| Instrucciones para llorar | |
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viernes, 14 de agosto de 2015
Julio Cortázar Instrucciones para llorar
martes, 11 de agosto de 2015
El corazón de las decisiones - Comentario sobre la película Danny Collins
"Danny Collins" o también nombrada "Directo al corazón" es una película inspirada en la historia real de Steve Tilston, un cantante de Folk. La película se sostiene de un momento preciso en la vida de Tilston: en 1971, era un músico británico que dio una entrevista a la revista ZigZag, en la que mencionaba su miedo de caer en las trampas de la fama. John Lennon leyó el artículo y le escribió una carta, en la cual lo aconsejó y hasta dejó su teléfono personal, para quedar en contacto. Tilston nunca llegó a recibirla y desconoció su existencia hasta el año 2005, cuando un coleccionista que la había comprado se la mostró.
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| Carta original |
La carta de Lennon marca un antes y un después en la vida del supuesto Danny Collins. Antes de recibir la carta, este rock star se presenta cansado y desfasado cuando compara su edad con su ritmo de vida. Luego de una vida de excesos, se encuentra con la realidad de vivir en una gran mansión con una mujer a la que no ama y con ganas de morir cada vez que su público le pide que cante una y otra vez la misma canción.
En el día de su cumpleaños, un viejo amigo le regala la carta que John Lennon le había escrito hace tantos años atrás. Y aquí es donde comienza la mejor parte de la película.Allí empieza toda una serie de cambios positivos en la vida de Danny Collins, que estaba seguro del poder que Lennon tenía en él, y que de haber recibido esa carta en su momento, muchas cosas no hubieran sucedido.
Estos cambios que va realizando el protagonista son acompañados de una exquisita banda sonora, que conecta inevitablemente con las emociones de cada uno. Es así que la película hace aparecer los interrogantes existenciales que, tarde o temprano, convocan a todo ser humano. Asi como el cantante se pregunta ¿que hubiera sido de mí si recibía esa carta en aquel momento?, es común caer en ese tiempo verbal tan complicado: "hubiera sido", "hubiera hecho", "hubiera dicho". Lo cierto es que el músico necesitaba un aliciente para elegir otra cosa, un incentivo tan poderoso como una carta escrita a mano por el mismísimo Lennon. No se sabe que hubiera sucedido si esa carta llegaba en 1971, tal vez no hubiera tenido mayores efectos o tal vez si.
De este modo, la película invita a pensar en estas decisiones que pueden cambiar el rumbo de una vida, a preguntarse desde qué lugar se elige y si esa elección se aproxima a lo que se quiere hacer verdaderamente. En algunas ocasiones, no es fácil descubrir que se quiere en verdad, cuanto más importante son las consecuencias de una decisión, más dificultoso se hace elegir.
Más allá de las inseguridades y planteos de cada caso singular, puede decirse que los miedos y los ideales siempre juegan una mala pasada en la toma de decisiones. Las costumbres familiares, las expectativas de los otros también suelen ocultar los deseos verdaderos.
Muchas personas consultan por esta razón, acuden a terapia para despejar sus ideas y tomar una decisión que no están pudiendo tomar.
En estos casos, el analista colabora en un proceso que bien podemos llamar de "limpieza". Se van estableciendo los elementos que enturbian el campo de la decisión, lo que confunde, lo que atemoriza, lo que detiene. Y llega un momento del proceso en donde las dudas se disipan, la decisión a tomar se presenta clara y fácil de gestionar.
En dicho proceso no se utilizan anestesias, por lo cual no resulta ser muy agradable (es de suponer que la utilización de anestesias alteraría el resultado de la decisión), pero si es muy satisfactorio poder aclarar los pensamientos y actuar en consonancia con ellos.
Sea cual sea la decisión a tomar, en todos los casos es preciso realizar una limpieza y contextualizar los deseos en el presente.Ya lo dijo Lennon "no hay nada mejor que estar limpio".
Más allá de las inseguridades y planteos de cada caso singular, puede decirse que los miedos y los ideales siempre juegan una mala pasada en la toma de decisiones. Las costumbres familiares, las expectativas de los otros también suelen ocultar los deseos verdaderos.
Muchas personas consultan por esta razón, acuden a terapia para despejar sus ideas y tomar una decisión que no están pudiendo tomar.
En estos casos, el analista colabora en un proceso que bien podemos llamar de "limpieza". Se van estableciendo los elementos que enturbian el campo de la decisión, lo que confunde, lo que atemoriza, lo que detiene. Y llega un momento del proceso en donde las dudas se disipan, la decisión a tomar se presenta clara y fácil de gestionar.
