jueves, 2 de julio de 2015

La dama de blanco


Si seguía leyendo probablemente terminaría desmayada. El grado de estupor fue tal que luego de guardar el montón de cartas en el cajón, seguía viendo el nombre de quién firmaba las cartas, “Florencia”, una y otra vez.
Sabía que ese cajón escondía algo importante que Matías no había querido mostrar. Sabía que la relación, que tan bien andaba, se iba a empañar con algo, solo era cuestión de tiempo.
Había leído muy rápido, pero lo fundamental quedó amarrado en su memoria. Decir que estaba celosa era poco, más bien estaba ida, tenía una furia insólita en ella.
Tan terrible era darse cuenta que otra mujer había tenido a su amado… Que ingenuidad pensar que era solo para ella. Lo más punzante fue pensar que no era suficientemente bella, inteligente, adinerada como la tal Florencia, por lo que su letra dejaba traslucir, era una mujer perfecta para su novio. Incluso no podía imaginarse las razones que motivaron la ruptura entre ellos.
Se paraba y se sentaba, giraba y luego caminaba de un lado al otro, tenía unas ganas imperiosas de irse de ahí, pero primero debería llegar su novio, abrirle la puerta. Se suponía que dedicaría esas dos horas al estudio…
-Que haces amor, ¿todo bien?. Dijo Matías al llegar, con la menor preocupación.
Soledad no podía ya aguantar sus emociones dentro del cuerpo
-No, todo mal, encontré las cartitas de tu amada. Se ve que las guardaste, ¡por algo será!.
-¿que cartas? ¿Que amada?
-No te hagas el desentendido, tenes un monton de cartas de amor, fotos y esas cosas en el último cajón. Abrime la puerta que me voy.
-Ahhh… ¿las cartas de Florencia?. Pero eso fue hace mucho tiempo linda, las guarde como recuerdo, nada más.
-Bueno, te la hago cortita: o tiras las cartas o no me ves nunca más.
Matías se rio con cierto nerviosismo. Le gustaría conservar esos papeles porque Florencia lo había acompañado en muchas experiencias. Pero la expresión de Soledad, le indicaba que solo había una opción.
-Bueno, no hay problema. Las tiro todas. Ahora las tiramos a la basura.
Soledad respiró más fácilmente. Por un lado, fue una respuesta que le gustó escuchar. Aliviada, empezó a bajarle la temperatura. Era lo que había que hacer, pero tal vez era un poco injusta.
Matias podría ir a su casa y revisarle la caja verde, que más que verde era la caja negra. Allí guardaba algunos diarios en donde relataba sus historias de amor con distintos hombres. Si llegara a ver todo eso, de seguro quedaría sola.
Después de todo, las de Florencia eran cartas inocentes excepto una, una que estuvo a punto de provocarle una descompensación estomacal.
Luego de tirar la bolsa llena de cartas a la basura, se despidieron con un beso.
Dispuesta a tomar el colectivo rumbo a su casa, una corriente nerviosa comenzó a recorrerla íntegramente. Porque algunas cartas, no había podido leerlas y lo mejor sería leerlo todo, saber detalles, fechas. Podría averiguar más de Florencia, donde vive, que hace y esas cosas.

