sábado, 15 de noviembre de 2014

Los míos

La firmeza con la que transcurren los días hace más creíble mi vida sin ella.
Es inevitable saber que con su presencia, la vida era otra cosa. Más aún cuando espero que me llame para preguntarme como me va y el teléfono no suena.
No hace mucho que vivo sin ella. En contra de mi voluntad se tuvo que ir y yo siempre quise que mi abuela fuera eterna. Hay momentos en que me olvido y corro a llamarla, pero por más que la llame ella no responde y casi de forma automática tengo que seguir con mis cosas. 
De seguro no le hubiera gustado que yo la llorara demasiado.
No creo que tenga que renunciar a lo que ella me daba cuando estaba conmigo, lo que debo reconocer es que dejó de esperarme con exquisiteces y manos suaves. Ya no dispongo de su envolvente forma de amar y su cálida manera de llenar de optimismo todo lo que en mi vida fuese negativo.
Será que la navidad se acerca con los preparativos que tanto le gustaban. 
Extraño su ansiedad por armar el arbolito de navidad, y terminar haciéndolo antes de la fecha estipulada. Solo porque la amo de esta forma es que los detalles de su persona me vienen, quiera o no, me llegan como guirnaldas de colores en cualquier momento.
En las navidades, ella se ponía rozagante, como una flor en primavera. Con alegría y cierta obstinación, reunía a toda la familia sin importar el espacio, el tiempo y las posibilidades. Cuando surgía algún inconveniente ella se transformaba en una niña caprichosa y decía: “¡yo quiero estar con los míos!”.
Sentada en la mesa acariciaba su mantel nuevo lleno de dibujos de Papá Noel, campanas y bolitas doradas…muchas veces yo me limitaba a contemplar esa felicidad que sus dedos iban pintando en el mantel. Y siempre terminaba por contagiarme la alegría de vivir a pleno, sonriendo hasta el final.
Grabada en mi memoria, con tintas indelebles, quedo la dulzura con la que nos separaba del resto de los mortales por la sencilla razón de que éramos de ella, su familia, los suyos.
Por mi parte, siempre tuve que aclarar que ella no era “una abuela” como la de todos, era mi adorada abuela. Es una distinción fundamental, porque aunque se haya ido, ella siempre va a ser mía.


martes, 4 de noviembre de 2014

Los bloqueos y las redes sociales

Si hay algo que caracteriza a nuestra época es el individualismo. Cada quién intenta preservar su lugar muchas veces a cualquier precio. Más allá de una visión sociológica, cualquier disciplina humanística se ve interrogada por las presentaciones actuales del lazo social.
Tal como lo muestra el origen de Facebook, su creador se inspiró en sus dificultades para establecer lazos con los otros. El vínculo por internet resultaba más liviano y por ende más relajado que un encuentro cara a cara.
Los lazos se encuentran entorpecidos y en este punto es que las redes sociales cumplen un papel primordial en la actualidad. Asimismo, el Whatsapp invita a comunicarse rápida y gratuitamente. La velocidad con la que llegan los mensajes es tal que puede generar cierta confusión: con la misma rapidez se pueden establecer o disolver relaciones.
Facebook, Twitter son construcciones sociales por haber nacido a partir de condiciones de época de las cuales no podemos estar exentos. De la mano de las redes sociales, cuestiones privadas se hacen públicas para un grupo anónimo y universal. Simultáneamente, cuestiones universales se divulgan en las redes generando identificaciones constantes que no carecen de utilidad para ciertas marcas e industrias que se promocionan de forma masiva.
Por otro lado, un mensaje de texto es tomado como un hecho, del mismo modo en que el bloqueo de una persona en Facebook genera la ilusión de que esa persona desaparece. Claramente es un engaño, ya que fácilmente puede acceder al perfil prohibido mediante cualquier otra cuenta. Asimismo, un mensaje de texto no es un hecho a menos que alguien lo signifique de ese modo. Los modos actuales de comunicación suelen utilizarse como excusa para evadir situaciones de compromiso: “¿no te llego mi mensaje?”, “te mandé un whatsapp pero está caída la red”.
Es interesante pensar los límites de la virtualidad y la realidad. Recientemente se difundió una noticia en donde una mujer había matado a su pareja por que otra mujer le había “dado un toque” por el Facebook. Por más feo que suene, el único toque válido es aquel que se produce en la realidad y de ningún modo se justifica el exterminio del otro.
Esta situación revela cierto peligro cuando los límites entre lo virtual y lo real se difuminan. Por otra parte, existe una intención social de borrar al otro si se presenta como amenazante. El bloqueo como una de las funciones que tiene Facebook es el reflejo de un afán social mucho más preocupante, tal como la violencia lo demuestra.
Bloquear al otro por una tontería, refleja nuestra dificultad para soportar lo que nos resulta desagradable. Si bien lo diferente siempre fue difícil de tolerar, en nuestra época predominan las conductas renegatorias. Ante cualquier estímulo que recuerde la falta fundamental que habita a todo ser humano, surgen reacciones defensivas que en mayor o menor medida, tienen consecuencias.
La ciencia y los avances tecnológicos han brindado valiosos productos a las sociedades, pero para poder disfrutarlos es preciso estar advertidos de que estos objetos creados por la ciencia son medios y no fines.



