viernes, 23 de enero de 2015

Rosa Chicle


-¿Algo más?-dijo la empleada de la perfumería con cara de pocos amigos.

Natalia tardó en responder. ¡Había tantas cosas que le gustaría comprar inmediatamente!. Tenía una especial debilidad por los perfumes, que de hecho, coleccionaba.
Cada vez que iba a “Soy Mujer”, el número de artículos por llevar iba creciendo a medida que recorría esos tentadores estantes de color rosa chicle.
Inútilmente, cada vez que ingresaba al local, miraba los canastos amarillos y decidía que solo por hoy, no compraría más de dos cosas. De tal forma que con sus manos bastaría para cargar todo.
Era irremediable, llegaba un momento en que su cuerpo ya no alcanzaba para contener tantos goces, y es así que rebobinaba su recorrido para tomar ese canasto que ahora, era imprescindible.
Solía pensar que todo  lo que hay en una perfumería es necesario para una mujer. Era necesario tener en cuenta cada parte del cuerpo a la hora de embellecerse: el pelo, la piel, las uñas, los labios, los dientes, la higiene general, etc.
Cada vez que iba para el centro, la perfumería era un paso obligado.
Ese mes, había tenido que ir muchas más veces, iba por la séptima vuelta. Es que se había olvidado de comprar algodón y una sombra color marfil. Elegir esta sombra le había llevado tanto tiempo que finalmente decidió llevar las dos: la opaca y la satinada.
Aunque disfrutaba mucho del acto de comprar en este bello negocio, sabía que ese placer se nublaba cuando aparecían los reproches internos.
Gran parte de su sueldo de empleada administrativa se iba allí, como se va un tren de la estación: a paso lento pero bien firme.
Era tal la costumbre o más bien el ritual de compras, que la lucha interna formaba parte del mismo acontecimiento.
Perfumes, cremas, maquillajes y esa frasecita que le decía “deberías dejar de comprar, estúpida”.
Podría decirse que durante esas horas en que bailaba entre estantes de Soy mujer, era feliz. Estando en la caja, y a punto de cargar la pila de bolsas atiborradas de objetos irresistibles, sentía un éxtasis en su corazón femenino.
Todo cambiaba de color cuando llegaba a su casa.
El placer persistía hasta que la tarea de acomodar los tesoros encontrados finalizaba. Cada cosa estaba en su lugar. En el intento de hacer un stock, Natalia miraba a su alrededor como un gato a su presa para descartar cualquier falta en la repisa de belleza.
No podía haber un espacio vacío entre una crema  y una colonia. Cuando nada faltaba llegaba el momento de relajarse.
Pero paradójicamente, allí enfrentada a su altar de cosméticos totalmente lleno, sentía un vacío casi insoportable de tolerar.
La alegría y la euforia habían terminado para dar paso a ese sentimiento difuso de normalidad que invade cuando llega la hora de perpetuar la vida diaria.
La empleada del negocio vuelve a preguntar con insistencia y tono elevado:
-Sra. Quiere algo más?
Natalia mira su tarjeta de crédito y responde:
-Si, deme ese difusor de fragancia para el ambiente. El de lavanda, por favor.
Había escuchado que la planta de lavanda era curativa, y pensó que el horrible momento que estaba por venir cuando llegara a su casa, podría ser una oportunidad para sentirse mejor, a pesar de todo.


Relativizar la vida

Relativizar la vida
"Es de mis analizantes que yo aprendo todo,
Muerte y Vida. Gustav Klimt
que yo aprendo lo que es el psicoanálisis".
J. Lacan (1975)

Interrogantes de la práctica y práctica de los interrogantes
Aunque el tema del suicidio es un tema muy investigado, tiene resonancias personales que la escritura me permite desplegar.
Más allá del propio análisis en donde la pregunta ¿por qué alguien se mata? cabo sus metonimias y metáforas, el ejercicio de la escritura funcionó como recurso para pensar y recortar fragmentos de la clínica, e incluso para invertir el interrogante inicial convirtiéndolo en otra pregunta: ¿Por qué alguien no se mata?.
Entiendo que el análisis personal y la supervisión corresponden a unapráctica de los interrogantes, en la medida en que se trata de espacios de apertura en donde aparecen preguntas y uno se implica en ellas. En un segundo momento, es posible situar los interrogantes de la prácticapor medio de la escritura. Ejercicio arduo, a veces tormentoso, a veces romántico. Escritura que siempre conserva el gusto dulce o amargo de la implicación del escritor. Responsabilidad del autor por darle un estatuto real, de letra, a lo simbólico e imaginario de los interrogantes; y compromiso con el otro de la lectura que siempre leerá otra cosa de lo que fue escrito.
En este sentido, la escritura del analista representa un cierre (en términos de empalme y no de clausura) a la pregunta que tuvo su origen en un cortocircuito entre el discurso del analizante y lo inconsciente del analista.
El tema del suicidio venía apareciendo en el discurso de mis pacientes. Sea como un acto consumado de algún ser querido o bien como fantasía antigua o presente del sujeto.
La clínica de las anorexias y bulimias me ha convocado mayormente, y el “discurso anoréxico-bulímico” (M. Recalcati) trae siempre aparejado el fantasma de la propia muerte como un empuje del cual el sujeto no se puede liberar.
Sin embargo, había pacientes con otros planteos que también traían esa intención de “me quise matar” que tenía para ellos un valor de acontecimiento, “un cambio de agujas en el destino” como diría Lacan a propósito de la bofetada que le diera Dora al Sr. K.
Aquellos que habían tenido un acercamiento a la propia muerte como idea o tentativa, dejaban entrever que el disparador había sido un motivo trivial a primera vista. Se habían querido matar por “el infortunio común”, por el mismo apremio de la vida. Cierto malestar se había tornado insoportable.
Dicha inferencia despertó en mí el interés por encontrar una respuesta a la pregunta por las causas. Casi de inmediato pude leer los obstáculos que surgían respecto al tema, pero sobre todo un obstáculo fundamental que no era ajeno a mi práctica: mi necesidad de generalizar lo singular, e incluso mi resistencia a incorporar una verdad estructural.

