miércoles, 16 de mayo de 2012

Grandes amores: "You must remember this..."

En la canción “As time goes by” con la que F. Sinatra nos deleita se habla de esos amores que sobreviven a medida que pasa el tiempo.
Nadie se atrevería a decir que el tiempo no es un punto fundamental si de amores se trata. Y sobre todo si hablamos de amores imposibles.
Actualmente muchas parejas realizan consultas psicológicas o comienzan una terapia. Podemos decir que el malestar que trae la pareja se formula como “sobrevivimos juntos” y consultan porque prefieren vivir en vez de sobrevivir, ya no se pueden quedar en el conformismo diciendo “es lo que hay”. Hay parejas que sobrevivieron a diferentes cataclismos pero vivieron juntos pocos momentos.
Haciendo algunas distinciones, vivir en pareja no es lo mismo que sobrevivir en pareja. En el primer caso existe la creación de una vida de a dos, y en el segundo caso hay dos personas que viven su vida individualmente aunque compartan vivienda, responsabilidades, momentos, etc.
Por otra parte, mientras que el vivir habla de movimientos, el sobrevivir implica cierta detención e inclusive automatismo. Cuando el amor se vive hay diferencias pero cuando el amor se sobrevive, cada día es más de lo mismo. Las parejas suelen decir que su problema es la rutina y por eso querrían prescindir de ella, solo que en la rutina no radica la verdad del asunto. Lo que le permite a una pareja sostenerse en el tiempo no es la anti-rutina sino la estabilidad. 
La estabilidad está hecha de otros ingredientes que van más allá de lo rutinario, está hecha de las respuestas que la pareja construye a tres grandes interrogantes: ¿de dónde venimos?, ¿qué somos? y ¿adónde vamos?. Entonces, la historia, el compromiso y los proyectos hacen del amor una pareja. De acuerdo a las respuestas posibles, puede haber amor sin pareja, pareja sin amor o amor en pareja.
Si bien la canción de Sinatra es muy bella, allí no se habla de pareja. Allí se habla más bien de un amor que sobrevuela el paso de los años sin ser vivido. Una pareja hace algo con el amor: lo vive día a día, habiendo algunos días mejores que otros. Tal como dice la canción, en la pareja se trata de “hacer o morir”.
Otro de los obstáculos que muchas veces enturbia las relaciones de pareja es el ideal en donde queremos ubicar a nuestro compañero. Este ideal de relación amorosa, es “de película” como no podría ser de otra manera. Este amor casablanquesco es un amor que perdura en el tiempo aunque los amantes nada pueden hacer con él. La película “Casablanca” nos muestra que el amor realmente se vive cuando involucra una apuesta al día a día. Vale aclarar que la apuesta en cuestión implica ceder algo, y lo que los amantes deben ceder en principio son sus ideales, solo esto permite salir de la ilusión y compartir realidades con otro.
Grandes amores no son los que no pudieron ser (los famosos amores imposibles), sino aquellos que nos permiten vivir grandes cosas que habitan en lo cotidiano. Por eso, a medida que pasa el tiempo, hay que seguir a J. Cortázar y no usar relojes.

lunes, 14 de mayo de 2012

¿Que es un psicoanalista?