En dicho proceso no se utilizan anestesias, por lo cual no resulta ser muy agradable (es de suponer que la utilización de anestesias alteraría el resultado de la decisión), pero si es muy satisfactorio poder aclarar los pensamientos y actuar en consonancia con ellos.
Sea cual sea la decisión a tomar, en todos los casos es preciso realizar una limpieza y contextualizar los deseos en el presente.Ya lo dijo Lennon "no hay nada mejor que estar limpio".
Nota Revista Rolling Stone:
jueves, 30 de julio de 2015
El amor y sus efectos
Muchos peligros acechan la vida
humana. De todos ellos, el amor es uno de los más temidos.
Algunas personas experimentan el
amor muy temprano en sus vidas, y otros lo conocen más tarde. En algunos casos,
las personas tratan de evitar la contingencia del amor de todas las formas
posibles para no sufrir sus efectos.
¿Cuáles son estos efectos?
1-
Cuando uno se enamora, el modo de apreciar
la realidad cambia. El mundo se ve con otros ojos, tal como canta Pablo Alborán
“haces que mi cielo vuelva a tener ese
azul, pintas de colores mi mañana solo tú”.
2- Este “solo tú” es el segundo efecto del
amor. Es la demanda de exclusividad: Only you, tal como dijeron Los Plateros.
El enamorado cree que su amado es la única persona con la que quisiera y podría
estar en ese momento.
Aquí se sitúa
esa selección inconsciente (por lo tanto, involuntaria) en donde el objeto
elegido resulta ser imprescindible.
3- El
tercer efecto es el desvalimiento. El enamorado se siente en peligro permanente
de ser dejado, sustituido o abandonado por ese objeto que tanto ama. Por el
solo hecho de amar, la persona queda expuesta ante el otro, y tiene la
sensación de que este otro tan esencial, puede hacerlo feliz o inmensamente
triste.
Claro que este
desvalimiento solo es vivido si el amante acepta lo que le pasa, haciéndose
cargo de sus sentimientos, cosa que no siempre ocurre.
Cuando se
aceptan los sentimientos que uno posee, las inseguridades son inevitables. Por
eso en muchos casos, se resigna un gran amor para no sentir esta incertidumbre,
y se prefiere elegir otro amor menos deseado pero más seguro y confiable en
este aspecto.
4- La
proyección es el cuarto efecto del amor. Todas las carencias que tiene el
enamorado son depositadas en ese otro que ama. Será él o ella, quién dará una
solución a esas carencias y necesidades.
El objeto amado
es localizado en un lugar especial, por lo cual cada vez que ese lugar sea
desalojado, le seguirá el dolor y la sensación de vacío existencial. Muchas
personas llenan ese vacío interponiendo un objeto atrás de otro para no sentir
el dolor de la pérdida. Pero hay que resaltar que es un mérito el hecho de
disponer de un lugar así, ya que no todos pueden darle ese lugar fundamental a
alguien.
Una consecuencia
de esta proyección, es la íntima sensación de correspondencia y
complementariedad con el amado. Tal como dice Sergio Denis “yo soy la aventura
y tú la realidad”, así surge la idea del complemento, la creencia de que hay un
equilibrio entre el ser del amante y el ser del amado.
Esta simetría se
sostiene de la diferencia, a veces extrema que permite andar juntos sin
competir el uno con el otro. Sin embargo, algunas personas prefieren la
igualdad en sus objetos de amor, que el otro sea un calco de uno, o bien una especie
de fan de lo que somos, de modo que con su admiración asegure la satisfacción
narcisista que tanto cuesta conseguir por otros medios.
Por todos estos efectos (y
algunos que no se mencionan aquí) es peligroso enamorarse. Como mínimo hay que
decir que es algo arriesgado, ya que la cosa puede salir bien o mal en lo que
atañe a la correspondencia amorosa.
Existe toda una serie de matices respecto
a la correspondencia, y ni la mayor reciprocidad amorosa puede garantizar que
suceda lo mejor del amor: el acto. En relación al acto de amor, John Lennon
canta “Amor es saber lo que podemos ser”.
El acto de elegir estar juntos no
depende solo de que el amor sea correspondido sino también de la capacidad que
tenga cada uno de tolerar los riesgos que sus sentimientos implican como así
también respetar a ese otro que tanto se ama.
Porque en el caso más feliz,
donde si hay amor recíproco, ¿qué se hace con esa correspondencia?. Cada quién
encontrará una respuesta que puede ser constructiva, destructiva o neutral
respecto a los hechos futuros.
