martes, 30 de junio de 2015

Finales

"La felicidad es saber unir el final con el principio". 
Pitágoras

Falta poco para que llegue mi hora. La hora de la verdad, la hora del final.
Miro el reloj de reojo, deseando que se congele, pero las horas avanzan sin piedad. Más se acerca el temido momento, y más nervioso estoy. Cuando me encuentro haciendo cosas comunes, casi me olvido… pero no, eso está por llegar y mis latidos vuelven a galopar sin límite.
Hubo momentos duros, en donde cualquier cosa de la vida implicaba una pérdida de tiempo y no podía desperdiciar valiosos minutos comiendo, durmiendo o hablando con alguien. Solo tuve mi pequeño escritorio despintado y la lámpara azul enfocando ese objeto que se volvía obligatorio y casi amenazante por las madrugadas.
Aunque me quejo de esta especie de esclavitud, sé muy bien que es una servidumbre elegida, y no puedo negar que amaba estar solo leyendo y que disfrutaba enormemente de la creencia de ser el único hombre despierto en el mundo. El silencio de la noche, mi lámpara con su luz punzante y ese triste lápiz que, cerca del amanecer, parecía tener vida propia, fueron mi hogar.
Sería un desagradecido si dijera que solo fui feliz con los resultados, porque lo que a fin de cuentas me llenaba de orgullo era ese desafío, esa tarea ininterrumpida que me imponía y que era la antesala del supuesto resultado.
Hoy, que estoy muy cerca del final de los finales, me pregunto ¿Qué es más importante?, ¿El trayecto o el destino?. Supongo que uno no es sin el otro, un buen trayecto suele estar acompañado por un buen destino.
La gente me dice que mi final no es “el fin del mundo”, que me lo tengo que tomar como todas las cosas se toman ahora, de forma light. Y me resisto a la moda liviana, porque poner en juego mi existencia es algo por lo menos pesado, es fundamental estar consciente de que mi final es eso: algo que afecta mi existencia.
Claro que el mundo seguirá girando pase lo que pase, pero después de que mi final haya acontecido ¿Qué pasará?, ¿adónde iré?, ¿que será de mi espíritu de soldado cumplidor?, y la verdad es que si no tengo mi escritorio, mi lámpara y mi lápiz diminuto ¡para que vivir!.
Hay muchos tipos de finales, los felices, los perfectos, los patéticos, los lamentables, los ridículos, los sublimes, los fallidos y los peores de todos: los finales abiertos. Miles de metáforas pueden usarse para hablar de los finales: dar el salto, subir la montaña, apostar las fichas, cruzar el puente ,etc. El final es un cierre que depende de las decisiones previas, de esos hechos triviales que se enganchan en determinado tiempo y espacio que uno puede localizar, un mes, tres meses, un año. Y esos pequeños actos vistos en cadena, dejan de ser pequeños y se transforman en un gran acontecimiento.
Por estas razones, no puedo tolerar que me digan que mi final es algo que no merece preocupación o ansiedad, o dedicación de mi parte.
La jarra de café está vacía. Sería mejor descansar un poco antes de dar el presente, quiero estar arreglado y lúcido. No quiero que me apliquen anestesias de ninguna clase, tampoco pretendo que me hagan favores a esta altura.
Aunque acabo de cerrar mi cuaderno, estoy muy concentrado todavía. Me tranquiliza saber que en cada momento previo estuve ahí, y ya no tengo taquicardias. Las incertidumbres se disipan, mis hombros se relajan sea por cansancio o por confianza y siento que estoy listo. Hoy me di cuenta que desconfiar de mis posibilidades era tan delirante como confiar en ellas, por eso decidí confiar. Es la primera vez que estoy tranquilo faltando pocas horas para mi final, el último final de mi carrera. Y se que este es un desenlace especial, el mejor de los finales: un final-comienzo.
No se si mi examen va a estar aprobado o no, pero si tengo la certeza de que es imprescindible estar ahí, duela lo que duela, cueste lo que cueste, porque esa es mi hora y tengo que vivirla, en cuerpo y alma.



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