S. Freud nos ha brindado las bases del Psicoanálisis considerándolo un método que sirve a los fines de investigación y cura. Como practicante de este método, el psicoanalista debía cumplir con ciertos requisitos teniendo principal importancia el análisis personal. Luego de Freud, la IPA (Asociación Psicoanalítica Internacional) estableció cierta estandarización en la formación, que autorizaba a practicar el psicoanálisis a quienes cumplieran con los tres pilares de: análisis, supervisión y  formación teórica en forma cronometrada.
J. Lacan abrió al cuestionamiento sobre nuestra práctica proponiendo el concepto de “deseo del analista”, deseo enmarcado en una ética diferenciada en relación a otras propuestas terapéuticas. Asimismo afirmó que la “autorización” partía del analista y no de alguna entidad oficial y burocrática. Con la creación del “pase”, Lacan intentó remarcar la importancia del reconocimiento por parte de la comunidad de analistas aunque se corría riesgo de caer en la misma universalidad y arbitrariedad que se le había criticado a la IPA, porque ¿con cuales criterios un grupo de psicoanalistas escuchaba el testimonio de una experiencia?.
Para responder a la pregunta “que es un psicoanalista”, habría que partir de que el acto psicoanalítico es un acto de fe, fe en el saber inconsciente. El acto psicoanalítico no es impulsado por el furor de curar o por el diagnóstico, sino que exige un respeto por la letra y la singularidad de cada caso.
A propósito de las intervenciones analíticas, Freud mencionaba la necesidad de “tacto”, de paciencia por parte del analista que debía esperar el momento justo para intervenir. Es así que el tacto depende de la escucha y del estilo. Definir cuándo y cómo el analista vehiculiza un acto no es una cuestión de teoría acumulada o intercambio con colegas sino que se trata de ocupar un lugar: la posición del analista. La posición del analista es la posición del inconsciente, lo cual solo se logra gracias al análisis personal. No hay escucha eficaz desde otro lugar que no sea el lugar de un sujeto deseante.
Ahora bien, el deseo del analista se define por ser un deseo sin yo, es por eso que el analista se permite dejar de ser alguien para que un sujeto pueda aparecer. Por esta razón, ocupar un lugar no produce una juntura con el ser, creer que uno es psicoanalista suele provocar confusiones y disparar el despliegue del personaje imaginario que viste o habla de determinada manera, que analiza a medio mundo fuera del encuadre correspondiente. Hacer psicoanálisis es asumir una función vaciada de “yo soy”, lo cual no le impide al analista apropiarse de un estilo.
Por otro lado, el analista elige apostar a un discurso que denuncia lo que de nuestra época afecta al sujeto. En este sentido deberá tratar constantemente con lo que no anda en los lazos sociales, y lejos de querer normativizar a la gente enseñándole a vivir, el psicoanalista hará un lugar al sujeto por medio de la escucha con el fin de que encuentre vías de satisfacción más interesantes y menos dolorosas.
En resumen, nuestra capacidad de orientación en la práctica depende de la agudeza, el compromiso y la ética con la que cumplimos nuestra función. Un psicoanalista conoce el método gracias al análisis personal, conoce la estructura gracias a la teoría y reconoce su práctica gracias a la supervisión. Así descubre su estilo.
El Psicoanálisis mismo pone en jaque toda verdad que se pretenda absoluta y generalizable, por este motivo cuanto más cuestione su propia práctica, más precisión encontrará el psicoanalista en su saber-hacer.

jueves, 19 de abril de 2012

NUNCA MÁS...


