jueves, 4 de septiembre de 2014

¿Por qué no nos olvidamos?


Freud en Interpretación de los sueños decía que nuestro psiquismo funciona de acuerdo a una serie de procesos. Los estímulos del mundo exterior ingresan al aparato psíquico por el polo perceptivo, algo de ese material nuevo se inscribe en la memoria y luego se produce una descarga en el polo motor. Como toda teoría, ésta revela una forma ideal.
El problema humano consiste en que los estímulos dejan marcas, y esas marcas no son la copia fiel de lo percibido. Muchas veces se busca registrar un suceso en forma íntegra y racional, o bien se pretende borrar las marcas que un episodio ha dejado. Pero nuestro sistema de conocimiento no está hecho de esa manera, ya que en toda vivencia acecha lo que en psicoanálisis se llama “el sujeto del inconsciente”, se trata de un pensador que suele recordar más allá de la voluntad que uno tenga por olvidar.
Este sujeto se forma en base las primeras marcas que han quedado en la memoria, el germen del sujeto esta hecho de restos, pedazos de realidad que se interpretan de manera singular y se registran en lo inconsciente.
No hay muchas formas de registro, lamentablemente. Solo tenemos la palabra y la imagen. Es una función de la psiquis, la de registrar al menos algo de lo que vivimos.
Como la realidad es tan compleja, solo nos podemos conformar con recuerdos fragmentarios pero siempre significativos. Y no solo eso, todo lo que podemos percibir, se inscribe de forma múltiple en distintos sistemas que funcionan de acuerdo a leyes diferentes.
Por esta razón, lo que recordamos conscientemente y con facilidad, difiere de lo que recordamos mediante un análisis. Los recuerdos inconscientes que se vuelven accesibles en un trabajo de análisis suelen ser sorpresivos. Se trata de cosas que pensamos olvidadas o bien inexistentes.
Otro dilema, que depende de esta división interna característica de nuestro psiquismo, tiene que ver con el terreno en que el ser humano se desenvuelve: la paradoja.
Lo que es positivo para un sistema (por ejemplo lo inconsciente) es negativo para el otro (la consciencia). Entonces las frases del tipo “quiero pero no puedo”, “si pero no”, “por un lado sé que es lo mejor pero por el otro sé que no me conviene”, “esto me hace mal pero no puedo dejar de hacerlo”, “sé que ya no está pero para mí sigue estando”. El listado de ejemplos es muy amplio y probablemente no tenga fin.
Cualquier persona podría detectar sin mucho esfuerzo algunas contradicciones: entre contenidos de una misma idea, entre una idea y otra idea, o entre una idea y un acto. Es muy común entonces, querer olvidar lo inolvidable.
En el caso de nuestro pobre aparato psíquico, querer olvidar algo importante para el sujeto no solo que es imposible, si no que está prohibido. Por eso cuando nos empecinamos en olvidar algo relevante, eso retorna con más fuerza. Es la tan conocida postura de “aquí no ha pasado nada”. Cuanto más nos esforzamos en borrar las huellas, más chiquero hacemos. Tiene lógica.
Hay cosas en la vida que no se pueden eludir, y el ser humano no es tan valiente como parece. Digamos que la valentía de la humanidad se presenta solo en algunas ocasiones. En aquellos momentos de los descubrimientos científicos y técnicos, en el exterminio del otro diferente, y por supuesto, cuando alguien toma una decisión importante.
El resto del tiempo, somos más bien cobardes o por lo menos miedosos. Ante la mínima angustia, emprendemos la retirada. Ante la más débil insinuación de lo novedoso, nos protegemos. Cuando surgen las contradicciones, por lo general cuesta decidirse por la opción correcta, uno prefiere la salida más cómoda y segura.
Pero esa hermosa comodidad que creemos encontrar deja de aliviarnos cuando el sujeto vuelve con sus requerimientos, es decir, con el recuerdo. ¿Como saber lo que es correcto?. Una pista: la salida más cómoda no suele ser la indicada. Lo correcto es hacer lo que uno desea desde el lugar de sujeto, esto es, lo que quiere verdaderamente.
Por la forma en que estamos hechos, a ese deseo hay que descubrirlo. Hacer lo que uno quiere verdaderamente es un acto de valentía porque siempre implica recordar lo que no queremos recordar, reconocer lo que no quisiéramos reconocer, y sobre todo, prescindir del resguardo que los otros brindan (estos otros pueden ser personas o ideales).
El olvido es algo soñado, anhelado y hasta perseguido desesperadamente. ¿Por qué no nos olvidamos?, la pregunta sería otra: ¿por que queremos olvidar algo que forma parte de nuestra historia y la determina?.
Mi querido Freud había dicho que el auténtico placer sobrevenía cuando uno dejaba de repetir fragmentos olvidados de su vida. Y para dejar de repetir el secreto era recordar. Solo así sería posible alcanzar el tan ansiado olvido. ¿Por qué no nos olvidamos?, por que no recordamos.
Pero hay decirlo, no basta con recordar eso que se repite, hay que hacer algo con ese recuerdo. El sujeto sabrá decidir que debe hacer con lo que ha recordado, encontrará la manera de transformar ese recuerdo si trabaja para eso.





