miércoles, 1 de abril de 2015

La dimensión constructiva del síntoma

La dimensión constructiva del síntoma
Artículo publicado en Revista Salud y Trabajo Nº 6

“Uno solo es responsable en la medida
de su saber hacer”. J. Lacan (1975)

Aunque Freud haya tomado este término de la medicina, el síntoma en Psicoanálisis no siempre se relaciona con la enfermedad. Además de su cara patológica, hay una vertiente constitutiva del síntoma que aparece en la teoría de S. Freud al afirmar la existencia de las fobias infantiles.
J. Lacan sugiere una tercera dimensión del síntoma: la constructiva. Esta dimensión es la posibilidad (puede suceder o no) de convertir lo patológico y lo constitutivo del síntoma en un recurso del sujeto, gracias a un nudo estructural.
Los síntomas representan una modalidad de goce que toma su vestidura de las fijaciones en distintas fases del desarrollo libidinal. El síntoma como “formación sustitutiva de una moción pulsional” le da cuerpo a una satisfacción detenida, en donde cierta cantidad de energía se estaciona y se consume. En general, puede considerarse al síntoma como un intento fallido de solución de un conflicto.
En Inhibición, Síntoma y Angustia, S. Freud se refiere a la extraterritorialidad del síntoma, en donde lo más ajeno es lo más propio del yo. Por su parte, cuando J.  Lacan indaga esta característica paradojal del síntoma, parece proponer una manera más saludable de resolver esta paradoja.
Al final de su obra, J. lacan nos invita a pensar de forma pragmática: el síntoma puede ser apropiado y transformado por el sujeto.
En el seminario El Sinthome, Lacan se cuestiona nuevamente por la locura, pero esta vez escribe: “¿de que modo el artificio puede apuntar expresamente  a lo que se presenta primeramente como síntoma?”.
Lacan interroga la función de la escritura en la vida de J. Joyce, y descubre que su arte fue un medio para convertir el síntoma en sinthome, marca singular del sujeto. El arte muchas veces sostiene, contiene y consuela.
Sin embargo, cuando Lacan se refiere a “saber hacer con el síntoma”, alude al arte como forma (saber hacer algo con nada) más que como contenido (saber escribir, pintar, diseñar, etc.).
Esta maniobra del savoir faire involucra cierto trabajo artístico porque supone una creación a partir del vacío, creación que se apuntala en la ausencia de relación sexual.
Saber hacer significa una transgresión y una apuesta, ya que el sujeto logra trascender el sufrimiento sin abolirlo.
Del hallazgo del nudo borromeo, se desprende una provechosa concepción del fin de análisis: el fin de análisis consiste en una identificación al sinthome, es decir, consiste en saber arreglárselas con lo que a uno le pasa.
Pero aunque parezca simple, esto no es tan sencillo. Leonardo Da Vinci demoró siete años en terminar su obra “La última Cena”…
En un análisis, se podrían diferenciar tres momentos lógicos:
1)    Un acontecimiento invade causando sus efectos, la incidencia de lo real se presenta bajo la forma de una repetición que insiste.
2)    Saber sobre el síntoma. El síntoma se presenta como formación evasiva que permite al sujeto defenderse o refugiarse de lo acontecido. El padecimiento es perpetrado por otro. La apuesta es del analista.
3)    Saber hacer con el síntoma. Implica una admisión que queda a cargo del sujeto. Sea bueno o malo, es algo que le ocurre al sujeto y en esta medida es responsable. A partir de esta apropiación del síntoma, es posible aventurar opciones respecto de lo que se sabe propio. La apuesta es del sujeto.
En este tercer tiempo, que es el tiempo del acto, se establece un nuevo acuerdo entre lo real, lo simbólico y lo imaginario. Afirma Lacan que el sinthome como cuarto nudo es capaz de reparar o ajustar la estructura por tener una función de nominación que el mismo sujeto ha podido crear.
Una transformación drástica puede observarse en el analizante cuando encuentra una respuesta para su pregunta por el ser, porque empiezan a surgir las oportunidades y los medios.
En virtud de un artificio, lo fallido de la historia deviene excusa u ocasión para la producción de lo novedoso. El síntoma pierde su sentido enigmático y el interés del sujeto se desplaza hacia otras cosas que le resultan útiles. Un nudo se ajusta y algo en el sujeto se cierra, permitiéndole acceder a una nueva forma de existir.
Saber hacer con el síntoma es saber hacer Uno con tres, saber que implica un trabajo combinatorio de elementos discontinuos que serán modelados y ordenados artesanalmente.
La unicidad obtenida es herética y profana, en la medida en que este Uno consiste preservando la diferencia y la inconsistencia de la estructura. La práctica clínica revela sin cesar que no basta con que el sujeto tenga un cierto número de bienes, a esos bienes hay que poder utilizarlos.
Saber hacer con el síntoma es entonces, saber hacer con la ex - sistencia.




martes, 17 de febrero de 2015

Demanda de felicidad y fin de análisis

Ps. Paula F. Lucero
 “La felicidad es darse cuenta
que nada es demasiado importante”.
Antonio Gala