Si consideramos la enseñanza de contenidos en la educación primaria y secundaria, vemos que solo recientemente comenzó a tratarse el tema del golpe militar, el genocidio, el terrorismo de estado en nuestro país.
En los últimos años hubo una necesidad de retomar la causa, el origen, la búsqueda en lo que atañe al golpe militar del año 76. Esta salida del oscurantismo del gobierno de Menem puede pensarse como un verdadero renacimiento de la idea de justicia con efecto retardado.  
Históricamente hablando, siempre se trató del poder, quién lo ejerce sobre otros posee territorios, bienes, status social. Las Naciones Unidas han regulado en parte (oficial y diplomáticamente digamos) lo que Freud llamó “pulsión de muerte” en el ser humano, este empuje por aniquilar al semejante que testimonian las guerras mundiales. Pero vemos que la famosa pulsión de muerte freudiana como un principio de descarga a cero es el pan nuestro de cada día bajo todas las formas de delincuencia y excesos que afectan los lazos sociales.
Podríamos situar algunos momentos cumbre de abusos del poder en la historia de la humanidad: la llamada colonización que desencadenó la muerte de las culturas precolombinas, el avance del Ku Klux Klan,  el genocidio impulsado por A. Hitler, el golpe militar como terrorismo de estado en la Argentina. Pero ¿que se quiere decir cuando se dice “nunca más”?.
Nunca más el abuso por parte del estado, nunca más la expropiación de libertad, nunca más el sometimiento a ideales ajenos, nunca más el silencio, nunca más la tolerancia frente a lo inadmisible para vivir en sociedad, nunca más la eliminación de lo diferente, pero fundamental: nunca más la repetición.
Esto resulta fundamental en el trabajo de todo psicoanalista, se trata de que el paciente deje de repetir. Se intenta apuntalar el recuerdo y la elaboración de aquello que retorna como repetición ciega.
Freud afirmaba en “Psicología de las masas y análisis del yo” que la psicología individual es psicología social por el hecho de que un individuo se constituye en permanente relación con los otros.
La sociedad argentina está recordando y elaborando la época oscura de los años 70 para que nunca más se repita algo igual. Todo aquello que se repite pertenece a una dialéctica del amo y el esclavo, corresponde a algún tipo de prisión física o psíquica. Muchas veces repetimos sin saberlo, creyendo que “es así” cuando en realidad la repetición señala algo que fue o que no pudo ser, pero nunca señala algo que efectivamente es. Podría decirse que todas las víctimas del golpe militar fueron subversivos?.
Ese fragmento de la historia que vuelve una y otra vez en acciones, sueños traumáticos o síntomas es algo que no encaja en la memoria.
A veces escuchamos cierto anhelo social de volver a la cacería de brujas, quemar a todos los delincuentes, matar a los asesinos, violar a los violadores… pero vemos que nunca se trata de venganza sino de memoria, justicia y verdad.
En conclusión, decir “nunca más” es comprender que nadie tiene el poder de arruinarnos la vida a menos que se lo otorguemos. Al final descubrimos que el silencio es una forma de sometimiento que es necesario dejar de elegir para encontrarse con la verdad.