De este modo, todo acto amoroso
involucra una apuesta. Sea cual sea el resultado obtenido, estar dispuesto a
arriesgarse en el amor vale la pena.
jueves, 2 de julio de 2015
Los paseos con la abue
El sonido de vajillas moviéndose la empezó a
despertar.
Había dormido perfectamente, siempre disfrutaba de
la esponjosa cama de su abuela. Al abrir los ojos pudo ver a la abue
acercándose con su sonrisa celestial.
-Buen día mi amor, ¿te
voy haciendo la leche?
-Hola abue, si. ¿me
haces una chocolatada?
-Bueno. Le digo a
tu abuelo que te compre unas facturitas mientras vos te vestís. Contestó la
abue con voz satisfecha.
La abue acarició la cara de su adorada nieta mayor y
se fue a calentar leche.
Pupi ya tenía trece años, pero seguía yendo de su
abuela a dormir como cuando era más pequeña. Cada vez que iba, era como ir de
vacaciones, que le dieran todos los gustos, todos los mimos posibles.
Luego de tomar el exquisito desayuno, se pusieron a
charlar.
-Carlos - dijo la
abue con cara seria- ¿te olvidaste que a la nena le gustan las facturas de
dulce de leche?.
El abuelo la miraba sorprendido desde la punta de la
mesa.
-Me pensé que
quería de crema, si querés voy a comprar más
-No abuelo, no hace
falta – dijo Pupi entre risas –
-Dejá que ahora
vamos a hacer los mandados y si nos dan ganas compramos. Dijo la abue sin dar
tantas vueltas.
Así la abue cerraba la charla. No andaba con
titubeos, era una mujer fuerte y decidida. Ella podía ser muy prohibitiva a veces,
pero tenía mucho amor para dar.
Hacer los mandados no era específicamente eso, era
un verdadero paseo por las nubes. Mientras se preparaban para salir, el corazón
de Pupi se llenaba de júbilo, como una flor cuando se abre ante los rayos del
sol.
Primero, la abue buscaba el bolso de rayas rojas,
Pupi tomaba nota de las cosas por
comprar. Luego emprendían el recorrido por los negocios del barrio. Aunque los
negocios y la gente ya eran conocidos, cada paseo era único e irrepetible.
El pasillo que había que atravesar para salir a la
calle, siempre había tenido esa calidez que pocos pasillos tienen. Era una
especie de sendero florido, bastante ancho para ser pasillo, bastante angosto
para armar una mesa y comer allí en navidad. A pesar del tamaño, el pasillo era
el escenario de algunas fiestas, muchos juegos y guerra de bombuchas cuando era
carnaval.
Pero había algo mejor. El pasillo escondía una de
las mayores satisfacciones de Pupi: con un palito de escoba rozaba los
agujeritos de la pared para que se asomen las arañas. De generación en
generación se iba transmitiendo el juego de molestar a las arañas, porque había
distintas técnicas para hacerlas salir de sus cuevas. Solo los mayores, que tenían
más experiencia, se animaban a meter palitos en las cuevas grandes. Podían
pasar horas enteras tocando cada uno de los agujeritos hasta que las arañas
salían y allí se armaba el desparramo, todos corrían gritando y riendo como
locos.
El trayecto hacia la zona de los negocios no era muy
largo pero les llevaba horas enteras. Iban a paso lento, saboreando cada
baldosa. En si misma, la baldosa no hacía el cambio por supuesto, la cuestión se volvía
mágica porque estaban juntas. Tomadas del brazo, contemplaban el entorno que
parecía sonreírles, como si el barrio les diera una gran bienvenida llena de ruidosos
aplausos.
No se podría decir cuánto tiempo llevaba hacer los
mandados, pero es seguro que mientras Pupi lo vivía, tenía la impresión de que el tiempo se expandía como un abanico, labrando hermosos recuerdos.
La abue paseaba por las callecitas portando su
mirada orgullosa, y de cuando en cuando profería alguna crítica sobre un
vecino, o sobre los productos de algún negocio.
Ambas charlaban acaloradamente
entre un vecino y otro que se acercaba para saludar. Aunque los vecinos ya
conocían a Pupi, la abue siempre repetía por las dudas, para que nadie lo
olvide: “esta belleza es mi nieta mayor”.
Vaya a saber porque se amaban tanto, una abuela con
su nieta. En el barrio sabían de la magia de ese dúo que caminaba por las
calles con total encanto y gracia.
La abue sentía que Pupi embellecía las calles con su
hermosura, y Pupi sentía que la abue era una reina querida y admirada por
todos. Sabían que hacer con el tiempo, cuando llovía, sabían de que hablar en todo momento,
sabían estar juntas.