La demanda de Felicidad y su naufragio
En El Malestar en la cultura, Freud plantea una cuestión de suma importancia: la vida nos resulta gravosa y no se puede prescindir de calmantes, se infiere así que la felicidad no está en los planes de la creación.
Tal como sostiene Lacan (1), el analizante siempre demanda la felicidad. Ser feliz implica por lo general tenerlo todo, salud, dinero y amor como afirma el dicho popular. Desde el discurso religioso se promueve la creencia de que existe una felicidad eterna en el más allá; pero ¿una vida sin cuerpo es vida?. Al respecto Lacan dice “…no sabemos que es estar vivo a no ser por esto, que un cuerpo es algo que se goza”(2).
Aunque la felicidad como estado continuo es un imposible, aún vivimos con un cuerpo que se une a la palabra, cuerpo que presta el escenario no solo para el goce sino también para que el amor de sus señales.
El sufrimiento, placer paradójico al decir de Freud, es el precio a pagar cuando se persigue el más allá del placer: una beatitud silenciosa e inmóvil, una tranquilidad o apaciguamiento de las excitaciones, pero sin cuerpo.
Se trataría de esta paz con la que el neurótico fantasea: “¡lo único que quiero es paz!”, grita en su queja. No hay paz absoluta y perdurable si se conserva la vida, del mismo modo que no hay vida pacífica si uno muere.
De todos los peligros que presenta la vida, las relaciones amorosas ocupan el primer plano. El amor se aúna con la idea de felicidad en la medida en que es pensado como posibilidad de completud.
Es interesante el giro que produce Lacan en el año ´72 respecto a las razones por las cuales la felicidad sin fisuras es un imposible. Comienza a distribuir las posiciones de hombre y mujer de acuerdo a los cuantores que hacen argumento a la función fálica como un todo o un no todo.
Afirma que no hay relación sexual al modo de una complementariedad llave/cerradura. Por esta razón, la inserción del sujeto en el discurso es pensada en torno a la función del falo simbólico. ¿Que hace el sujeto con ese real?, ¿cómo se las arregla con la existencia de una no relación sexual?.
En consonancia con la diferencia irreductible entre masculino y femenino, Lacan dice “la esencia del objeto es fallar”. El fracaso, la contingencia en todo encuentro amoroso pone en juego la estructura en la medida en que si un amor es en serio, reactualiza la castración y hace patente la posibilidad de pérdida.
A falta de relación sexual, hay el amor. Entre el hombre y la mujer hay el a-muro va a decir Lacan. Se trata de se escollo que se interpone entre los dos, el “a” como resto y causa de deseo.
En estas ocasiones en donde el amor o la falta de amor llevaba a la idea de muerte (3), la posición del sujeto respecto a su partenaire aparece en el discurso mismo, pudiendo establecerse dos posturas: la completud es un anhelo y una fantasía; o bien la completud es una certeza que se ubica en el centro de la vida del sujeto.
Al despejar lo fenomenológico del síntoma, adviene en la mayoría de los casos un malestar que puede escribirse como “penas de amor”. Uno pena por amor a los padres, a la pareja, al hijo, al ideal no alcanzado.
La felicidad amorosa en tanto demanda puede pensarse como la búsqueda de una unión sin fallas, una fusión en donde de dos se haría uno.