La condición humana. René Magritte.
Es común que, en las primeras entrevistas, los potenciales analizantes dividan su historia en dos momentos: un tiempo previo en donde fueron felices y el presente, en donde ya no lo son. En menor número, se presentan aquellos que describen la búsqueda de una felicidad jamás experimentada. En estas situaciones la felicidad aparece como un bien preciado que desea recuperarse o alcanzarse.
El analista recibe la demanda de felicidad que los pacientes traen, pero a dicho pedido le hace contrapeso con su deseo: el analista, tal como afirma Lacan, “no puede desear algo imposible”(1). La posición del analista se sostiene de un deseo vaciado de ideales.
En El Malestar en la cultura, Freud caracteriza la vida humana como “gravosa”, por estar plagada de “dolores, desengaños y tareas insolubles”. Una gran cantidad de tiempo es destinada a calmar o anestesiar  los padecimientos, las frustraciones y el estrés que la vida presenta.
El fin perseguido en la vida, la felicidad, es establecido por el principio del placer que orienta los procesos anímicos hacia lo placentero. Al respecto, Freud afirma que la pretensión del principio del placer es irrealizable: “…el propósito de que el hombre sea <dichoso> no está contenido en el plan de la <creación>”(2). Esto ocurre no solo por las condiciones del mundo exterior sino fundamentalmente por la constitución psíquica misma.
La felicidad, esa que no existe, alude a un estado de plenitud absoluta, “sin sombras” al decir de Lacan. Se trata de un estado de beatitud y tranquilidad en donde todas las necesidades estarían satisfechas, no habría perturbación alguna y el sujeto tendría todo lo que quiere tener.
La economía libidinal demuestra incansablemente que la creencia de que un objeto o un bien determinado, podría darnos esta felicidad, es errónea. Una vez alcanzado, el maravilloso objeto pierde su color…Lo mismo ocurre cuando se trata del deseo, el deseo no habita en tal o cual objeto si no que “es el cambio de objeto en sí mismo”.
El ser humano no está hecho para permanecer en la cima, solo le está reservada una felicidad episódica. Si la felicidad como objetivo permanente no es posible,
¿qué criterios determinan el fin de análisis?.

Las condiciones psíquicas
El desarrollo de  la subjetividad humana consiste en la incorporación de legados culturales y familiares que se asientan en distintas formaciones psíquicas. Dichas formaciones representan una limitación y ordenamiento de las tendencias iniciales de la llamada perversión polimorfa. La cultura, bajo la forma específica del super yo, impone restricciones a la pulsión, como si dijera: “solo podrás ser un poco feliz si pagas el precio”. Una persona adulta, comprende que sus placeres tienen un costo que estará dispuesto a pagar o no.
Si por felicidad se entiende satisfacción pulsional, la consolidación de la estructura psíquica implica la reducción del placer, el rodeo hacia la satisfacción e incluso una renuncia a ciertos deseos. Goethe acierta al afirmar que “la felicidad nace de la moderación”.
Desde los inicios, Freud planteó que la vida anímica está marcada por un conflicto incesante entre la sexualidad y el yo. Retomando estas afirmaciones, Lacan precisa los conceptos de goce y deseo. Éstos nos remiten a la oposición ancestral entre lo prohibido y lo permitido para el ser hablante.
La prohibición no solo recae en los objetos incestuosos, luego se extiende a todos los lazos que el sujeto establece con sus objetos.  Sabido es que existe una línea delgada entre el placer y el sufrimiento, fácilmente lo hermoso puede transformarse en algo tortuoso si se produce un cambio en la intensidad, la frecuencia y la duración de los encuentros con los objetos de satisfacción.
Por lo tanto, esta conflictiva humana se refiere a la moral (lo correcto y lo incorrecto) pero fundamentalmente a la ética (lo deseado y lo no deseado). Es común que la mayoría de las veces la moral y la ética no coincidan, por lo cual solo podríamos hablar de una felicidad limitada. Al parecer, las cosas pueden disfrutarse siempre y cuando no sean “demasiado” buenas.
En la teoría de Freud, el límite entre el placer y el dolor es una cuestión de economía libidinal. El problema de la distribución de libido es planteado en términos dinámicos: la libido se estanca, se acumula, se descarga o circula.  Cuando las cantidades se concentran en un solo lugar, se genera el empobrecimiento en otras áreas. Algunos sectores se cargan demasiado y puede producirse el “desborde” emocional, palabra que está de moda en la actualidad.
Más avanzada su obra, Freud describe una clase de placer paradójico, doloroso, que se presenta como compulsión de repetición. Normalmente existe una mezcla de energías psíquicas: la destrucción y la creación. La compulsión surge cuando hay desmezcla pulsional y la libido se separa, quedando solo una aspiración a la descarga de estímulos, la destrucción de la pulsión de muerte.
El aburrimiento, la tristeza y la angustia son afectos tan conocidos por todos, que cabe afirmar que la verdadera lucha no es entre el sujeto y el mundo exterior sino entre el sujeto y su propio masoquismo primordial.
La conflictiva psíquica perpetúa la división del sujeto, siempre convocado por su acto, se ve compelido a elegir entre la medida o el exceso, el deseo o el goce.
El exceso habita las fantasías, por lo que muchos analizantes anhelan una vida
imposible de vivir: “vivir sin comer o comer sin engordar” , “estar con todas las mujeres sin perder a ninguna” , “ser millonario sin trabajar”. Los ejemplos se multiplican cuando el analista recuerda las formulaciones de la demanda de felicidad que traen los pacientes.
Desear lo imposible es entonces una tendencia estructural que habita el discurso, tejido simbólico que precede y recibe al niño cuando llega al mundo.
Al decir de Lacan, este mundo es en realidad inmundo, ya que nunca se obtiene una representación acabada de él. La llegada a lo real del mundo es amortiguada por el registro simbólico que presta la red necesaria para la construcción de escenas imaginarias. La evolución psíquica del ser humano se produce merced a un incesante proceso de elaboración de lo real que nunca es exhaustivo. En este punto, el síntoma revela las posibilidades de elaboración de cada quien; testimonia el efecto que lo impensable tiene en la persona, ya que el síntoma es una forma de hablar de lo real con el cuerpo.
En numerosas oportunidades, Lacan afirma que el psicoanálisis es una práctica que se ocupa de lo que no anda: lo que no anda es “una gran fatiga de vivir como resultado de la carrera hacia el progreso”(3). En esta hazaña posmoderna, la felicidad forma parte del horizonte, circulando la idea de que ser feliz consiste en tenerlo todo, al menor precio y lo más rápido posible.
Este ideal de felicidad es la propuesta social más exitosa de todos los tiempos, ya que clava su oferta en el blanco de la estructura psíquica: la mayor dificultad del ser humano consiste en tolerar la falta. Los objetos de la tecno ciencia prometen la cobertura y hasta la abolición de la falta, generando la ilusión de que existe un placer que no tiene costo. Los límites entre lo imposible y lo posible se vuelven cada vez más difusos hasta el punto que se invita a los sujetos a consumir lo imposible mismo.
En la demanda de felicidad, cada analizante compartirá con el analista aquellos pedidos que hace a las estrellas, al universo, a la luna, al espejo o a su Dios. Pedidos más o menos desesperados que se arman con la pasta de los ideales sociales de nuestra época y las marcas que los otros han dejado en su historia singular.