Una vez terminados los mandados, comenzaba la hora
de cocinar.
Pupi nunca dejó de sorprenderse ante la habilidad y destreza de su
abue para la cocina, le resultaba asombroso que un bollo dentro del bolso con
rayas se transformara en un suculento almuerzo.
Pero hasta el día de hoy, Pupi no puede discriminar
que era lo que más disfrutaba de su abue, es que con ella todo era mágico e
imprescindible.
Tal vez, nunca se sepa porque se amaban tanto una
abuela con su nieta. Es como si Pupi le hubiera preguntado a su abue por que le gustaban tanto las rosas...
Tal vez no exista una única razón. Es lo que ocurre con las cosas más interesantes de la vida, y más aún si estas cosas son cosas mágicas.
Tal vez no exista una única razón. Es lo que ocurre con las cosas más interesantes de la vida, y más aún si estas cosas son cosas mágicas.
La dama de blanco
Si seguía leyendo probablemente terminaría
desmayada. El grado de estupor fue tal que luego de guardar el montón de cartas
en el cajón, seguía viendo el nombre de quién firmaba las cartas, “Florencia”,
una y otra vez.
Sabía que ese cajón escondía algo importante que
Matías no había querido mostrar. Sabía que la relación, que tan bien andaba, se
iba a empañar con algo, solo era cuestión de tiempo.
Había leído muy rápido, pero lo fundamental quedó
amarrado en su memoria. Decir que estaba celosa era poco, más bien estaba ida,
tenía una furia insólita en ella.
Tan terrible era darse cuenta que otra mujer había
tenido a su amado… Que ingenuidad pensar que era solo para ella. Lo más
punzante fue pensar que no era suficientemente bella, inteligente, adinerada
como la tal Florencia, por lo que su letra dejaba traslucir, era una mujer
perfecta para su novio. Incluso no podía imaginarse las razones que motivaron
la ruptura entre ellos.
Se paraba y se sentaba, giraba y luego caminaba de
un lado al otro, tenía unas ganas imperiosas de irse de ahí, pero primero
debería llegar su novio, abrirle la puerta. Se suponía que dedicaría esas dos
horas al estudio…
-Que haces amor, ¿todo
bien?. Dijo Matías al llegar, con la menor preocupación.
Soledad no podía ya aguantar sus emociones dentro
del cuerpo
-No, todo mal,
encontré las cartitas de tu amada. Se ve que las guardaste, ¡por algo será!.
-¿que cartas? ¿Que
amada?
-No te hagas el
desentendido, tenes un monton de cartas de amor, fotos y esas cosas en el
último cajón. Abrime la puerta que me voy.
-Ahhh… ¿las cartas
de Florencia?. Pero eso fue hace mucho tiempo linda, las guarde como recuerdo,
nada más.
-Bueno, te la hago
cortita: o tiras las cartas o no me ves nunca más.
Matías se rio con cierto nerviosismo. Le gustaría
conservar esos papeles porque Florencia lo había acompañado en muchas
experiencias. Pero la expresión de Soledad, le indicaba que solo había una
opción.
-Bueno, no hay problema.
Las tiro todas. Ahora las tiramos a la basura.
Soledad respiró más fácilmente. Por un lado, fue una
respuesta que le gustó escuchar. Aliviada, empezó a bajarle la temperatura. Era
lo que había que hacer, pero tal vez era un poco injusta.
Matias podría ir a su casa y revisarle la caja
verde, que más que verde era la caja negra. Allí guardaba algunos diarios en
donde relataba sus historias de amor con distintos hombres. Si llegara a ver
todo eso, de seguro quedaría sola.
Después de todo, las de Florencia eran cartas
inocentes excepto una, una que estuvo a punto de provocarle una descompensación
estomacal.
Luego de tirar la bolsa llena de cartas a la basura,
se despidieron con un beso.
Dispuesta a tomar el colectivo rumbo a su casa, una
corriente nerviosa comenzó a recorrerla íntegramente. Porque algunas cartas, no
había podido leerlas y lo mejor sería leerlo todo, saber detalles, fechas.
Podría averiguar más de Florencia, donde vive, que hace y esas cosas.
A lo lejos, y entre los hilos de sol que se le escabullían
a través de sus lentes, vio acercarse el colectivo que tenía que tomar. Desde
la parada, podía ver aún el volquete en donde habitaban las cartas y esos
segundos resultaron tortuosos, porque quería correr hasta el volquete, sacar la
bolsa y llevársela a su casa para hacer una especie de autopsia, investigación
del pasado amoroso de Matías. Pero Soledad no era una loca, tenía dignidad
suficiente como para evitar meterse dentro del tacho de la basura.