sábado, 7 de enero de 2012

Fantasmas



"Un oscuro secreto amor, una antigua noticia por nadie confirmada, que sola continúa y pesa; el vino hace su tiempo, la distancia se puebla de construcciones memorables". J. Cortázar. Salvo el Crepúsculo.

Los fantasmas (del griego “aparición”) en el lenguaje común se refieren a las almas errantes que se manifiestan en el mundo de los vivos. En las películas de terror suelen aparecer todo tipo de fantasmas, y a pesar de las diferencias, todas las tramas tienen un punto en común: el protagonista descubre la historia del susodicho espíritu inquieto que de manera más o menos turbulenta comienza a dar señales de presencia. Es así que se trata de seres que han quedado a mitad de camino por dejar cosas inconclusas, porque hubo un crimen de por medio o porque no se realizaron los ritos de sepultura correspondientes.
En las películas de terror como en la vida, vemos que cuando algo queda inconcluso comienza a hacer estragos. Eso que no se ha terminado, que por lo general no se ha entendido del todo, retorna para hacerse escuchar.
Algo que es muy común en el terror japonés, es la repetición de la escena traumática, una y otra vez sin que haya un corte, un cierre. Queda en manos del protagonista poner un fin a la serie que se repite sin cesar e invade el terreno de los vivos. Otro aspecto fundamental del fantasma es el tiempo, que viene a ser un perpetuo presente que se eternifica por medio de la repetición. Cambian las situaciones pero no la lógica.
J. Lacan elaboro el concepto de fantasma para dar cuenta de una argumentación lógica que comanda la relación del sujeto con su deseo. En términos generales, la función de los fantasmas es doble: por un lado asustan, por otro lado sostienen cierta realidad en la que creemos. Realidad siempre construida con diferentes materiales tales como cosas vistas, palabras oídas, interpretaciones.
Puede decirse que el fantasma es una máquina de “verdades”. La verdad que encierra el fantasma es singular, y se esconde detrás de un velo, una pantalla, aparece y de repente desaparece, pero siempre está. Cuando aparece nos asusta, pero cuando desaparece sostiene todas nuestras creencias, es la realidad psíquica. Esta doble cara del fantasma facilita un abanico de variantes a la hora de entender las cosas, las relaciones, los proyectos, la propia identidad. El fantasma también escribe la forma en que disfrutamos o sufrimos. Esto sucede por la sencilla razón de que se trata de un argumento armado por el sujeto, es una respuesta a una pregunta. El fantasma revela la forma en que el sujeto pudo responder frente a aquello que no tiene respuesta, por eso el fantasma muestra una escena imposible.
Volviendo a las películas de espíritus, vemos que el fantasma puede ser tocado y no sufre ninguna alteración. La única forma de que los espíritus descansen en paz es si los atravesamos por completo conociendo su historia. Es en éste momento cuando el velo cae. Eso a lo que más le temíamos se quita el disfraz y que hay debajo: nada. Detrás del velo está el vacío.
Podemos decir que el fantasma es una ficción que cuando se atraviesa deja de asustar y permite producir.