Asumir lo imposible


No voy a sumar los años que pasé luchando con mis propios pensamientos. Los años pasaron y jamás volveré a creer que el tiempo lo cura todo.
Esta no es una historia de amor, sino un relato de cómo hice para asumir lo imposible. Es lindo creer que no hay nada imposible, sobre todo en el amor. Pero la verdad es que también en el amor lo imposible labra su ruta.
Tengo una vinculación especial con las cosas difíciles, pero fui evolucionando y ya no me empecino en transformar las imposibilidades ajenas. Bastante tengo con mis propios impedimentos como para tener que asesorar a mi amado.
El problema es que mi amado no quiere ser mi amado. Decirlo de esta forma hace que duela menos, lo digo de forma casi infantil para incorporarlo a mi vida de la manera más humorística. Además, yo lo amaba desde siempre y eso no aseguró ninguna correspondencia. Esa reciprocidad solo existía en mi imaginación.
Amarlo así me dio muchos frutos que sí puedo contabilizar, claro que no pude compartirlos con él. Este amor me hizo producir de todo pero jamás me dio seguridades de ningún tipo, todo lo contrario: amarlo siempre fue una montaña rusa sin un operador que controle la velocidad y el tiempo.
Yo no quería aceptar que mi gran amor, a ver…dueño de mis fantasías más extravagantes, centinela de mis sueños, garante de mi libertad, no quisiera estar conmigo. Mirándolo en perspectiva, entiendo por qué no quería resignar la esperanza de tenerlo junto a mí: él tenía el poder de inspirarme.
Llegó un punto en donde negar la realidad era inútil y me vi obligada a abandonar toda intención de estar con él. Traté de encontrar las causas por las cuales cometí esta equivocación de creer que un imposible era posible, pero solo obtuve unas pocas ideas indemostrables.
Luego de las hipótesis pobres surgieron las conclusiones igualmente insuficientes: nosotros no estamos juntos porque nunca estuvimos juntos, solo fuimos una despedida interminable.
No me siento culpable, tengo en claro que yo podía y él no.
Sea como sea, por fin logré familiarizarme con la idea que todos me trataban de inculcar, ellos querían que yo me convenciera de que Gabriel no es para mí.
Todavía me parece tonto creer que no es para mí cuando sé que si lo es, mejor diría que él no me merece. No merece una mujer como yo porque no sabe ser feliz, prefiere complicarse la vida para pasarla mal.
Yo funciono diferente, pasarla mal no es un buen plan. No estoy acostumbrada a tratar con gente que toma y deja a las personas como si fueran cosas, mis padres me han educado para amar pero también para ser amada.
Cuando creí que este amor era algo posible, lo viví como un verdadero descubrimiento. Sin embargo, él no creyó ni descubrió nada. Cuando la evidencia le aplastaba la cara, se fue.
Quiero aclarar que no me abandonó, simplemente se fue de la escena del mismo modo en que entró: intempestivamente.
Podría recurrir a la psicología para explicar cómo en las neurosis obsesivas coexisten dos corrientes de pensamiento contrapuestas, pero en este caso no hay nada que explicar. Se fue porque no me quiere, y este desamor no es algo agradable pero tampoco es una tragedia. Darme cuenta de esto fue lo que me permitió salir de la encrucijada en la que estaba.
Pero para poder asumir lo imposible tuve que conectar todo: él no me quiere porque yo podría hacerlo feliz, entonces no me merece.
Si no me merece, yo tampoco lo quiero, porque yo necesito una persona que sepa hacer algo con lo mejor de mí.
Hasta el día de hoy creo que es una lástima, porque mi amor era auténtico y me hacía pensar que si estábamos juntos seríamos mejores personas que si estábamos separados. Pero eso, también es indemostrable.
Tal vez me quiere, pero su querer es impotente. Me quiere enmarcada en un cuadrito que su mujer contempla sin saber que soy yo, me prefiere dentro de un sobre que guarda en un cajón bajo llave. Si me ama como dijo, me ama sin boca, ni oído, ni mirada. Me ama telepáticamente.
Nada de su forma de amar tiene utilidad para mí.
Sin embargo, cada tanto me olvido que no me merece, y vuelvo a preguntarme: ¿en serio no me quiere?. La seriedad en el amor es lo único que cuenta, y si Gabriel me quiere no me quiere en serio, de eso no cabe duda.
Después de todo, amar con seriedad es asumir lo imposible para construir posibilidades.