A lo lejos, y entre los hilos de sol que se le escabullían a través de sus lentes, vio acercarse el colectivo que tenía que tomar. Desde la parada, podía ver aún el volquete en donde habitaban las cartas y esos segundos resultaron tortuosos, porque quería correr hasta el volquete, sacar la bolsa y llevársela a su casa para hacer una especie de autopsia, investigación del pasado amoroso de Matías. Pero Soledad no era una loca, tenía dignidad suficiente como para evitar meterse dentro del tacho de la basura.
El colectivo ya estaba a sus pies, y con una mirada parecida a la de un niño que observa el juguete que desea a través de la vidriera, se despidió de la bolsa de cartas.
De inmediato abrió el cuadernillo de anatomía para avanzar un poco, ya que había perdido toda la mañana revisando los cajones de Matías, una verdadera tontería si lo pensaba dos veces.
Al cabo de algunas semanas, la tormenta había pasado, Las cosas volvieron a la normalidad y el buen trato entre ellos. Nuevamente gozaba de esa comodidad que solo la costumbre puede brindar.
Los celos se apaciguaron y siguió su vida sin mayores molestias.
Esa noche se había dormido enseguida, sin leer ni mirar nada. Después de cursar tres materias en la facultad, llegaba tan cansada que no había preámbulos para dormir.
A mitad de la noche, un ruido tosco la despertó, como un golpe.
Entre las sombras, sobre la puerta de su dormitorio, se esbozaba una silueta que le costaba determinar con la vista. Para cerciorarse de que estaba despierta, se incorporó en su cama.
La silueta comenzaba a tener contornos más nítidos, de color blanco brillante, se dejaba ver una mujer alta, de pelo largo y lacio que la  miraba fríamente.
Muy asustada, comenzó a temblar. No se animaba a dirigirle una palabra, era intimidante. La mujer de hermosas curvas llevaba un vestido largo, tenía todas las características de un vestido de novia que se movía lentamente como si alguien lo estuviera soplando.
Ya no podía pensar con claridad, solo quería que esa dama de blanco dejara de mirarla fijamente. Temía que al estirar el brazo para prender la lámpara de metal, la dama avanzara hacia ella para matarla. Disimuladamente con la destreza de un cirujano, comenzó a estirar su brazo para apretar la perilla de la lámpara, tratando de no mover ninguna otra parte del cuerpo.
Lo último que vio antes de que la luz se encendiera, fue que la mujer era transparente, a través de ella podía ver la puerta de madera.
Al llegar la luz, la dama ya se había ido. 
Apretando los labios pensó <ella es Florencia>.
Después de eso, ya no podría volver a conciliar el sueño. Con la luz encendida y el cuerpo inmóvil, tuvo que prometerse a sí misma que jamás volvería a revisar cajones ajenos.