El colectivo ya estaba a sus pies, y con una mirada
parecida a la de un niño que observa el juguete que desea a través de la
vidriera, se despidió de la bolsa de cartas.
De inmediato abrió el cuadernillo de anatomía para
avanzar un poco, ya que había perdido toda la mañana revisando los cajones de
Matías, una verdadera tontería si lo pensaba dos veces.
Al cabo de algunas semanas, la tormenta había
pasado, Las cosas volvieron a la normalidad y el buen trato entre ellos. Nuevamente
gozaba de esa comodidad que solo la costumbre puede brindar.
Los celos se apaciguaron y siguió su vida sin mayores
molestias.
Esa noche se había dormido enseguida, sin leer ni
mirar nada. Después de cursar tres materias en la facultad, llegaba tan cansada
que no había preámbulos para dormir.
A mitad de la noche, un ruido tosco la despertó,
como un golpe.
Entre las sombras, sobre la puerta de su dormitorio,
se esbozaba una silueta que le costaba determinar con la vista. Para
cerciorarse de que estaba despierta, se incorporó en su cama.
La silueta comenzaba a tener contornos más nítidos,
de color blanco brillante, se dejaba ver una mujer alta, de pelo largo y lacio
que la miraba fríamente.
Muy asustada, comenzó a temblar. No se animaba a
dirigirle una palabra, era intimidante. La mujer de hermosas curvas llevaba un
vestido largo, tenía todas las características de un vestido de novia que se
movía lentamente como si alguien lo estuviera soplando.
Ya no podía pensar con claridad, solo quería que esa
dama de blanco dejara de mirarla fijamente. Temía que al estirar el brazo para
prender la lámpara de metal, la dama avanzara hacia ella para matarla.
Disimuladamente con la destreza de un cirujano, comenzó a estirar su brazo para
apretar la perilla de la lámpara, tratando de no mover ninguna otra parte del
cuerpo.
Lo último que vio antes de que la luz se encendiera,
fue que la mujer era transparente, a través de ella podía ver la puerta de
madera.
Al llegar la luz, la dama ya se había ido.
Apretando los labios pensó <ella es Florencia>.
Después de eso, ya no podría volver a conciliar el
sueño. Con la luz encendida y el cuerpo inmóvil, tuvo que prometerse a sí misma
que jamás volvería a revisar cajones ajenos.
Cerca de Dios
Cerca
de dios
“Dios es un concepto por medio
del cual medimos nuestro dolor”
John Lennon
No soy religiosa. Las religiones exigen un
compromiso que nunca pude tomar. De chica fui a catecismo y tomé mi primera
comunión, pero de ahí en adelante no mantuve un contacto con la iglesia.
Sin embargo, esos aprendizajes de mi infancia han
dejado su resto, cada vez que siento ganas rezo, cuando me siento sola o triste
sobre todo.
Recuerdo cómo retumbaban las voces en la iglesia,
algunos jóvenes cantando canciones con hermosa melodía y al párroco elevando
sus manos hacia el cielo.
De chica tenía un saber teórico sobre la biblia,
sobre dios. Incluso después, no había tenido un momento o una situación en
donde dios se hubiera vuelto palpable de alguna manera. Era una entidad
superior que lo veía todo. Con esa concepción viví muchos años hasta que
descubrí lo que era estar cerca de dios.
Nunca estuve más cerca de dios que en aquel momento
cuando Victor tomó mi mano y la sostuvo entre las suyas, por algunos minutos
que parecieron años.
Eso, abrazarlo era como estar cerca de dios porque
con él, podía ver mi vida desde arriba, porque todo era claro y luminoso con
él.
Lo conocí de la forma más común y menos romántica
que existe: en un ómnibus. Su caballerosidad me dejó perpleja, no estaba
acostumbrada a ser tratada de esa manera. Desde ese momento en que Victor tomó
mi mano, supe que era mi turno de ser feliz.
Reconozco que tenía ansiedad por contarle a todo el
mundo que estaba de novia. Es que nunca había presentado a nadie, y mi familia
pensaba cualquier cosa sobre mí. Para esta altura (veintiocho años) se supone
que debería tener novio, pareja o algo. A mí no me gustaban las mujeres,
simplemente no había tenido la suerte de cruzarme con Víctor.
Lo nuestro fue a primera vista, y quería gritarlo a
los cuatro vientos.
Cuando empecé a informar de mi situación
sentimental, pude notar cierta envidia. Hasta mi madre se puso un poco celosa,
no le gustaría que abandone la casa porque quedaría ella sola con papá. Al
menos eso dijo.