jueves, 24 de noviembre de 2011

Acerca del cambio: salir del molde




"No importa lo que la historia ha hecho con el hombre, sino lo que el hombre hace con lo que la historia ha hecho de él". Sartre

Detrás de toda consulta psicológica existe un malestar y un hastío frente al más de lo mismo.
Del psicoanálisis en particular y de la psicología en general pueden decirse muchas cosas pero básicamente una terapia es una puerta abierta al cambio.
El deseo de un cambio es lo que modula el tránsito por un análisis. Análisis de aquello que aqueja, molesta, angustia o inhibe. A mayor necesidad de cambio, mayor facilidad para sostener un proceso terapéutico. Y proponerse “hacer un análisis” es una suerte de hazaña que implica emprender un camino hacia el saber.
En muchas ocasiones el cambio inminente nos hace retroceder y preferimos “quedarnos en el molde”, aunque ya no entremos en él. Todos tenemos un molde en donde nos sentimos estables aunque no siempre felices.
Mudarse a otra ciudad, comenzar una carrera, dedicarse a lo que a uno le gusta, desechar una relación tóxica, formar una familia, representan algunas situaciones críticas en donde el hecho de tener que decidir se vuelve una exigencia ética: retrocedo o avanzo. Claro que el cambio llega si decido avanzar, a pesar de los temores, la incertidumbre e incluso el dolor que todo cambio trae aparejado. Si retrocedo no tengo acceso a lo nuevo pero conservo lo viejo, si avanzo pierdo lo viejo pero accedo a lo nuevo. Por lo tanto, la forma de relacionarnos con los cambios en general depende de nuestra capacidad para elaborar las pérdidas que los preceden.
Frente a la necesidad de cambio, suelen usarse todo tipo de artilugios para evitar la sensación de catástrofe: negación (aquí no pasó nada), pasividad frente a los hechos (es el destino), huída (no quiero pensar en eso) e inclusive distorsión de la realidad (es imposible). Generalmente lo que deseamos de manera auténtica tiene posibilidades de concretarse en la realidad, esto deseado siempre nos involucra de una forma íntegra y absoluta. Quién no escuchó el consejo de “hay que jugarse por lo que uno quiere”. Jugarselá es apostar al cambio aunque el resultado no sea el esperado, aunque en este paso se comprometa nuestro ser.
De acuerdo con esta famosa metáfora del juego, jugársela es apostar al cambio para poder pasar de una cosa conocida a otra desconocida pero mejor.
El ojo externo (siempre los hay…) percibe enseguida que necesitamos un cambio para salir de determinada situación, pero internamente debe ocurrir todo un proceso para pasar del deseo a los hechos. En principio, el sujeto debe descubrir lo que desea realmente más allá de la mirada que arroje el ojo externo. En segundo lugar, ese deseo debe encontrar sus formas de concreción. Pero pasar de la fantasía a la realidad no es tan fácil como se cree.
Navegar para el lado del propio deseo siempre demanda un cambio de posición de nuestra parte, de pasajero a capitán de la propia vida, dejar de contemplar lo que el destino hace de nosotros y convertirnos en agentes del mismo.
Ante la necesidad de cambiar respondemos con cierta renuencia, el solo hecho de imaginar nuevas modalidades nos ubica de lleno en la angustia y el desvalimiento. ¿Cómo soltar lo que me da seguridades, lo que conozco, aquello a lo que estoy acostumbrado?, ¿Cómo arriesgar lo seguro por algo incierto?. Podemos ver que el precio que pagamos por apostar a lo nuevo es equivalente al precio que pagamos por sostener lo viejo.
En economía, el “costo de oportunidad” designa el costo de la inversión de los recursos disponibles en una oportunidad económica o también el valor de la mejor opción no realizada. El concepto se refiere a aquello de lo que alguien se priva o renuncia cuando hace una elección o toma una decisión.
Esto es interesante para pensar los cambios que queremos hacer y no nos animamos a concretar. El llamado costo de oportunidad puede calcularse en virtud de lo podríamos ganar si perdemos lo que tenemos. Por lo general la pérdida del status quo es significativa pero de nada sirve tener un recurso si no podemos invertirlo y de esa forma capitalizarlo.
De nada sirve guardar nuestros deseos sin poder pasarlos a la acción, de nada sirve el saber si no podemos transmitirlo.
Esto supone considerar el cambio como algo que sirve a diferentes propósitos, aunque no haya garantías de obtener resultados exitosos. El cambio siempre sirve para crecer.
Frente a las ganas de cambiar suele aparecer el disfraz de la impotencia: “no tengo con qué”, “no tengo certeza”, “no tengo agallas”, “no puedo hacerlo”. Este disfraz nos permite conservar la comodidad de permanecer en el lugar de siempre pero nos impide el acceso a algo más placentero, sentirnos realizados y poder encontrarnos con la tranquilidad de haber hecho lo que queríamos.
El cambio es fundamentalmente una transformación que involucra satisfacciones y sufrimientos. Como toda transformación implica un riesgo, el cambio suele romper la ilusión de que tenemos una vida estable, definitiva, “ya hecha”, y esto sucede porque esa vida que vivimos es un anclaje identificatorio, y una referencia a nuestra identidad. El desarrollo y la evolución del ser humano consiste en una sucesión de cambios de distinto tenor. Cuando estos cambios logran asimilarse, pasan a formar parte de lo que somos.
Por lo tanto, las resistencias al cambio dependen del grado de elaboración de nuestros duelos. Aunque suene paradójico hay que “saber perder” para ganar.
Retomando la analogía entre psicoanálisis y economía, podemos decir que en relación a los cambios o inversiones que hacemos hay una lógica: a mayor riesgo asumido se exige un mayor rendimiento. Más valientes somos, mayores serán nuestras ganancias futuras. Todo ser humano es potencialmente valiente en tanto posee algún deseo inquebrantable en su interior.




jueves, 3 de noviembre de 2011

Pero el amor, esa palabra...