Cerca de Dios

Cerca de dios

“Dios es un concepto por medio del cual medimos nuestro dolor”
John Lennon

No soy religiosa. Las religiones exigen un compromiso que nunca pude tomar. De chica fui a catecismo y tomé mi primera comunión, pero de ahí en adelante no mantuve un contacto con la iglesia.
Sin embargo, esos aprendizajes de mi infancia han dejado su resto, cada vez que siento ganas rezo, cuando me siento sola o triste sobre todo.
Recuerdo cómo retumbaban las voces en la iglesia, algunos jóvenes cantando canciones con hermosa melodía y al párroco elevando sus manos hacia el cielo.
De chica tenía un saber teórico sobre la biblia, sobre dios. Incluso después, no había tenido un momento o una situación en donde dios se hubiera vuelto palpable de alguna manera. Era una entidad superior que lo veía todo. Con esa concepción viví muchos años hasta que descubrí lo que era estar cerca de dios.
Nunca estuve más cerca de dios que en aquel momento cuando Victor tomó mi mano y la sostuvo entre las suyas, por algunos minutos que parecieron años.
Eso, abrazarlo era como estar cerca de dios porque con él, podía ver mi vida desde arriba, porque todo era claro y luminoso con él.
Lo conocí de la forma más común y menos romántica que existe: en un ómnibus. Su caballerosidad me dejó perpleja, no estaba acostumbrada a ser tratada de esa manera. Desde ese momento en que Victor tomó mi mano, supe que era mi turno de ser feliz.
Reconozco que tenía ansiedad por contarle a todo el mundo que estaba de novia. Es que nunca había presentado a nadie, y mi familia pensaba cualquier cosa sobre mí. Para esta altura (veintiocho años) se supone que debería tener novio, pareja o algo. A mí no me gustaban las mujeres, simplemente no había tenido la suerte de cruzarme con Víctor.
Lo nuestro fue a primera vista, y quería gritarlo a los cuatro vientos.
Cuando empecé a informar de mi situación sentimental, pude notar cierta envidia. Hasta mi madre se puso un poco celosa, no le gustaría que abandone la casa porque quedaría ella sola con papá. Al menos eso dijo.
Lo que pasaba era una convergencia entre él y yo, porque mi alma se ponía enfrente de la suya, algo así como una fusión que jamás había experimentado.
En vez de ser algo pecaminoso, profano, fue lo más sagrado y sublime que pude experimentar en toda mi vida. Fue la experiencia más completa que he vivido.
Todos los elementos parecían armar un cuadro nuevo que no podía dejar de contemplar. En vez de ser dos cosas antagónicas que se juntan, eran dos deseos que chocaban arrastrando todo a su paso.
Dos amores, dos emociones, dos recuerdos…y eso atraviesa la vida y la conmueve seriamente.
Tuvimos varios momentos de este tipo, encuentros únicos, uno atrás del otro, como si se tratara de recuperar el tiempo perdido. Él tampoco había conocido algo igual.
Yo que siempre quise ser su estrella, su sueño, su pensamiento, hoy la vida me lo devuelve con su presencia, sus declaraciones y señales de todo tipo.
El universo emite señales constantes para que no me equivoque de rumbo, el universo me exige que le haga un lugar a esto de una vez por todas, es un deber.
Por más que Victor sea algo mayor, es el hombre que amo. Amor de película, amor de mi vida…el es tan…es tan…es tan para mí.
No quiero pensar en lo que pasó ayer.
Estoy segura de que fue un error. Tal vez, estaba algo mareada y vi cosas que no son reales. De chica una maestra me había dicho que yo tenía tendencia a imaginar mucho.
Yo salía del trabajo y emprendía el regreso a mi casa. No me di cuenta de que estaba caminando por “nuestra” cuadra, la calle en donde nos conocimos.
 De repente lo vi a Victor en la vereda de enfrente. Y claro, lo saludé estirando mis brazos y gritándole ¡Hola mi amor!. Pero él no respondió. Giró su cabeza y aceleró el paso.
Me quedé atónita, no fue porque no me contestó (él suele hacer eso), si no porque estaba acompañado de una bella mujer rubia de pelo largo que llevaba un cochecito doble, para mellizos. <Será la hermana o la prima>, pensé.
Pero cuando vi que ella lo tomó del brazo, entre una caricia y otra, quedé estupefacta. Comencé a gritarle, tuve que empujarlo para que reaccionara.
-¿Se puede saber que haces con esta?
-Perdoname, pero yo no te conozco. Te pido más respeto porque ella es mi mujer- Dijo Victor sorprendido.
-Como que no me conoces, si somos novios hace seis meses.
La mujer de Victor, comenzaba a impacientarse hasta que tuvo que intervenir
-Victor,¿vos me engañas con ella?
-Pero no mi vida, ¡esta chica esta loca!. Nunca tuvimos nada. La vi una sola vez.
Dijo Victor rápidamente.
Analía lloraba y no podía entender lo que ellos decían.
-Victor, ¿te acordas cuando nos conocimos?
-Si claro, yo te ayudé a subir al ómnibus porque vos tenías un yeso en la pierna y te costaba.
-Ay! Que bueno que te acordaste. Si, fuiste tan caballero… sos mi gran amor.
-No, mirá, yo soy un caballero pero no soy tu enamorado. Me parece que te confundiste. Entre vos y yo, no hay nada y nunca lo hubo.
Victor no sentía nada por ella, solo se habían cruzado en un ómnibus y él la había ayudado a descender. Ella había leído todo a su gusto. Hacia encajar cada señal en un sistema perfecto.
<Volvieron las alucinaciones. Estoy imaginando que él está engañándome con otra>, pensé mientras me alejaba de la escena para que se calmaran las aguas.
Pero sabía que no me tenía que poner a pensar en eso que pasó ayer, ahora me siento triste. Ya no sé cuál es la verdad, necesito dormir un poco. Cuando me despierte voy a ver las cosas más claramente.
Seguro que Víctor recapacita y me viene a buscar, yo sé que me ama de una forma superior. Y a esa rubia, le conviene que vaya desapareciendo…
Sigo pensando que todo lo que estaba desagregado se fue juntando para formar algo superior, ¿no es esta una forma de estar cerca de dios?.



El péndulo






“…mi estrategia es que
un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites”.


Mario Benedetti. Táctica y Estrategia.