Las formas de la felicidad
Respecto a la felicidad, el amor suele reunir las mayores expectativas. Si alguien pudiera elegir entre “suerte en el juego o mala suerte en el amor”, de seguro dejaría el dinero para ser amado.
Las formulaciones típicas de la demanda de felicidad tienen que ver con la posesión de bienes u objetos de amor, en donde nunca se prescinde de una utopía llena de elementos felices. A las ganas de disfrute personal suele agregarse el afán por demostrar los logros a los demás. He aquí una aspiración narcisista que muchas veces impide ver las verdaderas intenciones que la persona tiene.
Ciertas figuras prestan las imágenes de la felicidad, mostrando la cara tragicómica del sufrimiento humano: el alumno perfecto, el empresario exitoso, superman o la mujer maravilla, la mujer o el hombre ideal. Estos personajes imaginarios hacen eco en el consultorio revelando que el sujeto reniega de su impotencia, padece sus carencias pidiendo completud.
En cada versión de la felicidad el acento es puesto en diferente objeto, pero el trasfondo es el mismo: una fantasía de libertad.
Al poco tiempo de trabajo analítico el espejismo se revela: se pretende encarnar estos personajes porque son distintas figuras de la autosuficiencia. Pero el sujeto cuanto más cree que hace lo que quiere, menos libre es, en la medida en que si hay sufrimiento, seguramente no está solo en ese camino.
La búsqueda de una felicidad absoluta acarrea uno de los males más angustiantes: la esperanza.  Se espera el llamado, el cumplimiento de una promesa, el milagro o la clemencia del destino. En su pretensión de despojarse de aquello que lo mortifica (sus vacíos), el sujeto vive a destiempo, presintiendo que algo genial está por pasar y nunca ocurre. Y si algo importante ocurriera probablemente no podría verlo, ya que la demanda de felicidad plena pertenece a otro espacio, a otro tiempo.

Transformaciones de la demanda
La independencia tan ansiada por el neurótico resulta ser un fin posible si está dispuesto a reformular sus pretensiones. Es necesario poner reparo en las posibilidades del propio psiquismo, interrogando las ideas de felicidad para situar la implicación del sujeto en dichas fantasías.
Por lo tanto, esta pregunta por el propio deseo se instala en un devenir. La respuesta que el sujeto pueda elaborar, no se presenta como la solución a todos los males, la receta perfecta, sino más bien como una brújula que orienta sus actos de allí en adelante.
La libertad deja de pensarse como una desvinculación del Otro y comienza a surgir la chance de vivir mejor con lo que ese Otro ha podido dar, lo cual implica restarle protagonismo a las fallas del Otro para dar lugar al propio pensamiento.
El análisis invita a descubrir que la libertad del sujeto no depende de un acontecimiento puntual sino de un cambio de posición. El sujeto es libre cuando deja de sentirse culpable y se concentra en hacer cosas interesantes, por más dividido que esté.
La felicidad permitida al ser humano está moderada por la castración, de modo que el disfrute exige siempre una pérdida. Siguiendo a Winnicot, puede decirse que las pérdidas  se toleran mejor si el sujeto posee “la capacidad para estar solo”.
Por otra parte, el precio a pagar por aquello que se quiere nunca debe ser impagable, es decir, no es necesario concentrar todos los recursos en un único objeto. La felicidad nunca surge de lo exclusivo e inmóvil, sino más bien de la distribución de los recursos.
Respecto a nuestra función como analistas, Lacan plantea una suerte de criterio para dar “el alta”: “Cuando un analizante piensa que él está feliz de vivir, es suficiente”(4). En 1975, el maestro parece situar una clase felicidad, aquella que es posible. Estar “feliz de vivir” es un estado sentido y ya no imaginado, entiendo que Lacan se refiere a un disfrute sostenible en el tiempo, donde el sujeto ha dejado de sufrir por aquello de lo que carece. También puede decirse que encuentra suficientes razones para vivir, a pesar de todo.
Por lo tanto, un análisis nunca satisface la demanda de felicidad, porque “la felicidad” no existe, más bien colabora en la búsqueda de pequeñas felicidades que permiten disfrutar más de los trayectos que de los fines.
Estar feliz es un estado que cada quien significa a su manera. No puede decirse lo mismo respecto al ser feliz, ya que el ser humano nunca es feliz allí donde ocurren las cosas. La felicidad del ser es algo perdido, solo podemos disfrutar del contraste, decía Freud.
Cuando una cura se organiza alrededor del ideal de felicidad, se corre el riesgo de caer en un pesimismo ingenuo o en un optimismo ciego, lo cierto es que no es posible que todas las cosas anden bien en la vida de alguien.
Sin embargo, es alentador saber que basta con que unas pocas cosas anden más o menos bien para que un destello de felicidad aparezca. Felicidad singular, incompleta, huidiza pero a la medida de cada uno.
En el proceso del análisis, la demanda de felicidad se transforma en una pregunta por el bienestar. Y esta pregunta habita en lo cotidiano, las cosas corrientes de la vida.