jueves, 7 de agosto de 2014

Son cosas que pasan


En el silencio de esta amplia habitación, cada sonido se torna estridente.
A través de la gigantesca puerta de madera los rayos del día van generando oscuridades e iluminaciones repentinas. Es una luz regulada por la naturaleza.
Mi naturaleza es exagerar todo con este marcado sentimiento de conexión con el mundo. Varias veces tuve que escuchar que yo era muy sensible, que percibía lo que los demás no podían ver.
Estoy acostumbrado a ser la piedrita negra en el frasco de piedras blancas, ese tipo que se destaca por andar denunciando todo aquello que está mal. Nunca voy a entender porque los demás no dicen nada, ante la injusticia, el error, la falta de respeto…¿será una cuestión cultural de este país? ¿es correcto silenciar lo que debe ser dicho?.
Anyway, siempre quise ser una piedra como las otras, de esas que pasan desapercibidas porque forman parte del conjunto de piedras del mismo color. No estoy conforme con mi picante forma de ser, la comida muy condimentada no es elegida por todo el mundo.
Pero vayamos a lo importante. Siempre soñé con una vida feliz al lado de mi amada, por algo me fue necesario soñar que estaba con ella, viajando en un tren hacia un bellísimo lugar, mientras la lluvia acariciaba las ventanillas. También soñaba que ella me amaba así de imperfecto como soy, así de hipersensible, así de diferente, así de profundo.
Estando en esta habitación solo, pensar en ella es inevitable. El mundo se detiene, ya no habito ninguna historia, simplemente estoy con Mariela mientras ella está conmigo. Y ahora, no creo que exista nada más importante que la sensación de estar besándola, que quedó grabada en mis labios como un tatuaje cenestésico.
A veces la extraño tanto que necesito rezar, pedirle a Dios que me libere de la nostalgia. Ella siempre estuvo en otro lado, lejana e inaccesible. Termino pensando que por más que lo quiera con todas mis fuerzas, estar juntos implicaría una transformación. Es decir, yo me volvería una piedra blanca en el frasquito de la mesa de luz de alguien, dejaría de extrañarla y tendría una relación de pareja común y corriente.
Siempre dando la nota con estos padecimientos del corazón…desde la escuela primaria. Aunque la terapia, las terapias, me ayudaron a tolerar mejor, ninguna pudo salvarme de este fatídico modo de sentir el amor.
Solo me consuela imaginar que si por fin, ella me quisiera como yo la quiero, y si al fin pudiéramos vivir juntos, dejaría de estar inspirado. O tal vez no, porque si ella estuviera al lado mío dejaría de perder el tiempo pensando y me convertiría en un artista. 



sábado, 26 de julio de 2014

El amor según Cortázar

UNA CARTA DE AMOR
Julio Cortázar

Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.

martes, 3 de junio de 2014

"La princesa está triste...y no come"

Artículo para la Revista Salud y Trabajo



La princesa está triste…y no come

Paula F. Lucero. Psicóloga Psicoanalista – 5409

 “¡Pobrecita princesa de los ojos azules! 