Luego de colgar el teléfono con cierta violencia, se recostó en el sillón por un buen rato. El sol de las seis de la tarde emprendía su lenta retirada, y volver a escuchar esa música nunca era buena idea.
Que sonara el teléfono otra vez, para escuchar esa voz que era una música a medida. Música que solía dejarle un sabor amargo. ¿Demasiado?. Nunca bastaba, entonces ¿cómo podría ser demasiado?.
Lo cierto era que él no cantaba ni en la ducha, era ella la que transformaba palabras vacías en palabras llenas; un dicho como cualquiera era escuchado como canción de amor.
Ella proyectaba sus mayores sueños en ese cuerpo, y era la altura que alcanzaba la satisfacción lo que le provocaba semejante miopía a partir de la cual todo lo demás resultaba mediocre.
No era fanatismo, ya no tenía edad para esas tonterías.
La situación emocional consistía en un descubrimiento, como eso que uno siente al encontrar un papelito adentro de un bombón que dice “deseo cumplido”. Como los bombones, toda satisfacción por más intensa que sea tiene su fecha de vencimiento. Que las letras sean pequeñas no implica que no sean legibles.
Normalmente era una persona activa, para no decir hiperactiva. Pero los altibajos, las preguntas y esa intuición empecinada terminaban por consumir la mayor parte de su energía.
Fervientemente, pensaba que con él estaba arriba y que sin él estaba abajo. Down, bajón, mediocridad de estar abajo.
A la vez que quería la paz mundial, también quería una guerra. Odiaba esa patética postura que había tenido que asumir. Postura de loca, loca de amor digamos. Por más inteligente que hubiera sido antes, era seguro: ya no estaba en sus cabales.
Todo el mundo podía observar cómo su discurso trastabillaba incansablemente, como le había dicho la tonta de la amiga de su hermana “Ay Mari! ¡No parás de hacer lapsus!”. <¡Quién se cree que es!, aparte no tengo la menor idea de lo que es un lapsus>, pensó al fruncir el ceño. Tampoco le quedaba ánimo como para saber que era un lapsus y porque le pasaba eso. Como si pudiera cambiarlo…
Mari lo reconocía con resignada aceptación: su vida se regía por un movimiento pendular que, como todo péndulo, no iba para ninguna otra parte que a un lado o al otro.
Conocía muy bien lo que era estar en la tierra y en el cielo, en un lado o en el otro era lo mismo. Porque el dialogo siempre empezaba y terminaba de la misma manera, con la misma abertura hacia lo indefinido, esa indeterminación patética.

-Ya lo sé, y ¿entonces?, ¿A vos que te pasa conmigo? -Insistía Mari, como siempre.
-Nada. O sea, te quiero pero vos te mereces algo mejor que yo -Contestaba él como si le hablara a una pared de vidrio.
-Pero yo te amo, Leo -Ella sentía que lo amaba a pesar de todo. Su cuerpo se iba aflojando con cada palabra de Leo.
-Alejarnos es lo mejor para todos.

Con esas últimas palabras, Leo sellaba toda posibilidad. Y sucedía, Mari rompía en llanto y pensaba que jamás se recuperaría de ese pesar. Como cuando el médico se dirige a la familia expectante de un enfermo y profiere esas temidas palabras “hicimos todo lo posible, pero no hubo una respuesta favorable y ya nada se puede hacer”.
Este diálogo resonaba en su cabeza como un dictamen absurdo y sádico. Retornaba, una y otra vez sin que tuviera control alguno sobre esto. La voz de Leo aparecía como de repente mientras ella hacía las típicas cosas que hace cualquier persona, y así podía escuchar algunas palabras dichas que no lograba entender.
La cuestión es que ya era una mujer grande, no podía estar en su casa parasitando a causa de su amor.
Para recuperarse rápido la técnica de recordar solo lo que conviene siempre daba sus frutos. Mari se quedaba con ese mísero “te quiero” que había salido de la boca de Leo. De esa forma podía seguir con sus actividades normales.
Esas contestaciones de él, la frase sentencia “ya fue”, eran un alambre de púa incrustado en su destino. Siempre fue partidaria de las cosas simples y los juegos de mente, pero esto ya era el colmo.
Por algo sería, que Leo disfrutaba mucho de jugar al truco, claro estaba: era un excelente jugador de la mentira y la apariencia.
<Hubiera jurado que me quería,  que buen actor>. Volvió a pensar Mari.  <Deberían darle una medalla por venderse tan bien y relacionarse con los demás mostrando su carisma. Ángel, dicen. Tiene ángel>.
De Mari, no decían lo mismo. De ella decían que era divina e inteligente.
Ya era hora de levantarse del sillón, si llegara a quedarse allí por más tiempo terminaría hundida entre los almohadones.
De un solo golpe se puso de pie, y hasta le pareció divertido marearse un poco. Mientras buscaba la toalla para refugiarse en una ducha caliente, no pudo evitar pensar que tal vez todo salió mal porque ella era una mujer demasiado verdadera. La cuestión irremediable era que no tenía ángel.
La obviedad caía por su propio peso, el hecho de ser una mujer divina, inteligente y bella, no le alcanzaba para poder estar con alguien como Leo; del cual se dice “tiene ángel”.
-¿Quién es la mujer que puede estar con alguien así?. ¿Existe?, ¿Quién es?. Si supiera quién es la mataría- dijo murmurando.
La realidad volvió a tomarla entre sus cuerdas afinadas y pudo decir en voz alta:
-No, esa mujer no existe. La mujer que parece completa, enseguida deja de causar efecto. Porque detrás de esa aureola angelical, maternal ¿que hay?: hay nada.
Mari se iba acostumbrando a los cambios de humor cada día más, pero más que estar enojada con Leo, estaba furiosa consigo misma por haber caído. Fall in love…sin poder levantarse de nuevo.
La carta, que pretendía ser la última que le escribiría a Leo, fue pensándola mientras se enjuagaba el pelo lleno de crema. El aroma de frutas del acondicionador de pelo la conectó con sensaciones de paz y voluptuosidad.
Ni siquiera pudo cambiarse, ya que tuvo que correr a la computadora para escribirle:

Te espero en las profundidades de la vida. Debajo del universo, los relojes y las brújulas; donde es imposible distinguir entre el día y la noche, el frío y el calor. Aquí abajo no hay tiempo, solo hay imagen. Una imagen que aparece por impulso entre mis ojos, horus de ensueño. La imagen en donde estoy de espaldas a mi misma y vos me abrazas tan fuerte que ya no se puede imaginar nada después de eso. Tan cerca que podía sentir los latidos de tu corazón galopar sobre el mío, con insistencia y osadía, como invitándome a bailar su ritmo.
Pero yo no soy así, soy más lenta, menos apasionada, más constante. Vos necesitas a alguien que se lleve bien con los bordes del abismo, y pueda convivir con la vida y la muerte, que pueda soportar ser amada sin  ser deseada.

La misma corriente cálida que la había obligado a escribirle la llevó a presionar Enter. Vio que la casilla de e-mail le daba una última oportunidad para redimirse y deshacer el mensaje enviado, pero no pudo. De modo que lo envió sin animarse a leer lo que ella misma había escrito. Era una carta de despedida. <Que sea lo que Dios quiera, seguro tiene razón y no podemos estar juntos. Lo mejor es que me olvide de todo esto>, pensó.

Con un aire triunfante y decidido, apagó la computadora e intentó localizar su camperita negra entre todas las cosas que había en el perchero.
Por fin se sentía capaz de superar esa mala experiencia y empezar de cero, con otra actitud esta vez. Su mirada sería positiva a partir de ahora.
-El se lo pierde- dijo con un todo socarrón mientras se recogía el cabello.
Antes de salir, dio un último vistazo al espejo. Todo parecía estar en su lugar. Su mano tuvo que alejarse del picaporte cuando comenzó a sonar el teléfono.
Sin pensar en nada, atendió con prisa:
-Hola
-Hola Mari, ¿podes hablar?- Dijo Leo con voz de niño inocente.
Mari no podía creer lo que le estaba pasando. Su castillo de suerte se deshacía ante sus oídos.
-No, Leo, ya fue. Dijimos que no podemos estar juntos ¿o no?
-Si pero yo te extraño.
-Ya lo sé, y ¿entonces? ¿A vos que te pasa conmigo?-Insistía Mari, como siempre.
-Nada. O sea, te quiero pero vos te mereces algo mejor que yo-Contestaba él como si le hablara a una pared de vidrio.
-Pero yo te amo, Leo. ¿Por qué no lo entendés?-Ella sentía que aún lo amaba. Su cuerpo parecía desarmarse de a poco.
Luego de un silencio, Leo profirió sus líneas:
-¿Sabes qué?, discúlpame por haberte llamado. Creo que alejarnos es lo mejor para todos.

Mari colgó el teléfono y se sacó la camperita negra. Necesitaba sentarse un momento en el sillón para recomponerse. Pero no permanecería allí por mucho tiempo, o terminaría sepultada entre los resortes y los almohadones color crema.








