El estado era crítico. Esa noche no había podido
pegar un ojo. Ni bien se levantó de la cama, comenzó a pensar: <pueden venir
a buscarme en cualquier momento. Después de lo que hice…no entiendo cómo puedo
tener el descaro de hacerme un café con leche y tomarlo tranquilamente>.
Hasta el momento, Juan había tenido una vida que
puede llamarse normal. Del trabajo a la casa, de la casa al trabajo. Pero la
tranquilidad de su vida rutinaria ya formaba parte del pasado. No estaba
tranquilo, sabía que en algún momento iba a cometer un error. Aunque si se lo
piensa en frío, el error también era costumbre, por más que se esforzara, las
cosas jamás fueron perfectas para él.
Cada ruido era señal de alarma, hasta el sonido
molesto de ese reloj de madera le generaba más contracturas. Siempre le dijeron
que estaba muy tensionado por
preocuparse en exceso. Pero esta vez, tenía razón: podían llegar y
encontrarlo en la cocina con una taza al lado, como si nada.
Cualquier persona en su sano juicio esperaría verlo
llorar sin consuelo, arrepentido, inapetente y con la mirada clavada en el
piso. Pero lo cierto es que estaba disfrutando de un rico desayuno.
En realidad, no tenía derecho a disfrutar de nada. <No
solo que van a meterme preso con mil cadenas, sino que va a pasarme algo peor:
voy a ir al mismísimo infierno>, pensó.
Estaba acabado. De nada valía su título
universitario con honores, si después de todo, era una mala persona.
Con la lentitud de una sombra cuando se va, se
preparó otra tostada con mermelada de durazno, y comenzó a rezar el padre
nuestro. Pero el pensamiento interrumpía los rezos, <¿Con que cara voy a ir
a la iglesia?, sería un hipócrita. Ahí parado, venerando a un dios que defraudé>.
Juan siempre tuvo y quiso lo mejor. Siendo el mayor
de tres hermanos, es el único que no hace nada importante, algo importante como
crear un objeto nuevo, sea un objeto palpable o inventar una teoría, o tal vez
encontrar la forma de curar el cáncer o el lupus. A la vez que ayudaría a
otros, si hiciera algo importante, también se volvería millonario y ya nadie lo
miraría mal.
Desde chico tuvo esa seguridad de que la gente lo
miraba raro, de reojo, rebajándolo. Por eso, todos estos años había sacrificado
gran parte de su tiempo de esparcimiento para invertirlo en el estudio y la
práctica profesional.
La química no era un problema para él, y en verdad,
no era un problema para ninguno de sus familiares. O sea que tampoco era
original en ese aspecto.
En esta familia de profesionales, estaban
acostumbrados a levantarse temprano y acostarse bien tarde. El trabajo hasta el
agotamiento formaba parte del paisaje familiar de tal manera que lo extraño era
pasarla bien. Ver una película o salir con amigos significaba una pérdida de
tiempo y dinero. Juan se había lamentado muchas veces por esta razón.
Lo que lo entristecía no era el hecho de quedarse en
su casa estudiando mientras sus amigos jugaban a la pelota en el campito del
barrio; lo que verdaderamente lo torturaba era no sentirse a gusto estudiando,
y querer hacer otra cosa. Él no quería ser un vago, el estudio era su prioridad
en la vida. Pero cuando escuchaba las risas y los gritos de los chicos jugando
afuera, se sentía desencajado y totalmente solo.
Llegó a ponerse algodón en los oídos para poder
concentrarse en sus deberes. Hubiera sido trágico que entrara su padre a la
habitación para chequear sus progresos, y que él estuviera mirando por la
ventana o descansando cómodamente en su cama. Afortunadamente, el padre nunca
supo de sus recreos.
Mientras acariciaba la taza de café pensaba y
evaluaba las posibilidades.
Los deseos de refugiarse, esconderse y evadir la
realidad comenzaban a tener más presencia. <Nada es casual…solo quisiera
dormir, y dormir. Quisiera dormir días enteros y que al despertar, mi vida
estuviera resuelta>.
“El dinero no se hace durmiendo Juan”, solía decirle
su madre por las mañanas. Estas frases lo habían marcado forjando su carácter. Y
pensaba igual que su madre, lo que él tenía que hacer, era ponerse en campaña
para ser rico, cueste lo que cueste, y solo así, podría dormir lo que quisiera
sin que nadie lo moleste. Además sería el primer millonario de la familia, y
eso de ser el primero tenía un gustito especial para él.
