miércoles, 26 de abril de 2017
martes, 27 de diciembre de 2016
¿Tiempos festivos?
Apenas comienza el mes de diciembre, un aire festivo circula por la
calle, la televisión y las redes sociales. Las vidrieras se pintan de colores
navideños y en la decoración predominan las campanas, los regalos y las diferentes
figuras de Papá Noel.
Hay que admitir que las mejores propagandas de navidad fueron hechas
por The Coca Cola Company, en la
medida de que contagian esas ganas de disfrutar y querer hacer cosas
divertidas.
Cada año que pasa hay personas que ya no están en la familia, pero
también hay personas nuevas, que entran en la vida para darle color y fuerza.
Ser objetivos, y pensar que el 24 de diciembre es un día más, es muy difícil
considerando la complejidad de la mente humana. Los tiempos subjetivos no son
los tiempos del almanaque sino que son tiempos llenos de afecto e historias
singulares.
Lo que cuenta, no es el transcurso de los días o las horas, sino la
forma en que los momentos fueron vividos, sentidos y registrados por cada uno.
Por otro lado, los momentos importantes casi siempre involucran a
otros, sea como testigo, compañero o co-protagonista de la situación.
Aunque ya es sabido que no hace falta un banquete de comida y bebida,
en navidad y año nuevo queremos innovar y estar reunidos en un permitido exceso.
Pero a pesar del exceso y la alegría que hace al contexto navideño, hay
personas que se entristecen por que las reuniones ya no son las mismas, porque
la familia va cambiando a lo largo de los años, porque los niños crecen, porque
algunos seres queridos se van, porque se van formando nuevas familias.
La nostalgia es un último intento desesperado por recuperar lo
perdido, pero al precio de olvidar lo ganado en el presente. Lo cierto es que
ningún tiempo puede ser realmente festivo a menos que se permita el ingreso de las
cosas nuevas, diferentes, pero no por eso menos interesantes y agradables que
las cosas viejas.
El escenario festivo de fin de año genera toda una serie de ilusiones
no tan agradables, ilusiones que se acompañan de una marcada invitación al
consumismo y las compras compulsivas. Claro que uno está en condiciones de
elegir que va a comprar y cuanto puede gastar, pero más allá del dinero lo que
se genera es la sensación de pasividad e incluso de obligación: hay que
reunirse, hay que comprar, hay que disfrutar. ¿Cómo es que disfrutar se vuelve
un deber?, tal vez sea un lema de nuestra época “sé feliz”, “come sano”, “progresa”,
etc.
Lo que resulta importante es tener en cuenta que la angustia en épocas
festivas no siempre se relaciona con momentos del pasado que no pueden
reproducirse, sino con ideales desmedidos de felicidad.
Hay momentos simples que pueden transformarse en una verdadera fiesta,
siempre y cuando cada uno sepa que tiene que poner algo de sí para inventar el
momento, y disfrutar del tiempo a su manera.
jueves, 11 de agosto de 2016
La potencia del acto
¿Qué es un acto?.
Las acepciones de la palabra acto
remiten a la acción, a una celebración pública y solemne. En filosofía un acto
es “lo real, lo que es determinación o perfección de la potencia” (Diccionario
de la Real Academia Española). Acciones hay muchas, y generalmente no tienen
mayor pertinencia, pero los actos que una persona gestiona durante su vida se
pueden contar.
El acto como perfección de la
potencia es un momento gestionado por un sujeto activo, que marca una antes
y un después en la vida. Aquel que comete su acto no solo es activo, también
está sumamente despierto y decidido a realizar su apuesta.
Por más que el ser humano busque certezas y se las ingenie para evitar
el azar lo máximo posible, todo acto es una apuesta en tanto solo sabremos si fue
lo correcto cuando haya ocurrido.
Muchas personas se preguntan: “si yo quiero hacer esto ¿porqué no lo
hago?”. Digamos que somos seres complejos, atravesados por múltiples palabras, recuerdos,
afectos y contradicciones.
Un acto suele implicar cambios más o menos notorios pero en todos los
casos tendrá consecuencias. Incluso cuando se trata de situaciones que hemos
querido por largo tiempo, no es sencillo soportar las consecuencias.