Itinerarios Obsesivos: El desayuno de Juan


El estado era crítico. Esa noche no había podido pegar un ojo. Ni bien se levantó de la cama, comenzó a pensar: <pueden venir a buscarme en cualquier momento. Después de lo que hice…no entiendo cómo puedo tener el descaro de hacerme un café con leche y tomarlo tranquilamente>.
Hasta el momento, Juan había tenido una vida que puede llamarse normal. Del trabajo a la casa, de la casa al trabajo. Pero la tranquilidad de su vida rutinaria ya formaba parte del pasado. No estaba tranquilo, sabía que en algún momento iba a cometer un error. Aunque si se lo piensa en frío, el error también era costumbre, por más que se esforzara, las cosas jamás fueron perfectas para él.
Cada ruido era señal de alarma, hasta el sonido molesto de ese reloj de madera le generaba más contracturas. Siempre le dijeron que estaba muy tensionado por  preocuparse en exceso. Pero esta vez, tenía razón: podían llegar y encontrarlo en la cocina con una taza al lado, como si nada.
Cualquier persona en su sano juicio esperaría verlo llorar sin consuelo, arrepentido, inapetente y con la mirada clavada en el piso. Pero lo cierto es que estaba disfrutando de un rico desayuno.
En realidad, no tenía derecho a disfrutar de nada. <No solo que van a meterme preso con mil cadenas, sino que va a pasarme algo peor: voy a ir al mismísimo infierno>, pensó.
Estaba acabado. De nada valía su título universitario con honores, si después de todo, era una mala persona.
Con la lentitud de una sombra cuando se va, se preparó otra tostada con mermelada de durazno, y comenzó a rezar el padre nuestro. Pero el pensamiento interrumpía los rezos, <¿Con que cara voy a ir a la iglesia?, sería un hipócrita. Ahí parado, venerando a un dios que defraudé>.
Juan siempre tuvo y quiso lo mejor. Siendo el mayor de tres hermanos, es el único que no hace nada importante, algo importante como crear un objeto nuevo, sea un objeto palpable o inventar una teoría, o tal vez encontrar la forma de curar el cáncer o el lupus. A la vez que ayudaría a otros, si hiciera algo importante, también se volvería millonario y ya nadie lo miraría mal.
Desde chico tuvo esa seguridad de que la gente lo miraba raro, de reojo, rebajándolo. Por eso, todos estos años había sacrificado gran parte de su tiempo de esparcimiento para invertirlo en el estudio y la práctica profesional.
La química no era un problema para él, y en verdad, no era un problema para ninguno de sus familiares. O sea que tampoco era original en ese aspecto.
En esta familia de profesionales, estaban acostumbrados a levantarse temprano y acostarse bien tarde. El trabajo hasta el agotamiento formaba parte del paisaje familiar de tal manera que lo extraño era pasarla bien. Ver una película o salir con amigos significaba una pérdida de tiempo y dinero. Juan se había lamentado muchas veces por esta razón.
Lo que lo entristecía no era el hecho de quedarse en su casa estudiando mientras sus amigos jugaban a la pelota en el campito del barrio; lo que verdaderamente lo torturaba era no sentirse a gusto estudiando, y querer hacer otra cosa. Él no quería ser un vago, el estudio era su prioridad en la vida. Pero cuando escuchaba las risas y los gritos de los chicos jugando afuera, se sentía desencajado y totalmente solo.
Llegó a ponerse algodón en los oídos para poder concentrarse en sus deberes. Hubiera sido trágico que entrara su padre a la habitación para chequear sus progresos, y que él estuviera mirando por la ventana o descansando cómodamente en su cama. Afortunadamente, el padre nunca supo de sus recreos.
Mientras acariciaba la taza de café pensaba y evaluaba las posibilidades.
Los deseos de refugiarse, esconderse y evadir la realidad comenzaban a tener más presencia. <Nada es casual…solo quisiera dormir, y dormir. Quisiera dormir días enteros y que al despertar, mi vida estuviera resuelta>.
“El dinero no se hace durmiendo Juan”, solía decirle su madre por las mañanas. Estas frases lo habían marcado forjando su carácter. Y pensaba igual que su madre, lo que él tenía que hacer, era ponerse en campaña para ser rico, cueste lo que cueste, y solo así, podría dormir lo que quisiera sin que nadie lo moleste. Además sería el primer millonario de la familia, y eso de ser el primero tenía un gustito especial para él.
Lo único negativo de este plan de vida basado en el dinero, era que cada vez que pensaba en la manera de materializar su misión, terminaba cansado, tan cansado que no podía mover ni un solo brazo.
De repente, golpean la puerta:
- ¡Abra la puerta! -dijo una voz grave y seca.
 <Sabía que me iban a descubrir>, inmediatamente Juan pensó, <Pero antes de abrirles y de que me esposen, voy a pasar la rejilla sobre la mesa porque es un asco, llena de mugre. Y esa tremenda gota de café en el mantel preferido de mi madre tiene que desaparecer por completo antes de que me vaya>.
Decidió apurase y abrirles pronto porque temía que tiraran la puerta abajo.
-No voy a resistirme -dijo Juan sin obtener respuesta alguna. Es más, habían dejado de golpear.
El tiempo fue siempre un problema, y esta vez, no iba a ser la excepción.
Había gente esperándolo y él tenía mil tareas por hacer, aún.
<Antes de partir, debo pasar por el baño para lavarme las uñas y los dientes. Luego llenaré mis zapatos de talco. Lo siento, pero si mis pies no están frescos no puedo ir a ninguna parte>. Pensaba Juan en el intento de planificar sus próximas acciones y no olvidarse de nada.
Finalmente se dispuso a tomar las llaves para abrir la puerta:
-ya estoy listo, pueden llevarme -Dijo con firmeza y convicción.
Pero al abrir la puerta, un escalofrío helado recorrió su espalda. Su padre estaba parado allí como un soldado ruso.
-Hola papá, por favor te pido, ¡perdóname por lo que hice!. Grito Juan entre lágrimas.
El padre con cara de desconcierto dio tres pasos para ingresar a la casa.
-Pero hijo, ¿de que estás hablando?. Lo que hiciste seguro no tiene importancia, quedate tranquilo hijito.
-No papá, es terrible lo que hice.
El padre ya había empezado a preocuparse, aunque Juan siempre había sido un hijo de libro, algo andaba mal.
-A ver hijo, ¿que fue lo que le hiciste a tu padre?
Con los ojos desorbitados y los puños bien cerrados Juan contestó:
-La otra noche quise que te mueras. Lo siento papá, pero creo que sos muy exigente conmigo. Siempre tuve que esforzarme por hacer todo lo que vos querías, quise ser perfecto y hacerte feliz. –se secó las lágrimas con un pañuelo de papel y continuó- Pero ahora pienso que no me gusta estudiar tanto, y no se si quiero ser médico. Yo quisiera ser todo lo que vos querés, pero no puedo papá. Sé que lo que hice no tiene perdón, y moriría si algo llega a pasarte por mi culpa.