jueves, 4 de septiembre de 2014

¿Por qué no nos olvidamos?


Freud en Interpretación de los sueños decía que nuestro psiquismo funciona de acuerdo a una serie de procesos. Los estímulos del mundo exterior ingresan al aparato psíquico por el polo perceptivo, algo de ese material nuevo se inscribe en la memoria y luego se produce una descarga en el polo motor. Como toda teoría, ésta revela una forma ideal.
El problema humano consiste en que los estímulos dejan marcas, y esas marcas no son la copia fiel de lo percibido. Muchas veces se busca registrar un suceso en forma íntegra y racional, o bien se pretende borrar las marcas que un episodio ha dejado. Pero nuestro sistema de conocimiento no está hecho de esa manera, ya que en toda vivencia acecha lo que en psicoanálisis se llama “el sujeto del inconsciente”, se trata de un pensador que suele recordar más allá de la voluntad que uno tenga por olvidar.
Este sujeto se forma en base las primeras marcas que han quedado en la memoria, el germen del sujeto esta hecho de restos, pedazos de realidad que se interpretan de manera singular y se registran en lo inconsciente.
No hay muchas formas de registro, lamentablemente. Solo tenemos la palabra y la imagen. Es una función de la psiquis, la de registrar al menos algo de lo que vivimos.
Como la realidad es tan compleja, solo nos podemos conformar con recuerdos fragmentarios pero siempre significativos. Y no solo eso, todo lo que podemos percibir, se inscribe de forma múltiple en distintos sistemas que funcionan de acuerdo a leyes diferentes.
Por esta razón, lo que recordamos conscientemente y con facilidad, difiere de lo que recordamos mediante un análisis. Los recuerdos inconscientes que se vuelven accesibles en un trabajo de análisis suelen ser sorpresivos. Se trata de cosas que pensamos olvidadas o bien inexistentes.
Otro dilema, que depende de esta división interna característica de nuestro psiquismo, tiene que ver con el terreno en que el ser humano se desenvuelve: la paradoja.
Lo que es positivo para un sistema (por ejemplo lo inconsciente) es negativo para el otro (la consciencia). Entonces las frases del tipo “quiero pero no puedo”, “si pero no”, “por un lado sé que es lo mejor pero por el otro sé que no me conviene”, “esto me hace mal pero no puedo dejar de hacerlo”, “sé que ya no está pero para mí sigue estando”. El listado de ejemplos es muy amplio y probablemente no tenga fin.
Cualquier persona podría detectar sin mucho esfuerzo algunas contradicciones: entre contenidos de una misma idea, entre una idea y otra idea, o entre una idea y un acto. Es muy común entonces, querer olvidar lo inolvidable.
En el caso de nuestro pobre aparato psíquico, querer olvidar algo importante para el sujeto no solo que es imposible, si no que está prohibido. Por eso cuando nos empecinamos en olvidar algo relevante, eso retorna con más fuerza. Es la tan conocida postura de “aquí no ha pasado nada”. Cuanto más nos esforzamos en borrar las huellas, más chiquero hacemos. Tiene lógica.
Hay cosas en la vida que no se pueden eludir, y el ser humano no es tan valiente como parece. Digamos que la valentía de la humanidad se presenta solo en algunas ocasiones. En aquellos momentos de los descubrimientos científicos y técnicos, en el exterminio del otro diferente, y por supuesto, cuando alguien toma una decisión importante.
El resto del tiempo, somos más bien cobardes o por lo menos miedosos. Ante la mínima angustia, emprendemos la retirada. Ante la más débil insinuación de lo novedoso, nos protegemos. Cuando surgen las contradicciones, por lo general cuesta decidirse por la opción correcta, uno prefiere la salida más cómoda y segura.
Pero esa hermosa comodidad que creemos encontrar deja de aliviarnos cuando el sujeto vuelve con sus requerimientos, es decir, con el recuerdo. ¿Como saber lo que es correcto?. Una pista: la salida más cómoda no suele ser la indicada. Lo correcto es hacer lo que uno desea desde el lugar de sujeto, esto es, lo que quiere verdaderamente.
Por la forma en que estamos hechos, a ese deseo hay que descubrirlo. Hacer lo que uno quiere verdaderamente es un acto de valentía porque siempre implica recordar lo que no queremos recordar, reconocer lo que no quisiéramos reconocer, y sobre todo, prescindir del resguardo que los otros brindan (estos otros pueden ser personas o ideales).
El olvido es algo soñado, anhelado y hasta perseguido desesperadamente. ¿Por qué no nos olvidamos?, la pregunta sería otra: ¿por que queremos olvidar algo que forma parte de nuestra historia y la determina?.
Mi querido Freud había dicho que el auténtico placer sobrevenía cuando uno dejaba de repetir fragmentos olvidados de su vida. Y para dejar de repetir el secreto era recordar. Solo así sería posible alcanzar el tan ansiado olvido. ¿Por qué no nos olvidamos?, por que no recordamos.
Pero hay decirlo, no basta con recordar eso que se repite, hay que hacer algo con ese recuerdo. El sujeto sabrá decidir que debe hacer con lo que ha recordado, encontrará la manera de transformar ese recuerdo si trabaja para eso.