Hablar de amor resulta difícil ya que es una palabra que reúne muchos significados. Quienes nos han dado las mejores definiciones del amor son los artistas. A lo largo de las distintas épocas históricas, poetas, pintores, músicos trataron de describir el sinuoso territorio del amor.
J. Cortázar dedica al amor todo el libro de Rayuela, y plantea dos caminos posibles en la relación amorosa: “Total parcial, te quiero. Total general, te amo”.
Sabemos de la distinción entre amor sensual y amor basado solo en la ternura. También podemos establecer una diferencia entre el “querer” y el “amar”. Todo querer entraña un intento de posesión mientras que el amar se refiere a ser al lado del otro más que tenerlo. Es posible asociar el querer con la etapa de enamoramiento que caracteriza el comienzo de una relación amorosa. Este estado involucra, según Freud, una sobreestimación del objeto y una puesta en segundo plano del yo. El objeto es el ideal, no tiene defectos, es engrandecido y se lo considera perfecto. Con el paso del tiempo el enamoramiento puede transformarse en  amor propiamente dicho, en donde a los elementos imaginarios se anexan elementos simbólicos y reales. En este momento de la relación, el otro es visto con sus defectos y virtudes, y se lo elige en función de esta combinación. Tal como afirma J. Lacan, se ama en el objeto aquello que falta.
Siguiendo con las etapas del querer y el amar, querer a la pareja tiene como base el mito de la media naranja, en donde de dos se haría uno. Amar a la pareja tiene como sostén el reconocimiento del otro siendo diferente, en donde de dos es imposible hacer uno.
El componente imaginario del amor hace que lo disgregado de mí haga círculo con lo incompleto del otro. De ahí esa sensación de que el otro es complemento que llena los vacíos de mi existencia. Pero esto es solo en el registro imaginario, ya que la incompletud que caracteriza al ser humano es lo que posibilita la presencia del amor. Si no me falta nada, no necesito del otro. Es así que en la relación amorosa se trata de la superposición de dos faltas, de cierto enganche inconsciente entre dos.
El terreno del amor es habitado por el malentendido, y por un desencuentro fundamental que va más allá de la unión real entre dos personas. Nuestra pareja nunca nos da la certeza de que nos ama verdaderamente, es un decir a medias que implica la elección siempre renovada de ese hombre o esa mujer. El amor, por lo tanto, es eterno durante el tiempo que dura y es posible mientras se siente.
En las relaciones afectivas (familia, amigos, pareja) muchas veces repetimos la forma arcaica de amar que nos transmitieron nuestros padres, disponemos de una suerte de “modelo para amar” que debe ser transformado en un modelo para armar. En pintura, toda combinación auténtica reclama tomar distancia de los colores primarios.
Mientras que el enamoramiento siempre encierra cierta “locura” transitoria, el amor se sostiene de la cordura, el equilibrio y los proyectos a futuro. Es así que en el amor, se consume a alguien o se consuma un proyecto en común.
Normalmente se relaciona el amor apasionado con la adolescencia, ya que el adulto está para otras cosas…pero vemos que la pregunta que acecha en cada giro del planeta es: “¿me quiere o no me quiere?”, “Me quiere bien, es decir, me ama? O me quiere mal, es decir me usa?”. Muchas veces usamos el amor como vara para medir el bienestar: ser correspondido en la pareja, ser reconocido en el trabajo, ser valorado en la familia.
Porque entre el hombre y la mujer la cosa no anda, existe el amor. Entre el hombre y la mujer está el muro del amor, dice Lacan. El amor como un muro aspira a la totalidad.
Que no se pueda tener todo del otro no nos impide que, en el fondo, esa sea nuestra mayor aspiración.

“Todo lo que de vos quisiera es tan poco en el fondo,
Porque en el fondo es todo”. J. Cortázar. Salvo el Crepúsculo.



viernes, 28 de octubre de 2011

HACER EL DUELO

Podemos diferenciar tres posibilidades en relación a la pérdida de un objeto de amor. El duelo normal, el duelo patológico o complicado y por último, el duelo imposible. Toda neurosis desencadenada puede ser pensada como un duelo complicado y toda psicosis se asienta en un duelo imposible de realizar. Pero cuando hablamos de “hacer el duelo” normal y dejar ir al objeto amado (que puede ser una persona o un ideal) nos damos cuenta que también encierra un margen de locura. La primera reacción ante una pérdida aunque sea nimia es: “no puede ser”, “no lo puedo creer”. Y es esta negación inicial que se plantea en todo duelo la que muestra la veta loca del ser humano. Claro que una mínima dosis de locura es inevitable por tratarse de seres hablantes y sexuados, y tenemos noticia de esta condición humana gracias al amor, que también en sus inicios implica la negación de toda falla y toda diferencia con el objeto en cuestión.