Notas:
(1)  Lacan. J. El Seminario . Libro VII. La ética del Psicoanálisis. Paidos. Bs. As. Pág. 358.
(2)  Freud. S. El Malestar en la Cultura. Tomo XXI. Amorrortu Editores. Bs. As. Pág. 76.
(3)  Lacan. J. Dificultad de vivir. Entrevista publicada por la revista Panorama (Roma) en su número del 21 de diciembre de 1974. En http://www.con-versiones.com.ar/
(4)  Lacan. J. Conferencias y charlas en Universidades Norteamericanas. 1975. Scilicet nº 6/7. Traducción Ricardo Rodriguez ponte. Escuela Freudiana de Buenos Aires. En http://elpsicoanalistalector.blogspot.com.ar/


lunes, 26 de enero de 2015

Todavía - Mario Benedetti

No lo creo todavía 
estás llegando a mi lado 
y la noche es un puñado 
de estrellas y de alegría 

palpo gusto escucho y veo 
tu rostro tu paso largo 
tus manos y sin embargo 
todavía no lo creo 

tu regreso tiene tanto 
que ver contigo y conmigo 
que por cábala lo digo 
y por las dudas lo canto 

nadie nunca te reemplaza 
y las cosas más triviales 
se vuelven fundamentales 
porque estás llegando a casa 

sin embargo todavía 
dudo de esta buena suerte 
porque el cielo de tenerte 
me parece fantasía 

pero venís y es seguro 
y venís con tu mirada 
y por eso tu llegada 
hace mágico el futuro 

y aunque no siempre he entendido 
mis culpas y mis fracasos 
en cambio sé que en tus brazos 
el mundo tiene sentido 

y si beso la osadía 
y el misterio de tus labios 
no habrá dudas ni resabios 
te querré más 
todavía.


viernes, 23 de enero de 2015

Las manos de piedra


A pesar de que eran las ocho y cuarto de la mañana, ya estaba cansado. Tuvo que organizar varias cosas antes de ir al sanatorio.
Según le habían dicho, el médico era el mejor especialista.
Ingresó en el ascensor con tres personas más, una enfermera y dos hombres. Al llegar al quinto piso, una mujer rubia y arreglada lo recibió cálidamente. Llenó todos los papeles, firmo muchos y esperó. En vano, intentó distraerse mirando una revista de hospitales hasta que finalmente lo llamaron para llevarlo a su habitación.
Estaba solo pero se sentía bien así, no le gustaba molestar a Claudia con sus problemas de salud. Con una rapidez de película, lo trasladaban hacia la sala de operaciones. El sonido de las ruedas de la camilla parecía agujerear los mosaicos…
-Anestesista, haga lo suyo y comenzamos-dijo el cirujano con voz apresurada.
Miguel, tendido en la camilla helada del quirófano, alcanzaba a ver los ojos negros del médico que asomaban tímidamente por encima del barbijo.
Había varias personas circulando alrededor de su inmaculado aposento, pero no lograba verlas, solo sentía su presencia en los brazos.
Una mujer de voz grave tenía bastante protagonismo, sus palabras eran pocas y precisas. En un momento la mujer se acerca.
-¿Tenes todo? –Dijo la enfermera al doctor.
A pesar de que Miguel sabía que le hablaba al médico, no pudo dejar de pensar que eso iba para él. ¿Tenía todo?. Su vida, ¿era digna de ser vivida?. Con los años había acuñado numerosos bienes. El crecimiento económico y personal demostraban que era una vida productiva. Pero, ¿tenía todo lo que hace falta?.
Las voces se escuchaban cada vez más lejanas, como si los hablantes tuvieran algodones en la boca.
Creyó conveniente mantener la mirada fija en la luz redonda que colgaba sobre la camilla. “Directo a los ojos (pensó) blanco y directo”.
Ya no sentía frío, Solo un hormigueo en las manos y la sensación de irse hacia un lugar neutro, ni lindo ni feo, pero tranquilo.
Cada vez le quedaba menos tiempo para pensar. Tenía que aprovechar los últimos segundos de conciencia por más que le resultara costoso.
Si algo le dio la calle fue el aprendizaje de cosas importantes. Había que dar lo mejor de uno, explotar las capacidades al máximo, descansar lo menos posible y trabajar hasta el final.
Pero ya casi no podía mantenerse despierto. Sus ojos se le cerraban como si dos manos de piedra le bajaran los párpados suavemente.
Le preocupaba no saber lo que iba a pasar una vez que estuviera dormido. La idea de estar en manos de otro lo enloquecía. Por primera vez en su vida, tenía que dejarse estar y soportar que la situación no estuviera controlada. Él no estaba a cargo y cualquier cosa podía pasar.
Antes de adormecerse por completo, alcanzó a pensar en el regreso al trabajo y el desorden que iba a encontrar cuando volviera.
Pero bien merecido tenía relajarse un poco...
En ese instante, el recuerdo de su padre lo invadió; y en medio de los sonidos metálicos se oyó: “tranquilo hijo, no está mal descansar”.