Ficción y Estructura: El héroe enamorado
Decimos entonces que la felicidad amorosa entendida como una transgresión matemática en donde dos harían uno, si existiese, llevaría a la aniquilación.
En el seminario El acto analítico, Lacan hace alusión a la tragedia y su analogía con la estructura. La tragedia se instala como ficción organizadora de lo simbólico. Ficción novelesca e historia de amor, el Complejo de Edipo plantea la conflictiva fundamental de todo amante: ¿conservación del objeto sexual prohibido o conservación del propio cuerpo?. El sabio de Freud contesta rápidamente que la mayoría de las veces gana el narcisismo y el niño asume su propia castración (como riesgo o hecho consumado) retirándose de la escena.
La mayoría de las veces, no todas.
Veamos cómo define Aristóteles a la tragedia: “Una tragedia, en consecuencia, es la imitación de una acción elevada y también, por tener magnitud, completa en sí misma; enriquecida en el lenguaje, con adornos artísticos adecuados para las
diversas partes de la obra, presentada en forma dramática, no como narración, sino con incidentes que excitan piedad y temor, mediante los cuales realizan la catarsis de tales emociones”(4). Rescato estos puntos: acción elevada y completa, de presentación dramática que figura una catarsis de emociones.
El acto suicida es un acto trágico desprovisto de ficción. En vez de funcionar como historia en donde el sujeto se aloja, en el acto de “darse muerte” el sujeto se sale de la escena. Sabemos que el parletre nunca es dueño de su acto más que retrospectivamente, todo acto encierra un fracaso excepto el acto suicida dirá Lacan. Allí no hay tiempo para la remisión significante que instala al acto (el que sea) como tal.
En su actuación final, el ser hablante se convierte en hablado. Es silenciado y vaciado de toda emoción. Aquel que se mata por amor deviene en héroe enamorado por encarnar su drama y llevarlo hasta las últimas consecuencias. En su acto, el héroe dice que no hay nada más allá de ese objeto de amor, o bien que con el objeto había todo y sin el objeto hay nada.
Respecto al héroe, Lacan dice: “…el héroe, cualquiera de ellos que se embarca solo en el acto, está destinado a ese destino de no ser al fin más que deshecho de su propia empresa”(5). En su prueba de amor, el héroe termina desechado.
Los recursos para “arreglárselas” con las penas de amor dependen entonces de las posibilidades de cada uno. Si se trata de un amor vivo (posibilidad de completud a nivel fantasmático) podemos pensar que hay más chances de que el sujeto pueda sustituir el objeto, tal como sostiene Freud a propósito del duelo normal. En el caso de un amor muerto (6) (certeza de fusión a nivel real), junto con ese objeto esencial que se va, se pierde el sujeto.
Ante la pérdida del objeto amado, objeto fundamental en la vida de alguien, el sujeto puede elegir morir o bien encontrar un drenaje al dolor por medio de la sublimación.
Esta posición “heroica” es descrita por Freud destacando una desacreditación de la muerte en la medida de que nada pulsional lleva a creer en ella (7).
El héroe enamorado no carece de vinculación con la feminidad entendida como posición que se relaciona con un goce místico, infinito e inexistente; goce supremo del ser, dirá Lacan. A este no todo de la feminidad debería anexarse el todofálico de la masculinidad para hacer un balance. Al respecto, Silvia Amigo comenta “…para que su feminidad no sea locura mística, extravío continuo. Como se constata, tan no toda es la feminidad que tampoco puede ser toda feminidad” (8). LA mujer convoca a un goce sin borde que lleva a la desdicha o bien a una entrega definitiva y un viaje sin retorno hacia lo profundo del ser.


Una muerte en el horizonte
"Ninguno de nosotros vive para sí mismo,
 y ninguno para sí mismo muere".
S. Pablo, Epístola a los romanos

En algunos de mis analizantes, se hacía patente una pregunta existencial que no lograba anudarse con el símbolo, o más precisamente con la vida. Se trataba de un dolor a nivel del ser, ser siempre para Otro, esta pregunta proferida al Otro de los cuidados, del amor: ¿Qué me quieres?, ¿puedes perderme?, no obtuvo respuesta.
Lacan indaga acerca de esta pregunta por la existencia “¿que soy ahí?”, en el Otro, pregunta que remite siempre al sexo y su contingencia en el ser, es decir a la procreación y la muerte.
En el Seminario X, Lacan presenta una interesante versión del duelo. Solo se hace el duelo por aquel que nos ha otorgado un lugar en su falta.  Por otra parte, Lacan considera que la erótica no se reduce al acto sexual sino que incluye el duelo y su imposibilidad. El sujeto va a organizar su erótica en torno a este objeto que es el “a”, precisamente por tener este defecto en la estructura el amor es posible. Ante la pérdida de un objeto amado, surgirían las vías del duelo o la locura.
En sus historiales, Freud trabaja el tema de la muerte considerando al suicidio como un síntoma. Se infiere de su letra que alguien intenta matarse para obtener algo a cambio (en el caso de Dora) o bien para liberarse de un sufrimiento insoportable (la joven homosexual). Pensando al suicidio como un pasaje al acto, Lacan teoriza la situación como una caída al mundo. El sujeto pierde su posición y deviene objeto expulsado. Se produce una desvinculación del sujeto con la escena fantasmática y esto genera la sensación de falta de límites. Sin un sostén que enmarque e historice, se hace posible la precipitación, cuyo paradigma es el arrojarse por la ventana.
Allí, el sujeto se abandona, se entrega al mundo. Esto recuerda al sentimiento oceánico descrito por Freud, donde se experimenta la sensación de fusión con el todo.
Hablar de la muerte revela la esencia del goce fálico como bla, bla, bla, se diga lo que se diga, siempre se trata de una verdad recortada.
La muerte en el horizonte no necesariamente es la muerte del sujeto, puede ser la muerte de un nombre que anuda a la vida, a la existencia. Trátese de madre, padre, esposa, esposo, novia, gerente de compras, son nombres que sostienen. Podría decir que se ama este nombre, el sujeto se identifica con él y por este motivo lo hace existir. Ante la pérdida de un nombre con este valor, se revela su doble amarre: por un lado amarra al sujeto con un objeto esencial, y por otro lado amarra al sujeto con la cadena simbólica.
Por suerte o por desgracia, el nombre identifica pero no da una identidad absoluta, esta situación de pérdida es así una gracia a partir de la cual alguien puede nombrarse de otras formas o bien una desgracia que somete a un único y letal destino en donde, sin ese nombre, no hay existencia.
La multiplicidad de nombres posibles, revela que el ser del sujeto posee la mayor ambigüedad, por este motivo Lacan dice “…la pregunta por su existencia baña al sujeto, lo sostiene, lo invade, incluso lo desgarra por todas partes” (9).