Lo que pasaba era una convergencia entre él y yo, porque
mi alma se ponía enfrente de la suya, algo así como una fusión que jamás había
experimentado.
En vez de ser algo pecaminoso, profano, fue lo más
sagrado y sublime que pude experimentar en toda mi vida. Fue la experiencia más
completa que he vivido.
Todos los elementos parecían armar un cuadro nuevo
que no podía dejar de contemplar. En vez de ser dos cosas antagónicas que se
juntan, eran dos deseos que chocaban arrastrando todo a su paso.
Dos amores, dos emociones, dos recuerdos…y eso atraviesa
la vida y la conmueve seriamente.
Tuvimos varios momentos de este tipo, encuentros
únicos, uno atrás del otro, como si se tratara de recuperar el tiempo perdido.
Él tampoco había conocido algo igual.
Yo que siempre quise ser su estrella, su sueño, su
pensamiento, hoy la vida me lo devuelve con su presencia, sus declaraciones y
señales de todo tipo.
El universo emite señales constantes para que no me
equivoque de rumbo, el universo me exige que le haga un lugar a esto de una vez
por todas, es un deber.
Por más que Victor sea algo mayor, es el hombre que
amo. Amor de película, amor de mi vida…el es tan…es tan…es tan para mí.
No quiero pensar en lo que pasó ayer.
Estoy segura de que fue un error. Tal vez, estaba
algo mareada y vi cosas que no son reales. De chica una maestra me había dicho
que yo tenía tendencia a imaginar mucho.
Yo salía del trabajo y emprendía el regreso a mi
casa. No me di cuenta de que estaba caminando por “nuestra” cuadra, la calle en
donde nos conocimos.
De repente lo
vi a Victor en la vereda de enfrente. Y claro, lo saludé estirando mis brazos y
gritándole ¡Hola mi amor!. Pero él no respondió. Giró su cabeza y aceleró el
paso.
Me quedé atónita, no fue porque no me contestó (él
suele hacer eso), si no porque estaba acompañado de una bella mujer rubia de
pelo largo que llevaba un cochecito doble, para mellizos. <Será la hermana o
la prima>, pensé.
Pero cuando vi que ella lo tomó del brazo, entre una
caricia y otra, quedé estupefacta. Comencé a gritarle, tuve que empujarlo para
que reaccionara.
-¿Se puede saber
que haces con esta?
-Perdoname, pero yo
no te conozco. Te pido más respeto porque ella es mi mujer- Dijo Victor
sorprendido.
-Como que no me
conoces, si somos novios hace seis meses.
La mujer de Victor, comenzaba a impacientarse hasta
que tuvo que intervenir
-Victor,¿vos me
engañas con ella?
-Pero no mi vida, ¡esta
chica esta loca!. Nunca tuvimos nada. La vi una sola vez.
Dijo Victor rápidamente.
Analía lloraba y no podía entender lo que ellos
decían.
-Victor, ¿te acordas
cuando nos conocimos?
-Si claro, yo te
ayudé a subir al ómnibus porque vos tenías un yeso en la pierna y te costaba.
-Ay! Que bueno que
te acordaste. Si, fuiste tan caballero… sos mi gran amor.
-No, mirá, yo soy
un caballero pero no soy tu enamorado. Me parece que te confundiste. Entre vos
y yo, no hay nada y nunca lo hubo.
Victor no sentía nada por ella, solo se habían
cruzado en un ómnibus y él la había ayudado a descender. Ella había leído todo
a su gusto. Hacia encajar cada señal en un sistema perfecto.
<Volvieron las
alucinaciones. Estoy imaginando que él está engañándome con otra>, pensé
mientras me alejaba de la escena para que se calmaran las aguas.
Pero sabía que no me tenía que poner a pensar en eso
que pasó ayer, ahora me siento triste. Ya no sé cuál es la verdad, necesito
dormir un poco. Cuando me despierte voy a ver las cosas más claramente.
Seguro que Víctor recapacita y me viene a buscar, yo
sé que me ama de una forma superior. Y a esa rubia, le conviene que vaya
desapareciendo…
Sigo pensando que todo lo que estaba desagregado se
fue juntando para formar algo superior, ¿no es esta una forma de estar cerca de
dios?.
El péndulo
“…mi estrategia
es que
un día
cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites”.
Mario Benedetti.
Táctica y Estrategia.
Luego de colgar el teléfono con cierta violencia, se
recostó en el sillón por un buen rato. El sol de las seis de la tarde emprendía
su lenta retirada, y volver a escuchar esa música nunca era buena idea.