Rosa Chicle


-¿Algo más?-dijo la empleada de la perfumería con cara de pocos amigos.

Natalia tardó en responder. ¡Había tantas cosas que le gustaría comprar inmediatamente!. Tenía una especial debilidad por los perfumes, que de hecho, coleccionaba.
Cada vez que iba a “Soy Mujer”, el número de artículos por llevar iba creciendo a medida que recorría esos tentadores estantes de color rosa chicle.
Inútilmente, cada vez que ingresaba al local, miraba los canastos amarillos y decidía que solo por hoy, no compraría más de dos cosas. De tal forma que con sus manos bastaría para cargar todo.
Era irremediable, llegaba un momento en que su cuerpo ya no alcanzaba para contener tantos goces, y es así que rebobinaba su recorrido para tomar ese canasto que ahora, era imprescindible.
Solía pensar que todo  lo que hay en una perfumería es necesario para una mujer. Era necesario tener en cuenta cada parte del cuerpo a la hora de embellecerse: el pelo, la piel, las uñas, los labios, los dientes, la higiene general, etc.
Cada vez que iba para el centro, la perfumería era un paso obligado.
Ese mes, había tenido que ir muchas más veces, iba por la séptima vuelta. Es que se había olvidado de comprar algodón y una sombra color marfil. Elegir esta sombra le había llevado tanto tiempo que finalmente decidió llevar las dos: la opaca y la satinada.
Aunque disfrutaba mucho del acto de comprar en este bello negocio, sabía que ese placer se nublaba cuando aparecían los reproches internos.
Gran parte de su sueldo de empleada administrativa se iba allí, como se va un tren de la estación: a paso lento pero bien firme.
Era tal la costumbre o más bien el ritual de compras, que la lucha interna formaba parte del mismo acontecimiento.
Perfumes, cremas, maquillajes y esa frasecita que le decía “deberías dejar de comprar, estúpida”.
Podría decirse que durante esas horas en que bailaba entre estantes de Soy mujer, era feliz. Estando en la caja, y a punto de cargar la pila de bolsas atiborradas de objetos irresistibles, sentía un éxtasis en su corazón femenino.
Todo cambiaba de color cuando llegaba a su casa.
El placer persistía hasta que la tarea de acomodar los tesoros encontrados finalizaba. Cada cosa estaba en su lugar. En el intento de hacer un stock, Natalia miraba a su alrededor como un gato a su presa para descartar cualquier falta en la repisa de belleza.
No podía haber un espacio vacío entre una crema  y una colonia. Cuando nada faltaba llegaba el momento de relajarse.
Pero paradójicamente, allí enfrentada a su altar de cosméticos totalmente lleno, sentía un vacío casi insoportable de tolerar.
La alegría y la euforia habían terminado para dar paso a ese sentimiento difuso de normalidad que invade cuando llega la hora de perpetuar la vida diaria.
La empleada del negocio vuelve a preguntar con insistencia y tono elevado:
-Sra. Quiere algo más?
Natalia mira su tarjeta de crédito y responde:
-Si, deme ese difusor de fragancia para el ambiente. El de lavanda, por favor.
Había escuchado que la planta de lavanda era curativa, y pensó que el horrible momento que estaba por venir cuando llegara a su casa, podría ser una oportunidad para sentirse mejor, a pesar de todo.


Relativizar la vida

Relativizar la vida
"Es de mis analizantes que yo aprendo todo,
Muerte y Vida. Gustav Klimt
que yo aprendo lo que es el psicoanálisis".
J. Lacan (1975)

Interrogantes de la práctica y práctica de los interrogantes
Aunque el tema del suicidio es un tema muy investigado, tiene resonancias personales que la escritura me permite desplegar.
Más allá del propio análisis en donde la pregunta ¿por qué alguien se mata? cabo sus metonimias y metáforas, el ejercicio de la escritura funcionó como recurso para pensar y recortar fragmentos de la clínica, e incluso para invertir el interrogante inicial convirtiéndolo en otra pregunta: ¿Por qué alguien no se mata?.
Entiendo que el análisis personal y la supervisión corresponden a unapráctica de los interrogantes, en la medida en que se trata de espacios de apertura en donde aparecen preguntas y uno se implica en ellas. En un segundo momento, es posible situar los interrogantes de la prácticapor medio de la escritura. Ejercicio arduo, a veces tormentoso, a veces romántico. Escritura que siempre conserva el gusto dulce o amargo de la implicación del escritor. Responsabilidad del autor por darle un estatuto real, de letra, a lo simbólico e imaginario de los interrogantes; y compromiso con el otro de la lectura que siempre leerá otra cosa de lo que fue escrito.
En este sentido, la escritura del analista representa un cierre (en términos de empalme y no de clausura) a la pregunta que tuvo su origen en un cortocircuito entre el discurso del analizante y lo inconsciente del analista.
El tema del suicidio venía apareciendo en el discurso de mis pacientes. Sea como un acto consumado de algún ser querido o bien como fantasía antigua o presente del sujeto.
La clínica de las anorexias y bulimias me ha convocado mayormente, y el “discurso anoréxico-bulímico” (M. Recalcati) trae siempre aparejado el fantasma de la propia muerte como un empuje del cual el sujeto no se puede liberar.
Sin embargo, había pacientes con otros planteos que también traían esa intención de “me quise matar” que tenía para ellos un valor de acontecimiento, “un cambio de agujas en el destino” como diría Lacan a propósito de la bofetada que le diera Dora al Sr. K.
Aquellos que habían tenido un acercamiento a la propia muerte como idea o tentativa, dejaban entrever que el disparador había sido un motivo trivial a primera vista. Se habían querido matar por “el infortunio común”, por el mismo apremio de la vida. Cierto malestar se había tornado insoportable.
Dicha inferencia despertó en mí el interés por encontrar una respuesta a la pregunta por las causas. Casi de inmediato pude leer los obstáculos que surgían respecto al tema, pero sobre todo un obstáculo fundamental que no era ajeno a mi práctica: mi necesidad de generalizar lo singular, e incluso mi resistencia a incorporar una verdad estructural.