¿Qué características tiene que tener el objeto perdido para reclamar un duelo?. Según Freud, este objeto debe ser importante para el yo, la relación con ese objeto tiene que estar “reforzada por miles de lazos”. Estos puntos en donde uno está enlazado al otro son afectados por el trabajo del duelo, ya que deben ser recorridos pieza por pieza, detalle por detalle, repasando lo vivido, lo escuchado, lo visto, lo sentido. Se realiza el camino inverso tratando de sacarle al objeto todas las cosas que fueron depositadas en él (desasimiento de la investidura libidinal). Este recorrido a través del recuerdo demanda un gran gasto de energía y se va realizando muy lentamente. Lo distintivo del duelo es que el sujeto debe perder no solo el objeto sino también  una parte suya.

En el duelo, la relación con el objeto es vista como desde afuera, como en una película que se padece tristemente. Contribuyen al trabajo del duelo todas las huellas que el objeto ha dejado, perfume, fotos, letra…el objeto amado deja marcas. Recién cuando el duelo finaliza podemos mirar o crear otra película, volver a apasionarnos o interesarnos por el mundo exterior.

Pero puede que surjan complicaciones en el proceso del duelo, detenido en el trayecto, el sujeto queda amarrado a los rasgos del objeto perdido que no termina de perderse. En estos casos se encuentran serias dificultades para soltar lo que debemos soltar y esto trae consecuencias que invaden la vida del que queda.  El sujeto tiene la impresión de que el tiempo no pasa, de que todos los días son iguales. Por esta razón, si la situación se prolonga en el tiempo puede desencadenar depresiones en lugar de tristeza. Los duelos complicados pueden darse en relación a etapas de la vida o ideales que tenemos. Lo perjudicial en estos casos es que el sujeto no puede avanzar, pasar a otra cosa: sea de la niñez a la adolescencia, de estudiante a egresado, de hijo a padre, o de tener una pareja a tener otra.

Otra de las posibilidades es que la realización del duelo resulte imposible. En estos casos el sujeto no llega a comenzar el trabajo del duelo y las pérdidas son vividas como agujeros reales que no pueden inscribirse. Una forma restitutiva que encontramos en las psicosis es el delirio. En este caso, es imposible anotar las pérdidas, y como no se anotan, aparecen  en forma alucinatoria. Para no ser aplastados por los objetos perdidos es necesario poder simbolizar las pérdidas con imágenes y palabras.

Tal como plantea J. Derrida, ante la pérdida del objeto tenemos dos caminos: la infidelidad o la locura. Podemos recordar al objeto y ser infieles por dejarlo ir o podemos alucinarlo y conservar la fidelidad.

Respecto a las psicosis, J. Lacan llega a decir que lo que limita la libertad del hombre es la locura. Es así que cuando la fidelidad  a lo perdido nos encierra,  la infidelidad nos libera.

En muchos casos el enlutado emprende el camino de la locura, se marcha con el objeto perdido teniendo la ilusión de reencontrarlo. Siendo fiel hasta la muerte ya no hay esclavitud ni dolor, pero tampoco hay libertad. Reconocernos como mortales hace que las pérdidas puedan ser vividas de otra manera, aceptar que somos seres finitos nos permite disfrutar de infinitos placeres, tolerar la ausencia nos hace atesorar la presencia y enriquecernos con ella. Si fuéramos eternos, ¿cómo podríamos ser libres de amar tan intensamente?.

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