El padre, bajó la mirada, se encogió de hombros y comenzó a reírse a carcajadas. Como siempre, Juan volvió a sentir ese odio crudo y rojo, al creer que su padre se burlaba de su sufrimiento.
-Nunca me entendés papá, nunca. Para vos, nada de lo que hago es bueno. Yo estoy mal porque la culpa me está carcomiendo y vos te reís. Por lo menos yo me hago cargo de mis errores, si tengo que pagar lo haré.
El padre se puso serio y elevó su mirada hacia el techo del comedor antes de  gritar:
-¡pero hijo, que estás diciendo si yo ya estoy muerto!.-dijo el padre con voz grave y cierto enojo. El padre de Juan se ponía cada vez más pálido a medida que pasaban los segundos.
Atemorizado hasta los huesos, Juan dio media vuelta para sentarse en la silla con tapizado de arabescos que había heredado de su abuelo. Lo mejor era quedarse callado.
Sin poder mirar a su padre nuevamente, solo pudo tomarse las manos y frotarlas entre sí. Por primera vez, no estaba pensando en nada. Su mente estaba calma y vacía.
Al cabo de unos minutos, pensó que sería conveniente volver a pasar por el baño. Lo mejor sería lavar sus manos con el cepillo de cerda suave, pero esta vez iba a usar el jabón medicinal que según dijo su médico, es infalible.