La demanda de Felicidad y su naufragio
En El Malestar en la cultura, Freud plantea una cuestión de suma importancia: la vida nos resulta gravosa y no se puede prescindir de calmantes, se infiere así que la felicidad no está en los planes de la creación.
Tal como sostiene Lacan (1), el analizante siempre demanda la felicidad. Ser feliz implica por lo general tenerlo todo, salud, dinero y amor como afirma el dicho popular. Desde el discurso religioso se promueve la creencia de que existe una felicidad eterna en el más allá; pero ¿una vida sin cuerpo es vida?. Al respecto Lacan dice “…no sabemos que es estar vivo a no ser por esto, que un cuerpo es algo que se goza”(2).
Aunque la felicidad como estado continuo es un imposible, aún vivimos con un cuerpo que se une a la palabra, cuerpo que presta el escenario no solo para el goce sino también para que el amor de sus señales.
El sufrimiento, placer paradójico al decir de Freud, es el precio a pagar cuando se persigue el más allá del placer: una beatitud silenciosa e inmóvil, una tranquilidad o apaciguamiento de las excitaciones, pero sin cuerpo.
Se trataría de esta paz con la que el neurótico fantasea: “¡lo único que quiero es paz!”, grita en su queja. No hay paz absoluta y perdurable si se conserva la vida, del mismo modo que no hay vida pacífica si uno muere.
De todos los peligros que presenta la vida, las relaciones amorosas ocupan el primer plano. El amor se aúna con la idea de felicidad en la medida en que es pensado como posibilidad de completud.
Es interesante el giro que produce Lacan en el año ´72 respecto a las razones por las cuales la felicidad sin fisuras es un imposible. Comienza a distribuir las posiciones de hombre y mujer de acuerdo a los cuantores que hacen argumento a la función fálica como un todo o un no todo.
Afirma que no hay relación sexual al modo de una complementariedad llave/cerradura. Por esta razón, la inserción del sujeto en el discurso es pensada en torno a la función del falo simbólico. ¿Que hace el sujeto con ese real?, ¿cómo se las arregla con la existencia de una no relación sexual?.
En consonancia con la diferencia irreductible entre masculino y femenino, Lacan dice “la esencia del objeto es fallar”. El fracaso, la contingencia en todo encuentro amoroso pone en juego la estructura en la medida en que si un amor es en serio, reactualiza la castración y hace patente la posibilidad de pérdida.
A falta de relación sexual, hay el amor. Entre el hombre y la mujer hay el a-muro va a decir Lacan. Se trata de se escollo que se interpone entre los dos, el “a” como resto y causa de deseo.
En estas ocasiones en donde el amor o la falta de amor llevaba a la idea de muerte (3), la posición del sujeto respecto a su partenaire aparece en el discurso mismo, pudiendo establecerse dos posturas: la completud es un anhelo y una fantasía; o bien la completud es una certeza que se ubica en el centro de la vida del sujeto.
Al despejar lo fenomenológico del síntoma, adviene en la mayoría de los casos un malestar que puede escribirse como “penas de amor”. Uno pena por amor a los padres, a la pareja, al hijo, al ideal no alcanzado.
La felicidad amorosa en tanto demanda puede pensarse como la búsqueda de una unión sin fallas, una fusión en donde de dos se haría uno.