Entonces, un acto que es significativo para alguien normalmente genera
temores e inquietudes previo a realizarse. Ese destello de nerviosismo, la
serie de palpitaciones sorpresivas, la tormenta de ideas acerca de lo que puede
llegar a pasar en el momento mismo del acto, se deben a que eso que está por
hacerse es de suma importancia, es “determinante de la potencia” dirían los
filósofos.
Aunque conscientemente se quiere lo mejor para la propia existencia y
la de los seres queridos, nuestra naturaleza siempre deja traslucir esa veta
masoquista y regrediente, que lleva a dudar, culparse y vacilar respecto de lo
que verdaderamente quisiéramos hacer.
¿Quién no ha fantaseado con lograr un objetivo sin pagar por ello?.
Para citar algunas situaciones corrientes: “quiero recibirme de médico
pero que la carrera dure tres años”, “quiero tener un hijo pero seguir teniendo
la vida de siempre”, “quiero tener un cuerpo divino sin hacer nada para ello”, “quiero
ser millonario sin tener que trabajar”, y la lista puede seguir cuanto ustedes
quieran.
La verdad es que no pueden obtenerse grandes cosas con pocos
movimientos. Aquí surge una proporción que, se la respete o no, siempre
funciona: a grandes cambios, grandes movimientos. Lo grande no necesariamente
es “grande” para todo el mundo, depende cómo lo vive cada quién. Los grandes
movimientos pueden tener que ver con el tiempo, o bien con el esfuerzo, o bien
con la persistencia.
Las postergaciones, las inhibiciones, los temores desmedidos suelen
detener el acto y a veces pueden llevar a renunciar a un porvenir precioso. El
deseo es algo que complica y facilita la vida a la vez, ya que es algo molesto
hasta tanto no se materializa de alguna manera concreta. Pero una vez que un
deseo auténtico logra encarnarse en acto, casi todas las cosas resultan más fáciles
de transitar.
Dadas las circunstancias, puede que alguien quede detenido entre la
idea y el acto, sin poder dar el paso necesario para saltar a otra cosa. A este
salto se debe la incomodidad en cuestión. Como suelen decir en nuestros días, “hay
que salir de la zona de confort”, no sé si siempre hay que salir, tal vez solo haya
que hacerlo cuando ese cambio conlleve una mayor comodidad.
Por otra parte, los actos siempre se acompañan de un decir que los
sostiene, pero no ocurre lo mismo a la inversa, ya que se pueden decir miles de
cosas sin que existan actos adecuados a lo que se dijo. Por ejemplo, si digo “te
amo, quiero estar con vos”, aquello que digo solo vale si encuentra su
materialización en los actos. Tal es así que “a las palabras se la lleva el
viento”, salvo que se las escriba con letras o con actos.
Volviendo al acto como apuesta, cuando alguien hace su apuesta se
presenta allí donde es llamado: en tiempo y forma. Y es llamado por su propio
querer.
Cuando un acto se vuelve necesario, las voces del deseo suenan y resuenan
en cada cosa cotidiana, ¿Por qué no hacerle un lugar a aquello que no deja de
insistir bajo múltiples formas?.
Muchas veces, poder escucharse es el primer paso para gestionar el
acto. Tal como dijo J. Lacan, aunque la angustia amenace, “solo la acción quita
a la angustia su certeza”.
miércoles, 27 de julio de 2016
Alta Fidelidad
Hubo momentos importantes en mi vida en donde no recuerdo haber estado
ahí. Fueron momentos lindos, pero las preocupaciones me llevaban hacia otro
lugar desde donde me contemplaba a mi misma como alguien que hacía bien las
cosas.
Pero si recuerdo estar ahí cuando estuve con Daniel.
Salvo esa noche, el resto de las veces yo estaba ahí como nunca había estado.
Incluso recuerdo el esfuerzo que hacía por contenerme, para que con cada
palabra no se me fuera el alma.
Normalmente estaba llena de ideales, deberes, prejuicios y moral: el
bien y el mal, lo que se debe y lo que no se debe. Con Daniel, nada funcionaba,
literalmente no me importaba nada más que estar con él.
Era como una cuestión de vida o muerte, un beso era un mundo, “con vos
todo o nada” le había dicho, y era así, porque no podía ser de otra manera. Claro que eso no es para cualquiera.
Pero a él le gustaba tenerme colgando de un hilo transparente que
podía cortarse en cualquier momento. A él le gustaba saber que yo estaba, aunque
prefería pensar que yo era una chica inalcanzable.