martes, 30 de junio de 2015

La dirección de la cura hoy

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la dirección de la cura hoy

Finales

"La felicidad es saber unir el final con el principio". 
Pitágoras

Falta poco para que llegue mi hora. La hora de la verdad, la hora del final.
Miro el reloj de reojo, deseando que se congele, pero las horas avanzan sin piedad. Más se acerca el temido momento, y más nervioso estoy. Cuando me encuentro haciendo cosas comunes, casi me olvido… pero no, eso está por llegar y mis latidos vuelven a galopar sin límite.
Hubo momentos duros, en donde cualquier cosa de la vida implicaba una pérdida de tiempo y no podía desperdiciar valiosos minutos comiendo, durmiendo o hablando con alguien. Solo tuve mi pequeño escritorio despintado y la lámpara azul enfocando ese objeto que se volvía obligatorio y casi amenazante por las madrugadas.
Aunque me quejo de esta especie de esclavitud, sé muy bien que es una servidumbre elegida, y no puedo negar que amaba estar solo leyendo y que disfrutaba enormemente de la creencia de ser el único hombre despierto en el mundo. El silencio de la noche, mi lámpara con su luz punzante y ese triste lápiz que, cerca del amanecer, parecía tener vida propia, fueron mi hogar.
Sería un desagradecido si dijera que solo fui feliz con los resultados, porque lo que a fin de cuentas me llenaba de orgullo era ese desafío, esa tarea ininterrumpida que me imponía y que era la antesala del supuesto resultado.
Hoy, que estoy muy cerca del final de los finales, me pregunto ¿Qué es más importante?, ¿El trayecto o el destino?. Supongo que uno no es sin el otro, un buen trayecto suele estar acompañado por un buen destino.
La gente me dice que mi final no es “el fin del mundo”, que me lo tengo que tomar como todas las cosas se toman ahora, de forma light. Y me resisto a la moda liviana, porque poner en juego mi existencia es algo por lo menos pesado, es fundamental estar consciente de que mi final es eso: algo que afecta mi existencia.
Claro que el mundo seguirá girando pase lo que pase, pero después de que mi final haya acontecido ¿Qué pasará?, ¿adónde iré?, ¿que será de mi espíritu de soldado cumplidor?, y la verdad es que si no tengo mi escritorio, mi lámpara y mi lápiz diminuto ¡para que vivir!.
Hay muchos tipos de finales, los felices, los perfectos, los patéticos, los lamentables, los ridículos, los sublimes, los fallidos y los peores de todos: los finales abiertos. Miles de metáforas pueden usarse para hablar de los finales: dar el salto, subir la montaña, apostar las fichas, cruzar el puente ,etc. El final es un cierre que depende de las decisiones previas, de esos hechos triviales que se enganchan en determinado tiempo y espacio que uno puede localizar, un mes, tres meses, un año. Y esos pequeños actos vistos en cadena, dejan de ser pequeños y se transforman en un gran acontecimiento.
Por estas razones, no puedo tolerar que me digan que mi final es algo que no merece preocupación o ansiedad, o dedicación de mi parte.
La jarra de café está vacía. Sería mejor descansar un poco antes de dar el presente, quiero estar arreglado y lúcido. No quiero que me apliquen anestesias de ninguna clase, tampoco pretendo que me hagan favores a esta altura.
Aunque acabo de cerrar mi cuaderno, estoy muy concentrado todavía. Me tranquiliza saber que en cada momento previo estuve ahí, y ya no tengo taquicardias. Las incertidumbres se disipan, mis hombros se relajan sea por cansancio o por confianza y siento que estoy listo. Hoy me di cuenta que desconfiar de mis posibilidades era tan delirante como confiar en ellas, por eso decidí confiar. Es la primera vez que estoy tranquilo faltando pocas horas para mi final, el último final de mi carrera. Y se que este es un desenlace especial, el mejor de los finales: un final-comienzo.
No se si mi examen va a estar aprobado o no, pero si tengo la certeza de que es imprescindible estar ahí, duela lo que duela, cueste lo que cueste, porque esa es mi hora y tengo que vivirla, en cuerpo y alma.



jueves, 4 de junio de 2015

Ficciones - Deshojando margaritas

Desde que lo conocí, nunca pude determinar si me quiere o no me quiere.
No se porque enseguida tengo que atribuir un otro en una persona que no lo es. En él no hay otro, ese de la referencia, la apelación, la evocación o el sentido. En él hay la nada del silencio y la indiferencia.
Sin embargo, ante la mínima cosa mala o buena pero pertinente que me pase, apelo a él. Lo llamaría ahora mismo solo para escuchar su voz, y que esa voz le otorgue alguna realidad a estas sensaciones mías.
Pero a la vez, se muy bien que ese gesto de mi parte tendría consecuencias. La primera es ser tomada por loca, por una mujer para la cual el tiempo no pasa. Esa loca que no entiende las razones ni las despedidas.
La segunda consecuencia es que él piense que yo lo pienso, cosa vergonzosa de la cual no me podría recuperar.
Es muy raro, que le de existencia a una cosa que no existe, así yo pienso en él. Puede resultar algo filosófico pero no es tan profundo como parece, simplemente quisiera contarle cosas, quisiera verlo sonreír otra vez, a veces quisiera no querer.

Quisiera poder dejar que las margaritas se deshojen solas.

Mi primer libro!

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