Es inevitable saber que con su presencia, la
vida era otra cosa. Más aún cuando espero que me llame para preguntarme como me
va y el teléfono no suena.
No hace mucho que vivo sin ella. En contra de
mi voluntad se tuvo que ir y yo siempre quise que mi abuela fuera eterna. Hay
momentos en que me olvido y corro a llamarla, pero por más que la llame ella no
responde y casi de forma automática tengo que seguir con mis cosas.
De seguro no le hubiera gustado que yo la llorara demasiado.
De seguro no le hubiera gustado que yo la llorara demasiado.
No creo que tenga que renunciar a lo que ella
me daba cuando estaba conmigo, lo que debo reconocer es que dejó de
esperarme con exquisiteces y manos suaves. Ya no dispongo de su envolvente
forma de amar y su cálida manera de llenar de optimismo todo lo que en mi vida
fuese negativo.
Será que la navidad se acerca con los
preparativos que tanto le gustaban.
Extraño su ansiedad por armar el arbolito de
navidad, y terminar haciéndolo antes de la fecha estipulada. Solo porque la amo
de esta forma es que los detalles de su persona me vienen, quiera o no, me
llegan como guirnaldas de colores en cualquier momento.
En las navidades, ella se ponía rozagante,
como una flor en primavera. Con alegría y cierta obstinación, reunía a toda
la familia sin importar el espacio, el tiempo y las posibilidades. Cuando surgía
algún inconveniente ella se transformaba en una niña caprichosa y decía: “¡yo
quiero estar con los míos!”.
Sentada en la mesa acariciaba su mantel nuevo
lleno de dibujos de Papá Noel, campanas y bolitas doradas…muchas veces yo me
limitaba a contemplar esa felicidad que sus dedos iban pintando en el mantel. Y
siempre terminaba por contagiarme la alegría de vivir a pleno, sonriendo
hasta el final.
Grabada en mi memoria, con tintas indelebles,
quedo la dulzura con la que nos separaba del resto de los mortales por la
sencilla razón de que éramos de ella, su familia, los suyos.
Por mi parte, siempre tuve que aclarar que
ella no era “una abuela” como la de todos, era mi adorada abuela. Es una distinción
fundamental, porque aunque se haya ido, ella siempre va a ser mía.

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