Relativizar
Inicialmente la pregunta ¿por que alguien se mata? había despertado mi interés, pero hubo una inversión y un pasaje hacia ¿Por qué alguien no se mata?.
Había omitido la enseñanza de Lacan acerca de lo incalculable respecto al suicidio. Con la pregunta inicial, pretendía hallar una respuesta unívoca. Si bien no se puede generalizar acerca de las causas del suicidio bajo la égida de los conceptos, las vivencias determinadas, criterios estructurales o traumatismos específicos; algo se puede decir.
Se puede decir primeramente que la muerte es un real que inicia la vida. El suicidio no es la muerte (10) en la medida en que involucra siempre una fantasía de desaparición que antecede al acto suicida.
Planificación delirante o no, impulso anónimo o elección forzada, el suicidio revela un intento de escape y liberación de un Otro aplastaste. Otro simbólico defectuoso por carecer de su defecto fundamental: la falta.
Puede decirse que cuando alguien sueña con su desaparición definitiva como gesto último y emancipador, se sumerge en el mayor de los goces.
Lacan sitúa la tendencia suicida rescatando los conceptos freudianos de pulsión de muerte y masoquismo primordial, pero agrega que la muerte es experimentada como “miseria original” que corresponde al traumatismo del nacimiento. Dicha miseria acecha a todo ser humano y puede conducir a esas trampas del destino (11) que llevan a creer en una libertad que uno no posee. Por esto Lacan afirma que la idea de libertad absoluta lleva a la locura, y que el ser no es sin la locura como límite de su libertad. Cuando alguien comete su acto mortal a raíz de la pérdida de un amor podría pensarse que esa locura, ese extravío tenía sus antecedentes. Es común escuchar que la gente se suicida por tener un trastorno bipolar, depresivo, psicótico, etc. Pero los criterios psiquiátricos a veces sirven para preservarnos de una realidad humana de la que nada queremos saber: el ser humano es un loco en potencia.
Desde el momento en que somos hablante-seres, la locura está en germen. En aquellas situaciones donde el amor funciona como suplemento de la falta de relación sexual, también puede haber complicaciones produciéndose un estancamiento del trabajo del duelo, o un giro hacia la locura del ser.
A veces ocurre que los psicoanalistas ponemos especial reparo con las palabras, terminologías a utilizar, por temor a que se malentienda, por temor a ser confundidos con discursos a los que no pertenecemos. Pero algo hay que decir.
Hay que decir que nada obliga a vivir salvo el discurso en la medida en que hace lazo social, esto significa que cualquier persona puede darse muerte desde el momento en que el fantasma de la propia desaparición hace a la constitución misma del sujeto como deseante.
Pero el sujeto no queda en ese momento afanístico, para acceder al deseo precisamente debe encontrar un sentido. Un sentido, el que sea. Un sentido que sostenga, por más inconsistente que sea, hay un sentido que libera de la cárcel afanística en donde uno se ve compelido a preguntarle al otro si puede faltarle.
Esto es una prueba de amor, que puede ser superada o no.
Lacan va a decir que la entrada al juego de los significantes es como muerto pero solo en cuanto vivo se va a poder jugar.
Cuando Lacan sitúa en el caso Shreber su neologismo fundamental, el “asesinato de almas”, lo atribuye a “…un desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto” (12). Habría un sentido mortal que se instala primeramente en la estructura como un exterior que facilita el nacimiento de los símbolos, pero también hay un sentimiento de la vida que reduce el desamparo inaugural al facilitar conexiones con otros, es decir con la realidad.
Para concluir, el analista debe relativizar su pensamiento del mismo modo que el analizante debe relativizar su vida; ya que todo ser hablante tiene el “poder de retener o de inventar” (13).


