"La felicidad es saber unir el final con el principio".
Pitágoras
Falta poco para que llegue mi hora. La hora
de la verdad, la hora del final.
Miro el reloj de reojo, deseando que se
congele, pero las horas avanzan sin piedad. Más se acerca el temido momento, y
más nervioso estoy. Cuando me encuentro haciendo cosas comunes, casi me olvido…
pero no, eso está por llegar y mis latidos vuelven a galopar sin límite.
Hubo momentos duros, en donde cualquier cosa
de la vida implicaba una pérdida de tiempo y no podía desperdiciar valiosos
minutos comiendo, durmiendo o hablando con alguien. Solo tuve mi pequeño
escritorio despintado y la lámpara azul enfocando ese objeto que se volvía
obligatorio y casi amenazante por las madrugadas.
Aunque me quejo de esta especie de
esclavitud, sé muy bien que es una servidumbre elegida, y no puedo negar que
amaba estar solo leyendo y que disfrutaba enormemente de la creencia de ser el
único hombre despierto en el mundo. El silencio de la noche, mi lámpara con su
luz punzante y ese triste lápiz que, cerca del amanecer, parecía tener vida
propia, fueron mi hogar.
Sería un desagradecido si dijera que solo fui
feliz con los resultados, porque lo que a fin de cuentas me llenaba de orgullo
era ese desafío, esa tarea ininterrumpida que me imponía y que era la antesala
del supuesto resultado.
Hoy, que estoy muy cerca del final de los
finales, me pregunto ¿Qué es más importante?, ¿El trayecto o el destino?. Supongo
que uno no es sin el otro, un buen trayecto suele estar acompañado por un buen
destino.
La gente me dice que mi final no es “el fin
del mundo”, que me lo tengo que tomar como todas las cosas se toman ahora, de
forma light. Y me resisto a la moda
liviana, porque poner en juego mi existencia es algo por lo menos pesado, es
fundamental estar consciente de que mi final es eso: algo que afecta mi
existencia.
Claro que el mundo seguirá girando pase lo
que pase, pero después de que mi final haya acontecido ¿Qué pasará?, ¿adónde
iré?, ¿que será de mi espíritu de soldado cumplidor?, y la verdad es que si no
tengo mi escritorio, mi lámpara y mi lápiz diminuto ¡para que vivir!.
Hay muchos tipos de finales, los felices, los
perfectos, los patéticos, los lamentables, los ridículos, los sublimes, los
fallidos y los peores de todos: los finales abiertos. Miles de metáforas pueden
usarse para hablar de los finales: dar el salto, subir la montaña, apostar las
fichas, cruzar el puente ,etc. El final es un cierre que depende de las
decisiones previas, de esos hechos triviales que se enganchan en determinado
tiempo y espacio que uno puede localizar, un mes, tres meses, un año. Y esos
pequeños actos vistos en cadena, dejan de ser pequeños y se transforman en un
gran acontecimiento.
Por estas razones, no puedo tolerar que me
digan que mi final es algo que no merece preocupación o ansiedad, o dedicación
de mi parte.
La jarra de café está vacía. Sería mejor
descansar un poco antes de dar el presente, quiero estar arreglado y lúcido. No
quiero que me apliquen anestesias de ninguna clase, tampoco pretendo que me
hagan favores a esta altura.
Aunque acabo de cerrar mi cuaderno, estoy muy
concentrado todavía. Me tranquiliza saber que en cada momento previo estuve ahí,
y ya no tengo taquicardias. Las incertidumbres se disipan, mis hombros se
relajan sea por cansancio o por confianza y siento que estoy listo. Hoy me di
cuenta que desconfiar de mis posibilidades era tan delirante como confiar en
ellas, por eso decidí confiar. Es la primera vez que estoy tranquilo faltando
pocas horas para mi final, el último final de mi carrera. Y se que este es un
desenlace especial, el mejor de los finales: un final-comienzo.
No se si mi examen va a estar aprobado o no,
pero si tengo la certeza de que es imprescindible estar ahí, duela lo que
duela, cueste lo que cueste, porque esa es mi hora y tengo que vivirla, en
cuerpo y alma.
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