Me tuvo varias veces, pero igual se empecinaba en no tenerme. Hasta
puedo decir que yo fui una fantasía necesaria para que él pudiera tener a otras
mujeres.
Pero esto es demasiado complicado, tanto que ni siete psicólogos
pudieron sacarlo de mi cabeza, y menos de mi corazón. Desde el principio fue
una batalla perdida, era como querer separar a la música del oído...
Yo conocí la música gracias a mi padre. Él tenía un equipo de audio con
grandes parlantes de madera que en la parte superior llevaban escrito “Alta Fidelidad”,
es lo que también se denomina Hi-Fi. Siendo niña, no tenía la menor idea de lo
que eso significaba, no lo supe hasta que conocí a Daniel.
Yo tuve una vida, tuve experiencias llenas de colores, tuve amores que
supe disfrutar; pero él no se compara, lo que yo siento por él tampoco. Digamos
que pasa por una cuestión calidad. Es Alta Fidelidad porque no hay mejor sonido
que ese, no hay mejor sensación, porque se mezclan ilusión con realidad en las
dosis justas.
Pase lo que pase, esté con quien esté, haga lo que haga esa es mi
condena: serle fiel.
Ya lo sé, es una fidelidad tonta porque no es recíproca, pero mi amor
por él es peor, porque es amor a un vacío, a una falta de respuesta; es amor a
un cuerpo que no me busca más que en sueños.
Por experiencia pude comprobar que hay cosas que la razón no resuelve, aunque intente
borrarlo de mí, siempre le seré fiel.
Le seré fiel como el pincel al óleo o como el libro a la escritura. Es
una fidelidad como la que el mar le tiene a las olas, como la fidelidad que las
raíces le tienen a la tierra...
Pero no quiero seguir haciendo comparaciones, porque este amor no se
compara con nada, ni el sonido más envolvente podría traducir un amor así, de alta calidad.
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jueves, 30 de junio de 2016
Decir que no
A pesar de que la corriente cultural de nuestros días promueve el pensamiento positivo, no siempre hay que
decir que sí. Pensar en positivo significa
saber decir que no cuando es necesario. De hecho, solo en un sentido ideal
puede hablarse de positivo y negativo por separado, ya que al decir que sí a
una situación, simultáneamente se le dice que no a otras.
A veces, surgen situaciones en donde es difícil discernir si aquello
que los demás piden es más o menos acorde con lo que cada quien quiere hacer.
Hay momentos en donde determinado pedido, situación o relación no coincide con
lo que la persona quiere, y a pesar de eso no puede decir que no.
Los ideales, los miedos, las inseguridades en muchas
ocasiones colaboran para sostener circunstancias que son verdaderamente
insoportables. A costos muy elevados, la
situación desagradable permanece agravándose con el paso del tiempo. Es necesario
reconocer una paradoja humana: decir que sí al sufrimiento es más sencillo que
decir que sí al bienestar. ¿Acaso al ser humano le gusta sufrir?.
En realidad, es difícil decirle
que no al sufrimiento porque esto implica apostar al bienestar, con los
movimientos que esta apuesta requiere. Decir que no, es introducir un
límite que demarca un terreno posible de habitar para cada persona. Por lo
tanto, no es el sí lo que conlleva el no, es a partir del no que surge el sí
por añadidura.
El campo de las relaciones muestra las dificultades que aparecen
cuando es tiempo de decir que no y esta negativa no se produce. El problema que
surge aquí es que sin el límite no
surgen nuevas oportunidades de placer y satisfacción.
En el caso particular de las relaciones amorosas, la cuestión se
complica porque hay más de una persona involucrada. Los actos que acompañan al
hecho de decir que no suelen implicar grandes modificaciones (económicas, sociales,
geográficas, anímicas) que inevitablemente provocan miedo, pero no
necesariamente parálisis o resignación.
¿Cuándo es preciso decir que no?
·
Cuando el sufrimiento
es algo “normal”.
·
cuando hay insatisfacción
sostenida.
·
cuando existe
maltrato físico, simbólico o emocional.
· cuando la persona
se siente muy desfasada entre lo que tiene y lo que quisiera tener.
· cuando, en pos de
sostener la situación actual, se renuncia a cosas, proyectos o acciones
valiosas que la persona quisiera conservar.
· cuando la situación
imperante implica pérdida de dignidad, identidad o autonomía.