Anexo
La voz a ti debida - Pedro Salinas
Versos 54 a 90

¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo;
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos, días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.

Notas
1-    J. Lacan. El Seminario VII. La ética del Psicoanálisis. Paidos. Bs. As. 1995.
2-    J. Lacan. El Seminario XX. Aún. Paidos. Bs. As. 1992
3-    Me refiero a los análisis que he conducido. A lo largo del escrito las  observaciones clínicas se limitan a dichos casos.
4-    Aristóteles. La Poética. Versión digital en http: www.uqr.es. Biblioteca Universidad de Granada.
5-    J. Lacan. El Acto Analítico. Inédito. Traducción de Silvia García Espil. Pag.95.
6-    J. Lacan. El seminario III. Las Psicosis. Paidos. Bs. As. 1984.
7-    S. Freud. “De guerra y muerte. Temas de actualidad”. O.C. Amorrortu Editores. T. XIV. Bs. As.1979.
8-    S. Amigo. Clínica de los Fracasos del Fantasma. Homo Sapiens. 1999. Pág. 214.
9-    J. Lacan. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis. Escritos II. Siglo XXI. Bs. As. 2008. Pág. 526.
10-  J. Jinkins. “La Interpretación Psicoanalítica del suicidio”. En Conjetural Revista Psicoanalítica N°10. Ediciones Sitio. Bs. As. Agosto 1986.
11-  J. Lacan. Acerca de la causalidad psíquica. Escritos I. Siglo XXI. Bs. As. 2008.
12-  J. Lacan. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis. Escritos II. Bs. As. 2008. Pág. 534.
13- J. Lacan. Función y campo de la palabra en el lenguaje y en el psicoanálisis. Escritos I. Siglo XXI. Bs. As. 2008. Pág. 258.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Los míos

La firmeza con la que transcurren los días hace más creíble mi vida sin ella.
Es inevitable saber que con su presencia, la vida era otra cosa. Más aún cuando espero que me llame para preguntarme como me va y el teléfono no suena.
No hace mucho que vivo sin ella. En contra de mi voluntad se tuvo que ir y yo siempre quise que mi abuela fuera eterna. Hay momentos en que me olvido y corro a llamarla, pero por más que la llame ella no responde y casi de forma automática tengo que seguir con mis cosas. 
De seguro no le hubiera gustado que yo la llorara demasiado.
No creo que tenga que renunciar a lo que ella me daba cuando estaba conmigo, lo que debo reconocer es que dejó de esperarme con exquisiteces y manos suaves. Ya no dispongo de su envolvente forma de amar y su cálida manera de llenar de optimismo todo lo que en mi vida fuese negativo.
Será que la navidad se acerca con los preparativos que tanto le gustaban. 
Extraño su ansiedad por armar el arbolito de navidad, y terminar haciéndolo antes de la fecha estipulada. Solo porque la amo de esta forma es que los detalles de su persona me vienen, quiera o no, me llegan como guirnaldas de colores en cualquier momento.
En las navidades, ella se ponía rozagante, como una flor en primavera. Con alegría y cierta obstinación, reunía a toda la familia sin importar el espacio, el tiempo y las posibilidades. Cuando surgía algún inconveniente ella se transformaba en una niña caprichosa y decía: “¡yo quiero estar con los míos!”.
Sentada en la mesa acariciaba su mantel nuevo lleno de dibujos de Papá Noel, campanas y bolitas doradas…muchas veces yo me limitaba a contemplar esa felicidad que sus dedos iban pintando en el mantel. Y siempre terminaba por contagiarme la alegría de vivir a pleno, sonriendo hasta el final.
Grabada en mi memoria, con tintas indelebles, quedo la dulzura con la que nos separaba del resto de los mortales por la sencilla razón de que éramos de ella, su familia, los suyos.
Por mi parte, siempre tuve que aclarar que ella no era “una abuela” como la de todos, era mi adorada abuela. Es una distinción fundamental, porque aunque se haya ido, ella siempre va a ser mía.


