta sombra le había llevado tanto tiempo que finalmente
decidió llevar las dos: la opaca y la satinada.
Aunque disfrutaba mucho del acto de comprar en este
bello negocio, sabía que ese placer se nublaba cuando aparecían los reproches
internos.
Gran parte de su sueldo de empleada administrativa
se iba allí, como se va un tren de la estación: a paso lento pero bien firme.
Era tal la costumbre o más bien el ritual de
compras, que la lucha interna formaba parte del mismo acontecimiento.
Perfumes, cremas, maquillajes y esa frasecita que le
decía “deberías dejar de comprar, estúpida”.
Podría decirse que durante esas horas en que bailaba
entre estantes de Soy mujer, era
feliz. Estando en la caja, y a punto de cargar la pila de bolsas atiborradas de
objetos irresistibles, sentía un éxtasis en su corazón femenino.
Todo cambiaba de color cuando llegaba a su casa.
El placer persistía hasta que la tarea de acomodar
los tesoros encontrados finalizaba. Cada cosa estaba en su lugar. En el intento
de hacer un stock, Natalia miraba a su alrededor como un gato a su presa para
descartar cualquier falta en la repisa de belleza.
No podía haber un espacio vacío entre una crema y una colonia. Cuando nada faltaba llegaba el
momento de relajarse.
Pero paradójicamente, allí enfrentada a su altar de
cosméticos totalmente lleno, sentía un vacío casi insoportable de tolerar.
La alegría y la euforia habían terminado para dar
paso a ese sentimiento difuso de normalidad que invade cuando llega la hora de
perpetuar la vida diaria.
La empleada del negocio vuelve a preguntar con
insistencia y tono elevado:
-Sra. Quiere algo más?
Natalia mira su tarjeta de crédito y responde:
-Si, deme ese difusor de fragancia para el ambiente.
El de lavanda, por favor.
Había escuchado que la planta de lavanda era curativa,
y pensó que el horrible momento que estaba por venir cuando llegara a su casa,
podría ser una oportunidad para sentirse mejor, a pesar de todo.
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