Que sonara el teléfono otra vez, para escuchar esa
voz que era una música a medida. Música que solía dejarle un sabor amargo.
¿Demasiado?. Nunca bastaba, entonces ¿cómo podría ser demasiado?.
Lo cierto era que él no cantaba ni en la ducha, era
ella la que transformaba palabras vacías en palabras llenas; un dicho como
cualquiera era escuchado como canción de amor.
Ella proyectaba sus mayores sueños en ese cuerpo, y
era la altura que alcanzaba la satisfacción lo que le provocaba semejante
miopía a partir de la cual todo lo demás resultaba mediocre.
No era fanatismo, ya no tenía edad para esas
tonterías.
La situación emocional consistía en un
descubrimiento, como eso que uno siente al encontrar un papelito adentro de un
bombón que dice “deseo cumplido”. Como los bombones, toda satisfacción por más
intensa que sea tiene su fecha de vencimiento. Que las letras sean pequeñas no
implica que no sean legibles.
Normalmente era una persona activa, para no decir
hiperactiva. Pero los altibajos, las preguntas y esa intuición empecinada
terminaban por consumir la mayor parte de su energía.
Fervientemente, pensaba que con él estaba arriba y
que sin él estaba abajo. Down, bajón, mediocridad de estar abajo.
A la vez que quería la paz mundial, también quería
una guerra. Odiaba esa patética postura que había tenido que asumir. Postura de
loca, loca de amor digamos. Por más inteligente que hubiera sido antes, era
seguro: ya no estaba en sus cabales.
Todo el mundo podía observar cómo su discurso
trastabillaba incansablemente, como le había dicho la tonta de la amiga de su
hermana “Ay Mari! ¡No parás de hacer lapsus!”. <¡Quién se cree que es!, aparte no tengo la menor idea de lo que es un
lapsus>, pensó al fruncir el ceño. Tampoco le quedaba ánimo como para
saber que era un lapsus y porque le pasaba eso. Como si pudiera cambiarlo…
Mari lo reconocía con resignada aceptación: su vida se
regía por un movimiento pendular que, como todo péndulo, no iba para ninguna
otra parte que a un lado o al otro.
Conocía muy bien lo que era estar en la tierra y en
el cielo, en un lado o en el otro era lo mismo. Porque el dialogo siempre
empezaba y terminaba de la misma manera, con la misma abertura hacia lo
indefinido, esa indeterminación patética.
-Ya lo sé, y
¿entonces?, ¿A vos que te pasa conmigo? -Insistía Mari, como siempre.
-Nada. O sea,
te quiero pero vos te mereces algo mejor que yo -Contestaba él como si le
hablara a una pared de vidrio.
-Pero yo te
amo, Leo -Ella sentía que lo amaba a pesar de todo. Su cuerpo se iba aflojando
con cada palabra de Leo.
-Alejarnos es
lo mejor para todos.
Con esas últimas palabras, Leo sellaba toda
posibilidad. Y sucedía, Mari rompía en llanto y pensaba que jamás se
recuperaría de ese pesar. Como cuando el médico se dirige a la familia
expectante de un enfermo y profiere esas temidas palabras “hicimos todo lo
posible, pero no hubo una respuesta favorable y ya nada se puede hacer”.
Este diálogo resonaba en su cabeza como un dictamen
absurdo y sádico. Retornaba, una y otra vez sin que tuviera control alguno
sobre esto. La voz de Leo aparecía como de repente mientras ella hacía las
típicas cosas que hace cualquier persona, y así podía escuchar algunas palabras
dichas que no lograba entender.
La cuestión es que ya era una mujer grande, no podía
estar en su casa parasitando a causa de su amor.
Para recuperarse rápido la técnica de recordar solo
lo que conviene siempre daba sus frutos. Mari se quedaba con ese mísero “te
quiero” que había salido de la boca de Leo. De esa forma podía seguir con sus
actividades normales.
Esas contestaciones de él, la frase sentencia “ya
fue”, eran un alambre de púa incrustado en su destino. Siempre fue partidaria
de las cosas simples y los juegos de mente, pero esto ya era el colmo.
Por algo sería, que Leo disfrutaba mucho de jugar al
truco, claro estaba: era un excelente jugador de la mentira y la apariencia.
<Hubiera
jurado que me quería, que buen actor>. Volvió a pensar Mari. <Deberían
darle una medalla por venderse tan bien y relacionarse con los demás mostrando
su carisma. Ángel, dicen. Tiene ángel>.
De Mari, no decían lo mismo. De ella decían que era
divina e inteligente.