martes, 4 de noviembre de 2014

Los bloqueos y las redes sociales

Si hay algo que caracteriza a nuestra época es el individualismo. Cada quién intenta preservar su lugar muchas veces a cualquier precio. Más allá de una visión sociológica, cualquier disciplina humanística se ve interrogada por las presentaciones actuales del lazo social.
Tal como lo muestra el origen de Facebook, su creador se inspiró en sus dificultades para establecer lazos con los otros. El vínculo por internet resultaba más liviano y por ende más relajado que un encuentro cara a cara.
Los lazos se encuentran entorpecidos y en este punto es que las redes sociales cumplen un papel primordial en la actualidad. Asimismo, el Whatsapp invita a comunicarse rápida y gratuitamente. La velocidad con la que llegan los mensajes es tal que puede generar cierta confusión: con la misma rapidez se pueden establecer o disolver relaciones.
Facebook, Twitter son construcciones sociales por haber nacido a partir de condiciones de época de las cuales no podemos estar exentos. De la mano de las redes sociales, cuestiones privadas se hacen públicas para un grupo anónimo y universal. Simultáneamente, cuestiones universales se divulgan en las redes generando identificaciones constantes que no carecen de utilidad para ciertas marcas e industrias que se promocionan de forma masiva.
Por otro lado, un mensaje de texto es tomado como un hecho, del mismo modo en que el bloqueo de una persona en Facebook genera la ilusión de que esa persona desaparece. Claramente es un engaño, ya que fácilmente puede acceder al perfil prohibido mediante cualquier otra cuenta. Asimismo, un mensaje de texto no es un hecho a menos que alguien lo signifique de ese modo. Los modos actuales de comunicación suelen utilizarse como excusa para evadir situaciones de compromiso: “¿no te llego mi mensaje?”, “te mandé un whatsapp pero está caída la red”.
Es interesante pensar los límites de la virtualidad y la realidad. Recientemente se difundió una noticia en donde una mujer había matado a su pareja por que otra mujer le había “dado un toque” por el Facebook. Por más feo que suene, el único toque válido es aquel que se produce en la realidad y de ningún modo se justifica el exterminio del otro.
Esta situación revela cierto peligro cuando los límites entre lo virtual y lo real se difuminan. Por otra parte, existe una intención social de borrar al otro si se presenta como amenazante. El bloqueo como una de las funciones que tiene Facebook es el reflejo de un afán social mucho más preocupante, tal como la violencia lo demuestra.
Bloquear al otro por una tontería, refleja nuestra dificultad para soportar lo que nos resulta desagradable. Si bien lo diferente siempre fue difícil de tolerar, en nuestra época predominan las conductas renegatorias. Ante cualquier estímulo que recuerde la falta fundamental que habita a todo ser humano, surgen reacciones defensivas que en mayor o menor medida, tienen consecuencias.
La ciencia y los avances tecnológicos han brindado valiosos productos a las sociedades, pero para poder disfrutarlos es preciso estar advertidos de que estos objetos creados por la ciencia son medios y no fines.



Asumir lo imposible


No voy a sumar los años que pasé luchando con mis propios pensamientos. Los años pasaron y jamás volveré a creer que el tiempo lo cura todo.
Esta no es una historia de amor, sino un relato de cómo hice para asumir lo imposible. Es lindo creer que no hay nada imposible, sobre todo en el amor. Pero la verdad es que también en el amor lo imposible labra su ruta.
Tengo una vinculación especial con las cosas difíciles, pero fui evolucionando y ya no me empecino en transformar las imposibilidades ajenas. Bastante tengo con mis propios impedimentos como para tener que asesorar a mi amado.
El problema es que mi amado no quiere ser mi amado. Decirlo de esta forma hace que duela menos, lo digo de forma casi infantil para incorporarlo a mi vida de la manera más humorística. Además, yo lo amaba desde siempre y eso no aseguró ninguna correspondencia. Esa reciprocidad solo existía en mi imaginación.
Amarlo así me dio muchos frutos que sí puedo contabilizar, claro que no pude compartirlos con él. Este amor me hizo producir de todo pero jamás me dio seguridades de ningún tipo, todo lo contrario: amarlo siempre fue una montaña rusa sin un operador que controle la velocidad y el tiempo.
Yo no quería aceptar que mi gran amor, a ver…dueño de mis fantasías más extravagantes, centinela de mis sueños, garante de mi libertad, no quisiera estar conmigo. Mirándolo en perspectiva, entiendo por qué no quería resignar la esperanza de tenerlo junto a mí: él tenía el poder de inspirarme.
Llegó un punto en donde negar la realidad era inútil y me vi obligada a abandonar toda intención de estar con él. Traté de encontrar las causas por las cuales cometí esta equivocación de creer que un imposible era posible, pero solo obtuve unas pocas ideas indemostrables.
Luego de las hipótesis pobres surgieron las conclusiones igualmente insuficientes: nosotros no estamos juntos porque nunca estuvimos juntos, solo fuimos una despedida interminable.
No me siento culpable, tengo en claro que yo podía y él no.
Sea como sea, por fin logré familiarizarme con la idea que todos me trataban de inculcar, ellos querían que yo me convenciera de que Gabriel no es para mí.
Todavía me parece tonto creer que no es para mí cuando sé que si lo es, mejor diría que él no me merece. No merece una mujer como yo porque no sabe ser feliz, prefiere complicarse la vida para pasarla mal.
Yo funciono diferente, pasarla mal no es un buen plan. No estoy acostumbrada a tratar con gente que toma y deja a las personas como si fueran cosas, mis padres me han educado para amar pero también para ser amada.
Cuando creí que este amor era algo posible, lo viví como un verdadero descubrimiento. Sin embargo, él no creyó ni descubrió nada. Cuando la evidencia le aplastaba la cara, se fue.
Quiero aclarar que no me abandonó, simplemente se fue de la escena del mismo modo en que entró: intempestivamente.
Podría recurrir a la psicología para explicar cómo en las neurosis obsesivas coexisten dos corrientes de pensamiento contrapuestas, pero en este caso no hay nada que explicar. Se fue porque no me quiere, y este desamor no es algo agradable pero tampoco es una tragedia. Darme cuenta de esto fue lo que me permitió salir de la encrucijada en la que estaba.
Pero para poder asumir lo imposible tuve que conectar todo: él no me quiere porque yo podría hacerlo feliz, entonces no me merece.
Si no me merece, yo tampoco lo quiero, porque yo necesito una persona que sepa hacer algo con lo mejor de mí.
Hasta el día de hoy creo que es una lástima, porque mi amor era auténtico y me hacía pensar que si estábamos juntos seríamos mejores personas que si estábamos separados. Pero eso, también es indemostrable.
Tal vez me quiere, pero su querer es impotente. Me quiere enmarcada en un cuadrito que su mujer contempla sin saber que soy yo, me prefiere dentro de un sobre que guarda en un cajón bajo llave. Si me ama como dijo, me ama sin boca, ni oído, ni mirada. Me ama telepáticamente.
Nada de su forma de amar tiene utilidad para mí.
Sin embargo, cada tanto me olvido que no me merece, y vuelvo a preguntarme: ¿en serio no me quiere?. La seriedad en el amor es lo único que cuenta, y si Gabriel me quiere no me quiere en serio, de eso no cabe duda.
Después de todo, amar con seriedad es asumir lo imposible para construir posibilidades.