Ficción y Estructura: El héroe enamorado
Decimos entonces que la felicidad amorosa entendida como una transgresión matemática en donde dos harían uno, si existiese, llevaría a la aniquilación.
En el seminario El acto analítico, Lacan hace alusión a la tragedia y su analogía con la estructura. La tragedia se instala como ficción organizadora de lo simbólico. Ficción novelesca e historia de amor, el Complejo de Edipo plantea la conflictiva fundamental de todo amante: ¿conservación del objeto sexual prohibido o conservación del propio cuerpo?. El sabio de Freud contesta rápidamente que la mayoría de las veces gana el narcisismo y el niño asume su propia castración (como riesgo o hecho consumado) retirándose de la escena.
La mayoría de las veces, no todas.
Veamos cómo define Aristóteles a la tragedia: “Una tragedia, en consecuencia, es la imitación de una acción elevada y también, por tener magnitud, completa en sí misma; enriquecida en el lenguaje, con adornos artísticos adecuados para las
diversas partes de la obra, presentada en forma dramática, no como narración, sino con incidentes que excitan piedad y temor, mediante los cuales realizan la catarsis de tales emociones”(4). Rescato estos puntos: acción elevada y completa, de presentación dramática que figura una catarsis de emociones.
El acto suicida es un acto trágico desprovisto de ficción. En vez de funcionar como historia en donde el sujeto se aloja, en el acto de “darse muerte” el sujeto se sale de la escena. Sabemos que el parletre nunca es dueño de su acto más que retrospectivamente, todo acto encierra un fracaso excepto el acto suicida dirá Lacan. Allí no hay tiempo para la remisión significante que instala al acto (el que sea) como tal.
En su actuación final, el ser hablante se convierte en hablado. Es silenciado y vaciado de toda emoción. Aquel que se mata por amor deviene en héroe enamorado por encarnar su drama y llevarlo hasta las últimas consecuencias. En su acto, el héroe dice que no hay nada más allá de ese objeto de amor, o bien que con el objeto había todo y sin el objeto hay nada.
Respecto al héroe, Lacan dice: “…el héroe, cualquiera de ellos que se embarca solo en el acto, está destinado a ese destino de no ser al fin más que deshecho de su propia empresa”(5). En su prueba de amor, el héroe termina desechado.
Los recursos para “arreglárselas” con las penas de amor dependen entonces de las posibilidades de cada uno. Si se trata de un amor vivo (posibilidad de completud a nivel fantasmático) podemos pensar que hay más chances de que el sujeto pueda sustituir el objeto, tal como sostiene Freud a propósito del duelo normal. En el caso de un amor muerto (6) (certeza de fusión a nivel real), junto con ese objeto esencial que se va, se pierde el sujeto.
Ante la pérdida del objeto amado, objeto fundamental en la vida de alguien, el sujeto puede elegir morir o bien encontrar un drenaje al dolor por medio de la sublimación.
Esta posición “heroica” es descrita por Freud destacando una desacreditación de la muerte en la medida de que nada pulsional lleva a creer en ella (7).
El héroe enamorado no carece de vinculación con la feminidad entendida como posición que se relaciona con un goce místico, infinito e inexistente; goce supremo del ser, dirá Lacan. A este no todo de la feminidad debería anexarse el todofálico de la masculinidad para hacer un balance. Al respecto, Silvia Amigo comenta “…para que su feminidad no sea locura mística, extravío continuo. Como se constata, tan no toda es la feminidad que tampoco puede ser toda feminidad” (8). LA mujer convoca a un goce sin borde que lleva a la desdicha o bien a una entrega definitiva y un viaje sin retorno hacia lo profundo del ser.


Una muerte en el horizonte
"Ninguno de nosotros vive para sí mismo,
 y ninguno para sí mismo muere".
S. Pablo, Epístola a los romanos

En algunos de mis analizantes, se hacía patente una pregunta existencial que no lograba anudarse con el símbolo, o más precisamente con la vida. Se trataba de un dolor a nivel del ser, ser siempre para Otro, esta pregunta proferida al Otro de los cuidados, del amor: ¿Qué me quieres?, ¿puedes perderme?, no obtuvo respuesta.
Lacan indaga acerca de esta pregunta por la existencia “¿que soy ahí?”, en el Otro, pregunta que remite siempre al sexo y su contingencia en el ser, es decir a la procreación y la muerte.
En el Seminario X, Lacan presenta una interesante versión del duelo. Solo se hace el duelo por aquel que nos ha otorgado un lugar en su falta.  Por otra parte, Lacan considera que la erótica no se reduce al acto sexual sino que incluye el duelo y su imposibilidad. El sujeto va a organizar su erótica en torno a este objeto que es el “a”, precisamente por tener este defecto en la estructura el amor es posible. Ante la pérdida de un objeto amado, surgirían las vías del duelo o la locura.
En sus historiales, Freud trabaja el tema de la muerte considerando al suicidio como un síntoma. Se infiere de su letra que alguien intenta matarse para obtener algo a cambio (en el caso de Dora) o bien para liberarse de un sufrimiento insoportable (la joven homosexual). Pensando al suicidio como un pasaje al acto, Lacan teoriza la situación como una caída al mundo. El sujeto pierde su posición y deviene objeto expulsado. Se produce una desvinculación del sujeto con la escena fantasmática y esto genera la sensación de falta de límites. Sin un sostén que enmarque e historice, se hace posible la precipitación, cuyo paradigma es el arrojarse por la ventana.
Allí, el sujeto se abandona, se entrega al mundo. Esto recuerda al sentimiento oceánico descrito por Freud, donde se experimenta la sensación de fusión con el todo.
Hablar de la muerte revela la esencia del goce fálico como bla, bla, bla, se diga lo que se diga, siempre se trata de una verdad recortada.
La muerte en el horizonte no necesariamente es la muerte del sujeto, puede ser la muerte de un nombre que anuda a la vida, a la existencia. Trátese de madre, padre, esposa, esposo, novia, gerente de compras, son nombres que sostienen. Podría decir que se ama este nombre, el sujeto se identifica con él y por este motivo lo hace existir. Ante la pérdida de un nombre con este valor, se revela su doble amarre: por un lado amarra al sujeto con un objeto esencial, y por otro lado amarra al sujeto con la cadena simbólica.
Por suerte o por desgracia, el nombre identifica pero no da una identidad absoluta, esta situación de pérdida es así una gracia a partir de la cual alguien puede nombrarse de otras formas o bien una desgracia que somete a un único y letal destino en donde, sin ese nombre, no hay existencia.
La multiplicidad de nombres posibles, revela que el ser del sujeto posee la mayor ambigüedad, por este motivo Lacan dice “…la pregunta por su existencia baña al sujeto, lo sostiene, lo invade, incluso lo desgarra por todas partes” (9).