jueves, 7 de agosto de 2014

Son cosas que pasan


En el silencio de esta amplia habitación, cada sonido se torna estridente.
A través de la gigantesca puerta de madera los rayos del día van generando oscuridades e iluminaciones repentinas. Es una luz regulada por la naturaleza.
Mi naturaleza es exagerar todo con este marcado sentimiento de conexión con el mundo. Varias veces tuve que escuchar que yo era muy sensible, que percibía lo que los demás no podían ver.
Estoy acostumbrado a ser la piedrita negra en el frasco de piedras blancas, ese tipo que se destaca por andar denunciando todo aquello que está mal. Nunca voy a entender porque los demás no dicen nada, ante la injusticia, el error, la falta de respeto…¿será una cuestión cultural de este país? ¿es correcto silenciar lo que debe ser dicho?.
Anyway, siempre quise ser una piedra como las otras, de esas que pasan desapercibidas porque forman parte del conjunto de piedras del mismo color. No estoy conforme con mi picante forma de ser, la comida muy condimentada no es elegida por todo el mundo.
Pero vayamos a lo importante. Siempre soñé con una vida feliz al lado de mi amada, por algo me fue necesario soñar que estaba con ella, viajando en un tren hacia un bellísimo lugar, mientras la lluvia acariciaba las ventanillas. También soñaba que ella me amaba así de imperfecto como soy, así de hipersensible, así de diferente, así de profundo.
Estando en esta habitación solo, pensar en ella es inevitable. El mundo se detiene, ya no habito ninguna historia, simplemente estoy con Mariela mientras ella está conmigo. Y ahora, no creo que exista nada más importante que la sensación de estar besándola, que quedó grabada en mis labios como un tatuaje cenestésico.
A veces la extraño tanto que necesito rezar, pedirle a Dios que me libere de la nostalgia. Ella siempre estuvo en otro lado, lejana e inaccesible. Termino pensando que por más que lo quiera con todas mis fuerzas, estar juntos implicaría una transformación. Es decir, yo me volvería una piedra blanca en el frasquito de la mesa de luz de alguien, dejaría de extrañarla y tendría una relación de pareja común y corriente.
Siempre dando la nota con estos padecimientos del corazón…desde la escuela primaria. Aunque la terapia, las terapias, me ayudaron a tolerar mejor, ninguna pudo salvarme de este fatídico modo de sentir el amor.
Solo me consuela imaginar que si por fin, ella me quisiera como yo la quiero, y si al fin pudiéramos vivir juntos, dejaría de estar inspirado. O tal vez no, porque si ella estuviera al lado mío dejaría de perder el tiempo pensando y me convertiría en un artista. 



sábado, 26 de julio de 2014

El amor según Cortázar

UNA CARTA DE AMOR
Julio Cortázar

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.

martes, 3 de junio de 2014

"La princesa está triste...y no come"

Artículo para la Revista Salud y Trabajo



La princesa está triste…y no come

Paula F. Lucero. Psicóloga Psicoanalista – 5409

 “¡Pobrecita princesa de los ojos azules! 