Ya era hora de levantarse del sillón, si llegara a
quedarse allí por más tiempo terminaría hundida entre los almohadones.
De un solo golpe se puso de pie, y hasta le pareció
divertido marearse un poco. Mientras buscaba la toalla para refugiarse en una
ducha caliente, no pudo evitar pensar que tal vez todo salió mal porque ella
era una mujer demasiado verdadera. La cuestión irremediable era que no tenía
ángel.
La obviedad caía por su propio peso, el hecho de ser
una mujer divina, inteligente y bella, no le alcanzaba para poder estar con
alguien como Leo; del cual se dice “tiene ángel”.
-¿Quién es la
mujer que puede estar con alguien así?. ¿Existe?, ¿Quién es?. Si supiera quién es la mataría- dijo
murmurando.
La realidad volvió a tomarla entre sus cuerdas
afinadas y pudo decir en voz alta:
-No, esa mujer no existe. La mujer que parece completa, enseguida deja
de causar efecto. Porque detrás de esa aureola angelical, maternal ¿que hay?:
hay nada.
Mari se iba acostumbrando a los cambios de humor
cada día más, pero más que estar enojada con Leo, estaba furiosa consigo misma
por haber caído. Fall in love…sin
poder levantarse de nuevo.
La carta, que pretendía ser la última que le
escribiría a Leo, fue pensándola mientras se enjuagaba el pelo lleno de crema.
El aroma de frutas del acondicionador de pelo la conectó con sensaciones de paz
y voluptuosidad.
Ni siquiera pudo cambiarse, ya que tuvo que correr a
la computadora para escribirle:
Te
espero en las profundidades de la vida. Debajo del universo, los relojes y las
brújulas; donde es imposible distinguir entre el día y la noche, el frío y el
calor. Aquí abajo no hay tiempo, solo hay imagen. Una imagen que aparece por
impulso entre mis ojos, horus de ensueño. La imagen en donde estoy de espaldas
a mi misma y vos me abrazas tan fuerte que ya no se puede imaginar nada después
de eso. Tan cerca que podía sentir los latidos de tu corazón galopar sobre el
mío, con insistencia y osadía, como invitándome a bailar su ritmo.
Pero
yo no soy así, soy más lenta, menos apasionada, más constante. Vos necesitas a
alguien que se lleve bien con los bordes del abismo, y pueda convivir con la
vida y la muerte, que pueda soportar ser amada sin ser deseada.
La misma corriente cálida que la había obligado a
escribirle la llevó a presionar Enter. Vio que la casilla de e-mail le daba una
última oportunidad para redimirse y deshacer el mensaje enviado, pero no pudo.
De modo que lo envió sin animarse a leer lo que ella misma había escrito. Era
una carta de despedida. <Que sea lo
que Dios quiera, seguro tiene razón y
no podemos estar juntos. Lo mejor es que me olvide de todo esto>, pensó.
Con un aire triunfante y decidido, apagó la
computadora e intentó localizar su camperita negra entre todas las cosas que
había en el perchero.
Por fin se sentía capaz de superar esa mala experiencia
y empezar de cero, con otra actitud esta vez. Su mirada sería positiva a partir
de ahora.
-El se lo
pierde- dijo con un todo socarrón mientras se recogía el cabello.
Antes de salir, dio un último vistazo al espejo.
Todo parecía estar en su lugar. Su mano tuvo que alejarse del picaporte cuando
comenzó a sonar el teléfono.
Sin pensar en nada, atendió con prisa:
-Hola
-Hola Mari,
¿podes hablar?- Dijo Leo con voz de niño inocente.
Mari no podía creer lo que le estaba pasando. Su
castillo de suerte se deshacía ante sus oídos.
-No, Leo, ya
fue. Dijimos que no podemos estar juntos ¿o no?
-Si pero yo te
extraño.
-Ya lo sé, y
¿entonces? ¿A vos que te pasa conmigo?-Insistía Mari, como siempre.
-Nada. O sea,
te quiero pero vos te mereces algo mejor que yo-Contestaba él como si le
hablara a una pared de vidrio.
-Pero yo te
amo, Leo. ¿Por qué no lo entendés?-Ella sentía que aún lo amaba. Su cuerpo
parecía desarmarse de a poco.
Luego de un silencio, Leo profirió sus líneas:
-¿Sabes qué?,
discúlpame por haberte llamado. Creo que alejarnos es lo mejor para todos.
Mari colgó el teléfono y se sacó la camperita negra.
Necesitaba sentarse un momento en el sillón para recomponerse. Pero no
permanecería allí por mucho tiempo, o terminaría sepultada entre los resortes y
los almohadones color crema.
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