Lo único negativo de este plan de vida basado en el
dinero, era que cada vez que pensaba en la manera de materializar su misión,
terminaba cansado, tan cansado que no podía mover ni un solo brazo.
De repente, golpean la puerta:
- ¡Abra la puerta!
-dijo una voz grave y seca.
<Sabía que
me iban a descubrir>, inmediatamente Juan pensó, <Pero antes de abrirles
y de que me esposen, voy a pasar la rejilla sobre la mesa porque es un asco,
llena de mugre. Y esa tremenda gota de café en el mantel preferido de mi madre
tiene que desaparecer por completo antes de que me vaya>.
Decidió apurase y abrirles pronto porque temía que
tiraran la puerta abajo.
-No voy a
resistirme -dijo Juan sin obtener respuesta alguna. Es más, habían dejado de
golpear.
El tiempo fue siempre un problema, y esta vez, no
iba a ser la excepción.
Había gente esperándolo y él tenía mil tareas por
hacer, aún.
<Antes de
partir, debo pasar por el baño para lavarme las uñas y los dientes. Luego
llenaré mis zapatos de talco. Lo siento, pero si mis pies no están frescos no
puedo ir a ninguna parte>. Pensaba
Juan en el intento de planificar sus próximas acciones y no olvidarse de nada.
Finalmente se dispuso a tomar las llaves para abrir
la puerta:
-ya estoy listo,
pueden llevarme -Dijo con firmeza y convicción.
Pero al abrir la puerta, un escalofrío helado
recorrió su espalda. Su padre estaba parado allí como un soldado ruso.
-Hola papá, por
favor te pido, ¡perdóname por lo que hice!. Grito Juan entre lágrimas.
El padre con cara de desconcierto dio tres pasos
para ingresar a la casa.
-Pero hijo, ¿de que
estás hablando?. Lo que hiciste seguro no tiene importancia, quedate tranquilo
hijito.
-No papá, es
terrible lo que hice.
El padre ya había empezado a preocuparse, aunque
Juan siempre había sido un hijo de libro, algo andaba mal.
-A ver hijo, ¿que
fue lo que le hiciste a tu padre?
Con los ojos desorbitados y los puños bien cerrados Juan
contestó:
-La otra noche
quise que te mueras. Lo siento papá, pero creo que sos muy exigente conmigo.
Siempre tuve que esforzarme por hacer todo lo que vos querías, quise ser
perfecto y hacerte feliz. –se secó las lágrimas con un pañuelo de papel y
continuó- Pero ahora pienso que no me gusta estudiar tanto, y no se si quiero
ser médico. Yo quisiera ser todo lo que vos querés, pero no puedo papá. Sé que
lo que hice no tiene perdón, y moriría si algo llega a pasarte por mi culpa.
El padre, bajó la mirada, se encogió de hombros y
comenzó a reírse a carcajadas. Como siempre, Juan volvió a sentir ese odio
crudo y rojo, al creer que su padre se burlaba de su sufrimiento.
-Nunca me entendés
papá, nunca. Para vos, nada de lo que hago es bueno. Yo estoy mal porque la
culpa me está carcomiendo y vos te reís. Por lo menos yo me hago cargo de mis
errores, si tengo que pagar lo haré.
El padre se puso serio y elevó su mirada hacia el
techo del comedor antes de gritar:
-¡pero hijo, que
estás diciendo si yo ya estoy muerto!.-dijo el padre con voz grave y cierto
enojo. El padre de Juan se ponía cada vez más pálido a medida que pasaban los
segundos.
Atemorizado hasta los huesos, Juan dio media vuelta
para sentarse en la silla con tapizado de arabescos que había heredado de su
abuelo. Lo mejor era quedarse callado.
Sin poder mirar a su padre nuevamente, solo pudo tomarse
las manos y frotarlas entre sí. Por primera vez, no estaba pensando en nada. Su
mente estaba calma y vacía.
Al cabo de unos minutos, pensó que sería conveniente
volver a pasar por el baño. Lo mejor sería lavar sus manos con el cepillo de
cerda suave, pero esta vez iba a usar el jabón medicinal que según dijo su
médico, es infalible.
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