Aunque “decir que no” responde a cuestiones muy amplias, en la mayoría
de los casos se esconde una verdad imposible de descuidar: hay que decir que no cuando el deseo no está allí.
Para ponerle un límite a lo intolerable resulta imprescindible
detectar el malestar, des-naturalizando
el dolor, la agresión y las ideas que impiden el simple placer de vivir.
El placer de vivir tiene su precio, pero nunca es tan costoso como el
sufrimiento.
miércoles, 1 de junio de 2016
Saber soltar
Las dificultades surgen cuando llega el
momento de soltar aquello que ya no podemos conservar.
Proveniente del verbo solvere, la etimología de la palabra soltar remite a la libertad y
la absolución.
A la hora de soltar algo significativo, suele
presentarse el conflicto entre el amor hacia otro y el amor propio, ya que si
elijo el amor a lo perdido, el amor propio disminuye. Si decido preservar la
propia integridad, una parte del amor hacia el otro se pierde.
Hay distintas situaciones en donde se hace
necesario soltar:
· Cuando
una persona amada se ha ido
· Cuando
estamos con alguien que nos hace daño
· Cuando
ciertos ideales producen conductas autodestructivas
· Cuando
un vínculo genera inestabilidad afectiva
· Cuando
una etapa de la vida ha finalizado
· Cuando
es momento de tomar una decisión importante
· Cuando
ocupamos un nuevo lugar en la familia
o la sociedad
En estos casos, deben soltarse diferentes
cosas, pero el mecanismo que opera es el mismo. Cuanto más hemos amado, más
doloroso será el acto de soltar ya que con el objeto que soltamos, una parte de
la propia existencia se pierde. Pero mucho peor es el tormento si es tiempo de
soltar y este acto se hace imposible, ya que en vez de perder solo una parte de
nosotros mismos, se corre el riesgo de perdernos por completo.
Cuando es muy difícil soltar, queremos
retener algo que ya se ha ido, y esta retención siempre tiene consecuencias que
generan sufrimiento en el cuerpo, las relaciones, los pensamientos, los
sentimientos. Pero el problema mayor de no aceptar las pérdidas es que, de este
modo, no ganamos nada. Poniendo como ejemplo las etapas de la vida, para ser un
adulto y gozar de la independencia que esta etapa conlleva, es imprescindible
soltar la adolescencia. Es una especie de ley subjetiva: no hay ganancias sin
pérdidas.
Tal como dijo J. Lacan, los seres humanos
tienen el poder de retener o inventar. Cuando el momento de soltar se acerque,
será cuestión de apostar a la invención, y a las posibilidades de ganancia que
aparecen cuando dejamos de retener lo perdido.
viernes, 27 de mayo de 2016
Los números no saben bailar
Esta sensación
es nueva, y existe desde que trabajo en este lugar lleno de números.
Lo que debería
ser una oportunidad para mi futuro, se transforma de a poco en una tabla de
medida de mis propias capacidades, una tabla que va marcando que no sirvo para
esto.
Quiero hacerlo
bien porque me corresponde, se supone que me pagan por eso, pero lo que tengo
que hacer no me importa en lo más mínimo. Quisiera ser más abierta y poder
interesarme por lo que no me importa, pero solo quiero irme a hacer lo mío.
Solo Dios sabe
que es “hacer lo mío”, si es que lo mío existe.
Pienso en esto
como si eso me ayudara a calmarme, a
volver al planeta. Ya no me encuentro allí en donde solía estar, tan segura,
tan decidida, yendo siempre para adelante. Lo que pasa es que no termino de
ubicarme en mi nuevo trabajo.
Si. Siempre
fui débil para estas cosas, quiero decir, para los números. Siento que me estoy
esforzando en sobremanera, que estoy haciendo el esfuerzo más grande de mi vida
porque estoy en un lugar en donde no tengo idea de casi nada, no se quién es
quién, que se hace en ciertos casos…solo quisiera saber que se hace para
hacerlo y que todos se callen.
Soy más débil
de lo que parece porque descubrí que enseguida ya me desespero. Cuando surge
algún inconveniente quiero salir corriendo, irme a no se que lugar seguro y
placentero en donde no soy una estafa.
Quisiera no
ser así, tan exigente, o infeliz que es lo mismo.