jueves, 4 de septiembre de 2014

¿Por qué no nos olvidamos?


Freud en Interpretación de los sueños decía que nuestro psiquismo funciona de acuerdo a una serie de procesos. Los estímulos del mundo exterior ingresan al aparato psíquico por el polo perceptivo, algo de ese material nuevo se inscribe en la memoria y luego se produce una descarga en el polo motor. Como toda teoría, ésta revela una forma ideal.
El problema humano consiste en que los estímulos dejan marcas, y esas marcas no son la copia fiel de lo percibido. Muchas veces se busca registrar un suceso en forma íntegra y racional, o bien se pretende borrar las marcas que un episodio ha dejado. Pero nuestro sistema de conocimiento no está hecho de esa manera, ya que en toda vivencia acecha lo que en psicoanálisis se llama “el sujeto del inconsciente”, se trata de un pensador que suele recordar más allá de la voluntad que uno tenga por olvidar.
Este sujeto se forma en base las primeras marcas que han quedado en la memoria, el germen del sujeto esta hecho de restos, pedazos de realidad que se interpretan de manera singular y se registran en lo inconsciente.
No hay muchas formas de registro, lamentablemente. Solo tenemos la palabra y la imagen. Es una función de la psiquis, la de registrar al menos algo de lo que vivimos.
Como la realidad es tan compleja, solo nos podemos conformar con recuerdos fragmentarios pero siempre significativos. Y no solo eso, todo lo que podemos percibir, se inscribe de forma múltiple en distintos sistemas que funcionan de acuerdo a leyes diferentes.
Por esta razón, lo que recordamos conscientemente y con facilidad, difiere de lo que recordamos mediante un análisis. Los recuerdos inconscientes que se vuelven accesibles en un trabajo de análisis suelen ser sorpresivos. Se trata de cosas que pensamos olvidadas o bien inexistentes.
Otro dilema, que depende de esta división interna característica de nuestro psiquismo, tiene que ver con el terreno en que el ser humano se desenvuelve: la paradoja.
Lo que es positivo para un sistema (por ejemplo lo inconsciente) es negativo para el otro (la consciencia). Entonces las frases del tipo “quiero pero no puedo”, “si pero no”, “por un lado sé que es lo mejor pero por el otro sé que no me conviene”, “esto me hace mal pero no puedo dejar de hacerlo”, “sé que ya no está pero para mí sigue estando”. El listado de ejemplos es muy amplio y probablemente no tenga fin.
Cualquier persona podría detectar sin mucho esfuerzo algunas contradicciones: entre contenidos de una misma idea, entre una idea y otra idea, o entre una idea y un acto. Es muy común entonces, querer olvidar lo inolvidable.
En el caso de nuestro pobre aparato psíquico, querer olvidar algo importante para el sujeto no solo que es imposible, si no que está prohibido. Por eso cuando nos empecinamos en olvidar algo relevante, eso retorna con más fuerza. Es la tan conocida postura de “aquí no ha pasado nada”. Cuanto más nos esforzamos en borrar las huellas, más chiquero hacemos. Tiene lógica.
Hay cosas en la vida que no se pueden eludir, y el ser humano no es tan valiente como parece. Digamos que la valentía de la humanidad se presenta solo en algunas ocasiones. En aquellos momentos de los descubrimientos científicos y técnicos, en el exterminio del otro diferente, y por supuesto, cuando alguien toma una decisión importante.
El resto del tiempo, somos más bien cobardes o por lo menos miedosos. Ante la mínima angustia, emprendemos la retirada. Ante la más débil insinuación de lo novedoso, nos protegemos. Cuando surgen las contradicciones, por lo general cuesta decidirse por la opción correcta, uno prefiere la salida más cómoda y segura.
Pero esa hermosa comodidad que creemos encontrar deja de aliviarnos cuando el sujeto vuelve con sus requerimientos, es decir, con el recuerdo. ¿Como saber lo que es correcto?. Una pista: la salida más cómoda no suele ser la indicada. Lo correcto es hacer lo que uno desea desde el lugar de sujeto, esto es, lo que quiere verdaderamente.
Por la forma en que estamos hechos, a ese deseo hay que descubrirlo. Hacer lo que uno quiere verdaderamente es un acto de valentía porque siempre implica recordar lo que no queremos recordar, reconocer lo que no quisiéramos reconocer, y sobre todo, prescindir del resguardo que los otros brindan (estos otros pueden ser personas o ideales).
El olvido es algo soñado, anhelado y hasta perseguido desesperadamente. ¿Por qué no nos olvidamos?, la pregunta sería otra: ¿por que queremos olvidar algo que forma parte de nuestra historia y la determina?.
Mi querido Freud había dicho que el auténtico placer sobrevenía cuando uno dejaba de repetir fragmentos olvidados de su vida. Y para dejar de repetir el secreto era recordar. Solo así sería posible alcanzar el tan ansiado olvido. ¿Por qué no nos olvidamos?, por que no recordamos.
Pero hay decirlo, no basta con recordar eso que se repite, hay que hacer algo con ese recuerdo. El sujeto sabrá decidir que debe hacer con lo que ha recordado, encontrará la manera de transformar ese recuerdo si trabaja para eso.