Está presa en sus oros, está presa en sus tules, 
en la jaula de mármol del palacio real”. Rubén Darío


Nuestra época se caracteriza por el permanente surgimiento de lo nuevo. Vemos desfilar ante nuestros ojos los más variados y atractivos objetos de consumo. El predominio de la novedad supone una sustitución constante de un objeto por otro,  generando la ilusión de que no hay intervalos. La ciencia y la tecnología fueron estableciendo sólidas relaciones con la medicina, de modo que, en lo que respecta al cuerpo, su forma y su imagen, parecería que todo es posible. El producto de esta renovación del cuerpo, suele revelar cierta homogeneidad estética que testimonia la reproducción y el consumo masivo de un modelo.
Pero esta apelación a la imagen como objeto no siempre precisa de la cirugía estética para cristalizarse. A pesar de los avances tecnológicos, impensables en la Edad Media, hoy somos testigos de una proliferación de princesas posmodernas que no comen.
Se trata de una posición subjetiva que define una forma de vivir. En esta aspiración a ser princesa, puede observarse una actualización de ciertos mitos medievales. Este designio, parece reunir elementos de distintos momentos históricos: el sometimiento a una ley arbitraria de estilo medieval y  el ideal de pureza (Z. Bauman) y perfección posmoderna.
Al inicio de este anhelo, se establece una especie de diálogo epocal, filosófico e inconsciente. Se genera así un imaginario que muchas jóvenes tienden a encarnar en el cuerpo propio bajo la forma de anorexia o bulimia. Dicho imaginario encierra una creencia en la felicidad absoluta, estado sin contrastes que se podría alcanzar mediante una modificación extrema del cuerpo.
Como recurso desesperado del sujeto y reflejo de lo que no anda en los lazos sociales, la anorexia y la bulimia se constituyen como discurso y denuncia; querella ante un exceso de ideales, exceso de expectativas, exceso de cuidados; que más que revelar un “trastorno de de la alimentación”, evidencia un cortocircuito en la relación del sujeto con el Otro simbólico.
Si bien las jóvenes princesas hablan de su tristeza aludiendo a lo que les faltaría para volver a estar felices, es precisamente la falta lo que debe ser simbolizado. La princesa está triste, diría Rubén Darío, porque se enfrenta con un vacío que aún no fue inscripto como falta simbólica. Y ya lo diría Lacan, aquello que no está en lo simbólico suele aparecer en lo real. En el caso de estas jóvenes, se traduce en un vaciamiento a nivel del cuerpo.
A diferencia de la concepción romántica que W. Disney ha transmitido, la vida de una princesa era cuanto menos sacrificada. Desde su nacimiento, las jóvenes cargaban con el peso de un destino prefijado por los reyes. Las princesas estaban obligadas a mantenerse bellas, impecables, y luego, debían casarse para poder generar descendientes varones. Por otra parte, las princesas eran observadas, vigiladas, y hasta vestidas. Se hacía y se elegía por ellas. Concluimos en que todo el sistema político e ideológico de la monarquía dejaba muy poco espacio para el placer y la libertad.
La princesa es la más bella del reino, la más pura pero también la más sufrida. Si hay algo que una princesa sacrifica es su deseo.
Este es el punto que permite pensar la anorexia y la bulimia como dos posibilidades que se organizan en torno a este elevado ideal de perfección y belleza de princesa. Paradójicamante, la perfección buscada por estas jóvenes no es aceptada socialmente, la hazaña en la que se embarcan es a nivel de la existencia y puede formularse como “ser perfecta hasta los huesos”.
Una vez emprendido el viaje hacia el reino imposible, lejos queda la alegría y aspecto rozagante de la princesa de cuento. La eliminación de la carne como punto de referencia al final del camino, saca a relucir la opacidad que el sujeto comienza a mostrar en su relación con la vida.
Asumida la posición de princesa, el goce toma el terreno del deseo. La singularidad se desdibuja en la persecución de una homogeneidad de revista.
Es así que, como afirma Lacan, estas posiciones discursivas revelan un goce nostálgico que el sujeto no puede resignar. Justamente, la nostalgia por lo perdido indica que dicha pérdida no fue inscripta como tal.
El trabajo clínico con estas “Patologías del amor” (M. Recalcati) involucra un sinuoso camino de búsqueda y reencuentro de nombres propios, que habrá que extraer del enjambre de decires familiares. El fin de este proceso es que el sujeto pueda ocupar lugares más interesantes y tener una vida con mayores libertades.
Las curas en las anorexias y bulimias demuestran que no basta con recibir dones de todo tipo cual Bella Durmiente, sino que es necesario que el sujeto tome como propio o no, aquello que se le ha otorgado en su nacimiento. Ya lo había dicho Freud citando a Goethe: “Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo”.