No es ninguna
novedad, se dan cuenta que estoy sufriendo, a pesar de que trataba
empecinadamente de disimularlo y mostrarme contenta. No, a mi trabajo no lo
hago con los ojos cerrados si eso es lo que se pretende de mí. Tampoco me place
ir al banco para hacer las transacciones y sentir la ansiedad de volver a mi
casa porque el tiempo me corre.
Por lo visto
no solo pretenden que yo “cumpla” (palabra que odio) con mis labores, sino que
también tengo que estar conforme con lo que hago, contenta, feliz y relajada.
Presiento que
se me está escapando algo muy importante y no se que es, jamás me pasó el no
darme cuenta que hice algo mal y que se dieran cuenta los otros. Es como si
tuviera un velo en los ojos que no me permite ver el sentido común. De lo que
hay o no que hacer, cuando, cómo. La cuestión es que me siento cada vez peor,
como perdida, desganada y sin sentido. Debería ser más simple: ir a trabajar,
hacer lo que tengo que hacer y callarme la boca.
Como negar el
hecho de que estoy desfasada, yo no soy la que habla por teléfono con los
proveedores, la que va hasta allá y se encarga de abrir y acondicionar el lugar
antes de que lleguen los clientes, no soy yo la que calcula los gastos
semanales, de a poco me fui yendo a otra parte.
Me gustaría
saber que es lo mío, pero no tengo energías para buscarlo. Este trabajo me fue
consumiendo la mente, el tiempo, el ánimo. No lo pude evitar, estoy todo el día
preocupada por lo que tengo que hacer al otro día, ya que siempre se me
acumulan demandas que no logro satisfacer.
No, claro que
no nací para esto, mi pensamiento no es numérico. Claro que tengo otra mente, claro que no me
gusta, claro que me es terriblemente difícil, pero esa es una solución
facilista. La pregunta es si quiero seguir perdiendo lo mejor de mi o no, si
vale la pena romperme los sesos y llorar como una nena todas las tardes, odiar
los domingos y si, es cierto, no poder disfrutar de absolutamente nada de lo
que tengo.
Al principio
era solo para hacer algo de dinero, se suponía que eran solo 4 horas cuando en
realidad son 6 o 7. Después se transformó en cualquier cosa, empecé a volverme
loquita, a tener mucho pero mucho miedo de todo, las facturas, los informes,
los clientes, los horribles mensajes de mi jefa en el escritorio que son casi
ilegibles. Porque no se de lo que hablo, no se con quien hablo. Se me preguntan
cosas que yo jamás pude haberlas aprendido. No tengo la menor idea de lo que es
un cloro activo; y es cierto, debería atender alguien que sepa del tema.
Lo mismo
sucede con los números, los registros incomprensibles que llevaba la empleada
anterior, los manejes económicos que yo no entiendo, esas becas que no se a que
período corresponden, esos proveedores que exigen transferencias todo el tiempo
y no te avisan nada.
A eso se le
suman 20 personas que demandan atención, que hagas llamados, que reintegres
dinero, que soluciones un problema que no está en las manos de nadie, que le
llames un taxi, que vayas a llevar un sobre a 10 kilómetros, que compres cosas,
que envíes muestras sin decirte adonde, que sepas distinguir todos los tipos de
agua existentes, que recuerdes todos los números de teléfono, que rindas
cuentas.
Para colmo de
males, el frío me atonta, los llamados constantes me dispersan y ya no se que
era lo que estaba haciendo, para saber cuanto sale un análisis es una tortura,
dar un presupuesto se vuelve una hazaña y ya para las 14 hs me olvidé de quien
soy, porque veo a una pobre mina que está re perdida, con sueño, con hambre,
con bronca. Como un enano mensajero que va de acá para allá por que lo mandan.
No, no puedo
disfrutar, y tengo miedo de ir mañana, miedo de que me digan que no me aceptan
un papel por que falta algún sello. Que hablen a mis espaldas de lo estúpida que
soy para pasar los informes o para anotar tonterías en una planilla.
Pero ese es el
punto, todas estas cosas me parecen tonterías. Y si este trabajo me parece
una tontería, ¿que es lo que yo podría tomar en serio?.
En vez de quejarme,
debería usar esa colección de certificados que fui acumulando desde mi
adolescencia para encontrar un trabajo más a mi medida. Los números no tienen sentido pero la danza es
algo serio. No es casual que en eso sea verdaderamente buena.
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