Tenía el patio lleno de flores que parecían de juguete. Cada vez que
la visitaba, nos sentábamos debajo de la enredadera para charlar.
Siempre pensé que era maravilloso que ella pudiera hacer su propia
ropa, y claro, también me hacía ropa a mí.
Desde muy pequeña, admiraba esa transformación mágica que se producía
en varias etapas. Desde que me mostraba la tela extendiéndola sobre la mesa y
acariciándola suavemente, hasta que la obra descansaba muy prolija en alguna de
las perchas de madera.
¡De cuantos trozos de tela, ella hizo preciosos vestidos!
Aún conservo la sensación de alegría que me causaba abrir los cajones
de su máquina de coser, llenos de hilos de colores, botones, dedales y
artefactos de metal.
De vez en cuando, me invitaba dulcemente a sentarme a su lado. Mientras
ella cosía yo jugaba con los retazos de tela. Pero lo interesante era escuchar
cómo iba comentando los pasos que hay que seguir, uno por uno, con voz
tranquila y paciente. Tal como decía, “para coser hay que ser paciente, y el
nudo final es importantísimo. Hay que hacerlo bien así no se descose”.
Entre moldes de papel sobre telas de bellos colores se pasaban las tardes,
que siempre incluían una exquisita merienda de café con leche y masitas con
forma de animales.
A veces me hacía practicar hilvanando alguna prenda, y yo siempre le
preguntaba lo mismo: “Abue, ¿porque tengo
que hilvanar si después este hilo se saca?”. Y ella volvía a decirme entre
risas “el hilván es lo que te guía cuando tenes que coser con la máquina
evitando que la tela se mueva”.
Quién iba a decir en aquel entonces que yo guardaría esas palabras con
tanto cariño...
Por las tardes ella retorna a mí como una foto mental perfecta y de
gran tamaño, en donde la luz del día le ilumina la sonrisa y hace de sus ojos
celestes el espejo de mi amor.
Es que ella me enseñó que hay que tomar la vida como si fuese una tela
de máxima calidad, y hacer con ella un hermoso vestido.

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