Está presa en sus oros, está presa en sus tules, 
en la jaula de mármol del palacio real”. Rubén Darío


Nuestra época se caracteriza por el permanente surgimiento de lo nuevo. Vemos desfilar ante nuestros ojos los más variados y atractivos objetos de consumo. El predominio de la novedad supone una sustitución constante de un objeto por otro,  generando la ilusión de que no hay intervalos. La ciencia y la tecnología fueron estableciendo sólidas relaciones con la medicina, de modo que, en lo que respecta al cuerpo, su forma y su imagen, parecería que todo es posible. El producto de esta renovación del cuerpo, suele revelar cierta homogeneidad estética que testimonia la reproducción y el consumo masivo de un modelo.
Pero esta apelación a la imagen como objeto no siempre precisa de la cirugía estética para cristalizarse. A pesar de los avances tecnológicos, impensables en la Edad Media, hoy somos testigos de una proliferación de princesas posmodernas que no comen.
Se trata de una posición subjetiva que define una forma de vivir. En esta aspiración a ser princesa, puede observarse una actualización de ciertos mitos medievales. Este designio, parece reunir elementos de distintos momentos históricos: el sometimiento a una ley arbitraria de estilo medieval y  el ideal de pureza (Z. Bauman) y perfección posmoderna.
Al inicio de este anhelo, se establece una especie de diálogo epocal, filosófico e inconsciente. Se genera así un imaginario que muchas jóvenes tienden a encarnar en el cuerpo propio bajo la forma de anorexia o bulimia. Dicho imaginario encierra una creencia en la felicidad absoluta, estado sin contrastes que se podría alcanzar mediante una modificación extrema del cuerpo.
Como recurso desesperado del sujeto y reflejo de lo que no anda en los lazos sociales, la anorexia y la bulimia se constituyen como discurso y denuncia; querella ante un exceso de ideales, exceso de expectativas, exceso de cuidados; que más que revelar un “trastorno de de la alimentación”, evidencia un cortocircuito en la relación del sujeto con el Otro simbólico.
Si bien las jóvenes princesas hablan de su tristeza aludiendo a lo que les faltaría para volver a estar felices, es precisamente la falta lo que debe ser simbolizado. La princesa está triste, diría Rubén Darío, porque se enfrenta con un vacío que aún no fue inscripto como falta simbólica. Y ya lo diría Lacan, aquello que no está en lo simbólico suele aparecer en lo real. En el caso de estas jóvenes, se traduce en un vaciamiento a nivel del cuerpo.
A diferencia de la concepción romántica que W. Disney ha transmitido, la vida de una princesa era cuanto menos sacrificada. Desde su nacimiento, las jóvenes cargaban con el peso de un destino prefijado por los reyes. Las princesas estaban obligadas a mantenerse bellas, impecables, y luego, debían casarse para poder generar descendientes varones. Por otra parte, las princesas eran observadas, vigiladas, y hasta vestidas. Se hacía y se elegía por ellas. Concluimos en que todo el sistema político e ideológico de la monarquía dejaba muy poco espacio para el placer y la libertad.
La princesa es la más bella del reino, la más pura pero también la más sufrida. Si hay algo que una princesa sacrifica es su deseo.
Este es el punto que permite pensar la anorexia y la bulimia como dos posibilidades que se organizan en torno a este elevado ideal de perfección y belleza de princesa. Paradójicamante, la perfección buscada por estas jóvenes no es aceptada socialmente, la hazaña en la que se embarcan es a nivel de la existencia y puede formularse como “ser perfecta hasta los huesos”.
Una vez emprendido el viaje hacia el reino imposible, lejos queda la alegría y aspecto rozagante de la princesa de cuento. La eliminación de la carne como punto de referencia al final del camino, saca a relucir la opacidad que el sujeto comienza a mostrar en su relación con la vida.
Asumida la posición de princesa, el goce toma el terreno del deseo. La singularidad se desdibuja en la persecución de una homogeneidad de revista.
Es así que, como afirma Lacan, estas posiciones discursivas revelan un goce nostálgico que el sujeto no puede resignar. Justamente, la nostalgia por lo perdido indica que dicha pérdida no fue inscripta como tal.
El trabajo clínico con estas “Patologías del amor” (M. Recalcati) involucra un sinuoso camino de búsqueda y reencuentro de nombres propios, que habrá que extraer del enjambre de decires familiares. El fin de este proceso es que el sujeto pueda ocupar lugares más interesantes y tener una vida con mayores libertades.
Las curas en las anorexias y bulimias demuestran que no basta con recibir dones de todo tipo cual Bella Durmiente, sino que es necesario que el sujeto tome como propio o no, aquello que se le ha otorgado en su nacimiento. Ya lo había dicho Freud citando a Goethe: “Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo”.

Mi primer libro!

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