Relativizar
Inicialmente la pregunta ¿por que alguien se mata? había despertado mi interés, pero hubo una inversión y un pasaje hacia ¿Por qué alguien no se mata?.
Había omitido la enseñanza de Lacan acerca de lo incalculable respecto al suicidio. Con la pregunta inicial, pretendía hallar una respuesta unívoca. Si bien no se puede generalizar acerca de las causas del suicidio bajo la égida de los conceptos, las vivencias determinadas, criterios estructurales o traumatismos específicos; algo se puede decir.
Se puede decir primeramente que la muerte es un real que inicia la vida. El suicidio no es la muerte (10) en la medida en que involucra siempre una fantasía de desaparición que antecede al acto suicida.
Planificación delirante o no, impulso anónimo o elección forzada, el suicidio revela un intento de escape y liberación de un Otro aplastaste. Otro simbólico defectuoso por carecer de su defecto fundamental: la falta.
Puede decirse que cuando alguien sueña con su desaparición definitiva como gesto último y emancipador, se sumerge en el mayor de los goces.
Lacan sitúa la tendencia suicida rescatando los conceptos freudianos de pulsión de muerte y masoquismo primordial, pero agrega que la muerte es experimentada como “miseria original” que corresponde al traumatismo del nacimiento. Dicha miseria acecha a todo ser humano y puede conducir a esas trampas del destino (11) que llevan a creer en una libertad que uno no posee. Por esto Lacan afirma que la idea de libertad absoluta lleva a la locura, y que el ser no es sin la locura como límite de su libertad. Cuando alguien comete su acto mortal a raíz de la pérdida de un amor podría pensarse que esa locura, ese extravío tenía sus antecedentes. Es común escuchar que la gente se suicida por tener un trastorno bipolar, depresivo, psicótico, etc. Pero los criterios psiquiátricos a veces sirven para preservarnos de una realidad humana de la que nada queremos saber: el ser humano es un loco en potencia.
Desde el momento en que somos hablante-seres, la locura está en germen. En aquellas situaciones donde el amor funciona como suplemento de la falta de relación sexual, también puede haber complicaciones produciéndose un estancamiento del trabajo del duelo, o un giro hacia la locura del ser.
A veces ocurre que los psicoanalistas ponemos especial reparo con las palabras, terminologías a utilizar, por temor a que se malentienda, por temor a ser confundidos con discursos a los que no pertenecemos. Pero algo hay que decir.
Hay que decir que nada obliga a vivir salvo el discurso en la medida en que hace lazo social, esto significa que cualquier persona puede darse muerte desde el momento en que el fantasma de la propia desaparición hace a la constitución misma del sujeto como deseante.
Pero el sujeto no queda en ese momento afanístico, para acceder al deseo precisamente debe encontrar un sentido. Un sentido, el que sea. Un sentido que sostenga, por más inconsistente que sea, hay un sentido que libera de la cárcel afanística en donde uno se ve compelido a preguntarle al otro si puede faltarle.
Esto es una prueba de amor, que puede ser superada o no.
Lacan va a decir que la entrada al juego de los significantes es como muerto pero solo en cuanto vivo se va a poder jugar.
Cuando Lacan sitúa en el caso Shreber su neologismo fundamental, el “asesinato de almas”, lo atribuye a “…un desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto” (12). Habría un sentido mortal que se instala primeramente en la estructura como un exterior que facilita el nacimiento de los símbolos, pero también hay un sentimiento de la vida que reduce el desamparo inaugural al facilitar conexiones con otros, es decir con la realidad.
Para concluir, el analista debe relativizar su pensamiento del mismo modo que el analizante debe relativizar su vida; ya que todo ser hablante tiene el “poder de retener o de inventar” (13).


Anexo
La voz a ti debida - Pedro Salinas
Versos 54 a 90

¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo;
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos, días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.

Notas
1-    J. Lacan. El Seminario VII. La ética del Psicoanálisis. Paidos. Bs. As. 1995.
2-    J. Lacan. El Seminario XX. Aún. Paidos. Bs. As. 1992
3-    Me refiero a los análisis que he conducido. A lo largo del escrito las  observaciones clínicas se limitan a dichos casos.
4-    Aristóteles. La Poética. Versión digital en http: www.uqr.es. Biblioteca Universidad de Granada.
5-    J. Lacan. El Acto Analítico. Inédito. Traducción de Silvia García Espil. Pag.95.
6-    J. Lacan. El seminario III. Las Psicosis. Paidos. Bs. As. 1984.
7-    S. Freud. “De guerra y muerte. Temas de actualidad”. O.C. Amorrortu Editores. T. XIV. Bs. As.1979.
8-    S. Amigo. Clínica de los Fracasos del Fantasma. Homo Sapiens. 1999. Pág. 214.
9-    J. Lacan. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis. Escritos II. Siglo XXI. Bs. As. 2008. Pág. 526.
10-  J. Jinkins. “La Interpretación Psicoanalítica del suicidio”. En Conjetural Revista Psicoanalítica N°10. Ediciones Sitio. Bs. As. Agosto 1986.
11-  J. Lacan. Acerca de la causalidad psíquica. Escritos I. Siglo XXI. Bs. As. 2008.
12-  J. Lacan. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis. Escritos II. Bs. As. 2008. Pág. 534.
13- J. Lacan. Función y campo de la palabra en el lenguaje y en el psicoanálisis. Escritos I. Siglo XXI. Bs. As. 2008. Pág. 258.

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