No se porque enseguida tengo que atribuir un otro
en una persona que no lo es. En él no hay otro, ese de la referencia, la
apelación, la evocación o el sentido. En él hay la nada del silencio y la
indiferencia.
Sin embargo, ante la mínima cosa mala o buena
pero pertinente que me pase, apelo a él. Lo llamaría ahora mismo solo para
escuchar su voz, y que esa voz le otorgue alguna realidad a estas sensaciones
mías.
Pero a la vez, se muy bien que ese gesto de
mi parte tendría consecuencias. La primera es ser tomada por loca, por una
mujer para la cual el tiempo no pasa. Esa loca que no entiende las razones ni
las despedidas.
La segunda consecuencia es que él piense que
yo lo pienso, cosa vergonzosa de la cual no me podría recuperar.
Es muy raro, que le de existencia a una cosa
que no existe, así yo pienso en él. Puede resultar algo filosófico pero no es
tan profundo como parece, simplemente quisiera contarle cosas, quisiera verlo
sonreír otra vez, a veces quisiera no querer.
Quisiera poder dejar que las margaritas se
deshojen solas.

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