jueves, 7 de agosto de 2014

Son cosas que pasan


En el silencio de esta amplia habitación, cada sonido se torna estridente.
A través de la gigantesca puerta de madera los rayos del día van generando oscuridades e iluminaciones repentinas. Es una luz regulada por la naturaleza.
Mi naturaleza es exagerar todo con este marcado sentimiento de conexión con el mundo. Varias veces tuve que escuchar que yo era muy sensible, que percibía lo que los demás no podían ver.
Estoy acostumbrado a ser la piedrita negra en el frasco de piedras blancas, ese tipo que se destaca por andar denunciando todo aquello que está mal. Nunca voy a entender porque los demás no dicen nada, ante la injusticia, el error, la falta de respeto…¿será una cuestión cultural de este país? ¿es correcto silenciar lo que debe ser dicho?.
Anyway, siempre quise ser una piedra como las otras, de esas que pasan desapercibidas porque forman parte del conjunto de piedras del mismo color. No estoy conforme con mi picante forma de ser, la comida muy condimentada no es elegida por todo el mundo.
Pero vayamos a lo importante. Siempre soñé con una vida feliz al lado de mi amada, por algo me fue necesario soñar que estaba con ella, viajando en un tren hacia un bellísimo lugar, mientras la lluvia acariciaba las ventanillas. También soñaba que ella me amaba así de imperfecto como soy, así de hipersensible, así de diferente, así de profundo.
Estando en esta habitación solo, pensar en ella es inevitable. El mundo se detiene, ya no habito ninguna historia, simplemente estoy con Mariela mientras ella está conmigo. Y ahora, no creo que exista nada más importante que la sensación de estar besándola, que quedó grabada en mis labios como un tatuaje cenestésico.
A veces la extraño tanto que necesito rezar, pedirle a Dios que me libere de la nostalgia. Ella siempre estuvo en otro lado, lejana e inaccesible. Termino pensando que por más que lo quiera con todas mis fuerzas, estar juntos implicaría una transformación. Es decir, yo me volvería una piedra blanca en el frasquito de la mesa de luz de alguien, dejaría de extrañarla y tendría una relación de pareja común y corriente.
Siempre dando la nota con estos padecimientos del corazón…desde la escuela primaria. Aunque la terapia, las terapias, me ayudaron a tolerar mejor, ninguna pudo salvarme de este fatídico modo de sentir el amor.
Solo me consuela imaginar que si por fin, ella me quisiera como yo la quiero, y si al fin pudiéramos vivir juntos, dejaría de estar inspirado. O tal vez no, porque si ella estuviera al lado mío dejaría de perder el tiempo pensando y me convertiría en un artista. 



Mi primer libro!

  Comprar libro  La dirección de la cura Envíos al interior de Argentina y al exterior.