sábado, 10 de mayo de 2014

Lecciones de Costura

Tenía el patio lleno de flores que parecían de juguete. Cada vez que la visitaba, nos sentábamos debajo de la enredadera para charlar.
Siempre pensé que era maravilloso que ella pudiera hacer su propia ropa, y claro, también me hacía ropa a mí.
Desde muy pequeña, admiraba esa transformación mágica que se producía en varias etapas. Desde que me mostraba la tela extendiéndola sobre la mesa y acariciándola suavemente, hasta que la obra descansaba muy prolija en alguna de las perchas de madera.
¡De cuantos trozos de tela, ella hizo preciosos vestidos!
Aún conservo la sensación de alegría que me causaba abrir los cajones de su máquina de coser, llenos de hilos de colores, botones, dedales y artefactos de metal.
De vez en cuando, me invitaba dulcemente a sentarme a su lado. Mientras ella cosía yo jugaba con los retazos de tela. Pero lo interesante era escuchar cómo iba comentando los pasos que hay que seguir, uno por uno, con voz tranquila y paciente. Tal como decía, “para coser hay que ser paciente, y el nudo final es importantísimo. Hay que hacerlo bien así no se descose”.
Entre moldes de papel  sobre  telas de bellos colores se pasaban las tardes, que siempre incluían una exquisita merienda de café con leche y masitas con forma de animales.
A veces me hacía practicar hilvanando alguna prenda, y yo siempre le preguntaba lo mismo: “Abue, ¿porque tengo que hilvanar si después este hilo se saca?”. Y ella volvía a decirme entre risas “el hilván es lo que te guía cuando tenes que coser con la máquina evitando que la tela se mueva”.
Quién iba a decir en aquel entonces que yo guardaría esas palabras con tanto cariño...
Por las tardes ella retorna a mí como una foto mental perfecta y de gran tamaño, en donde la luz del día le ilumina la sonrisa y hace de sus ojos celestes el espejo de mi amor.
Es que ella me enseñó que hay que tomar la vida como si fuese una tela de máxima calidad, y hacer con ella un hermoso vestido.


jueves, 8 de mayo de 2014

Hasta el infinito

El encuentro fue espontáneo.
Después de una distancia que a fin de cuentas había sido una espera, verse aquel día era imprescindible.
Ninguno sabía que iba a surgir de esa  tarde de invierno con un sol radiante, pero ambos empezaban a cambiar el aura. Cada uno por su lado se dirigía hacia el soñado encuentro en el parque, así armado como por un capricho de los dos.
En cuestión de quince minutos, el presente había llegado: Lilian lo buscaba entre tantas cabezas y Horacio la encontraba, obnubilado por ella. El césped era el lienzo que prestaba un fondo a todo aquello que no parecía tener fin. Cuando se vieron fue como un choque de trenes vaporosos llenos de burbujas, y ellos parecían asumir una especie de estrellato; como si fueran los protagonistas de un cuadro de Monet.
Ver que ambos coincidían ese día, a esa hora, llenaba la atmósfera de alegría y tranquilidad. Dadas las circunstancias, cualquier argumento más o menos cuerdo podría tirar todo abajo y alguno podría haberse arrepentido en el trayecto.
Lilian apresuró la marcha hasta el punto de tener que esquivar a las personas que iban caminando plácidamente para llegar hasta Horacio. Ahí estaba él, como detenido o estaqueado en el piso observándola mientras agitaba unos papeles enrollados que tenía en la mano. Ella había sido un indescifrable y ahora podía verla, tocarla, besarla.
Algo en la mirada de Horacio la incomodaba,  y Lilian tenía la necesidad de moverse un  poco para disimular. Movía el cuerpo con cualquier excusa: abrocharse el saco, acomodar la cartera en el hombro, patear alguna piedrita.
Para cuando ella terminó de imaginarlo vestido de blanco en un altar lleno de lilas, ya estaban sentados frente a frente. Como una niña pequeña, Lilian no podía dejar de sonreir. Mientras le hablaba, ella escuchaba  su propia voz como viniendo de otra parte, como si de otra mujer se tratara.
Al modo de una estatua viviente, él miraba para los costados, para cualquier lado hasta que finalmente la miró a los ojos. La complicidad que los abrazó en ese instante era tal que lindaba con lo siniestro, pero no había dudas de que valía la pena.
Por lo tanto, hubo ese momento fugaz en donde sintieron que se amaban profundamente. Fue necesario permanecer en silencio, y en ese intervalo entre una palabra y la otra, entre dos gestos, supieron que estaban enganchados hasta el infinito, y que no había vuelta atrás de esta condena. “A través de tus ojos puedo ver el mundo”, dijo Lilian aún sorprendida por sus propios sentimientos. “A través del mundo puedo ver tus ojos”, dijo Horacio tomándola de la mano para acariciarla.
En ese momento la gente que transitaba ya era bruma en movimiento, por horas, o tal vez durante varios días, Lilian pensó que ese amor era lo único verdadero en el universo.
Es así que emprendió un viaje hacia un más allá de lo cotidiano. Más allá de su vida, siempre estaba la boca de Horacio esperándola. Este amor era una invitación a no se que clase de fiesta existencial a la que nadie podía negarse.
El distanciamiento había sido culpa de los planetas que orbitaron de forma incorrecta durante diez años consecutivos. Ninguno de los dos había querido alejarse pero la vida nos había separado. Volver  con Horacio era un gran acontecimiento, por lo que Lilian se vio asaltada por la poesía propia o ajena y decía cosas sin parar. Como dice tal, como dice cual…como dice G. Cerati “lo entendí todo, menos la distancia”. Ese fue su lema durante mucho tiempo. La canción rigió su vida hasta que, por fuerza mayor, ella tuvo que acudir al médico clínico.
Hacía tiempo que sentía mareos y fatiga, el médico le diría si tenía bajas las defensas o si precisaba vitaminas. Ese fue un día como cualquier otro, nada fuera de lo común. Tenía que hacerse un chequeo de rutina y levaba los resultados de los análisis de sangre.
Con la impresión de que el tiempo pasaba demasiado rápido, comenzó a subir las escaleras del sanatorio, y luego de atravesar la burocracia de la atención médica, tomó asiento frente al consultorio del Dr. Cavagnaro.
Cuando Lilian se disponía a tomar una de las revistas pasatistas que tanto me gustan, alzó la mirada como un gesto automático de tanteo del lugar y comenzó a temblar de espanto.
Dejó de sentir el cuerpo y solo podía oír su respiración acelerada, fuera de control.
Sobre el revistero de la sala de espera reposaba un imponente cuadro de Monet con bellos colores. Allí estaban Lilian y Horacio tomados de la mano, caminando hacia el más allá.




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