jueves, 19 de abril de 2012

NUNCA MÁS...


Si consideramos la enseñanza de contenidos en la educación primaria y secundaria, vemos que solo recientemente comenzó a tratarse el tema del golpe militar, el genocidio, el terrorismo de estado en nuestro país.
En los últimos años hubo una necesidad de retomar la causa, el origen, la búsqueda en lo que atañe al golpe militar del año 76. Esta salida del oscurantismo del gobierno de Menem puede pensarse como un verdadero renacimiento de la idea de justicia con efecto retardado.  
Históricamente hablando, siempre se trató del poder, quién lo ejerce sobre otros posee territorios, bienes, status social. Las Naciones Unidas han regulado en parte (oficial y diplomáticamente digamos) lo que Freud llamó “pulsión de muerte” en el ser humano, este empuje por aniquilar al semejante que testimonian las guerras mundiales. Pero vemos que la famosa pulsión de muerte freudiana como un principio de descarga a cero es el pan nuestro de cada día bajo todas las formas de delincuencia y excesos que afectan los lazos sociales.
Podríamos situar algunos momentos cumbre de abusos del poder en la historia de la humanidad: la llamada colonización que desencadenó la muerte de las culturas precolombinas, el avance del Ku Klux Klan,  el genocidio impulsado por A. Hitler, el golpe militar como terrorismo de estado en la Argentina. Pero ¿que se quiere decir cuando se dice “nunca más”?.
Nunca más el abuso por parte del estado, nunca más la expropiación de libertad, nunca más el sometimiento a ideales ajenos, nunca más el silencio, nunca más la tolerancia frente a lo inadmisible para vivir en sociedad, nunca más la eliminación de lo diferente, pero fundamental: nunca más la repetición.
Esto resulta fundamental en el trabajo de todo psicoanalista, se trata de que el paciente deje de repetir. Se intenta apuntalar el recuerdo y la elaboración de aquello que retorna como repetición ciega.
Freud afirmaba en “Psicología de las masas y análisis del yo” que la psicología individual es psicología social por el hecho de que un individuo se constituye en permanente relación con los otros.
La sociedad argentina está recordando y elaborando la época oscura de los años 70 para que nunca más se repita algo igual. Todo aquello que se repite pertenece a una dialéctica del amo y el esclavo, corresponde a algún tipo de prisión física o psíquica. Muchas veces repetimos sin saberlo, creyendo que “es así” cuando en realidad la repetición señala algo que fue o que no pudo ser, pero nunca señala algo que efectivamente es. Podría decirse que todas las víctimas del golpe militar fueron subversivos?.
Ese fragmento de la historia que vuelve una y otra vez en acciones, sueños traumáticos o síntomas es algo que no encaja en la memoria.
A veces escuchamos cierto anhelo social de volver a la cacería de brujas, quemar a todos los delincuentes, matar a los asesinos, violar a los violadores… pero vemos que nunca se trata de venganza sino de memoria, justicia y verdad.
En conclusión, decir “nunca más” es comprender que nadie tiene el poder de arruinarnos la vida a menos que se lo otorguemos. Al final descubrimos que el silencio es una forma de sometimiento que es necesario dejar de elegir para encontrarse con la verdad.

sábado, 7 de enero de 2012

Fantasmas



"Un oscuro secreto amor, una antigua noticia por nadie confirmada, que sola continúa y pesa; el vino hace su tiempo, la distancia se puebla de construcciones memorables". J. Cortázar. Salvo el Crepúsculo.

Los fantasmas (del griego “aparición”) en el lenguaje común se refieren a las almas errantes que se manifiestan en el mundo de los vivos. En las películas de terror suelen aparecer todo tipo de fantasmas, y a pesar de las diferencias, todas las tramas tienen un punto en común: el protagonista descubre la historia del susodicho espíritu inquieto que de manera más o menos turbulenta comienza a dar señales de presencia. Es así que se trata de seres que han quedado a mitad de camino por dejar cosas inconclusas, porque hubo un crimen de por medio o porque no se realizaron los ritos de sepultura correspondientes.
En las películas de terror como en la vida, vemos que cuando algo queda inconcluso comienza a hacer estragos. Eso que no se ha terminado, que por lo general no se ha entendido del todo, retorna para hacerse escuchar.
Algo que es muy común en el terror japonés, es la repetición de la escena traumática, una y otra vez sin que haya un corte, un cierre. Queda en manos del protagonista poner un fin a la serie que se repite sin cesar e invade el terreno de los vivos. Otro aspecto fundamental del fantasma es el tiempo, que viene a ser un perpetuo presente que se eternifica por medio de la repetición. Cambian las situaciones pero no la lógica.
J. Lacan elaboro el concepto de fantasma para dar cuenta de una argumentación lógica que comanda la relación del sujeto con su deseo. En términos generales, la función de los fantasmas es doble: por un lado asustan, por otro lado sostienen cierta realidad en la que creemos. Realidad siempre construida con diferentes materiales tales como cosas vistas, palabras oídas, interpretaciones.
Puede decirse que el fantasma es una máquina de “verdades”. La verdad que encierra el fantasma es singular, y se esconde detrás de un velo, una pantalla, aparece y de repente desaparece, pero siempre está. Cuando aparece nos asusta, pero cuando desaparece sostiene todas nuestras creencias, es la realidad psíquica. Esta doble cara del fantasma facilita un abanico de variantes a la hora de entender las cosas, las relaciones, los proyectos, la propia identidad. El fantasma también escribe la forma en que disfrutamos o sufrimos. Esto sucede por la sencilla razón de que se trata de un argumento armado por el sujeto, es una respuesta a una pregunta. El fantasma revela la forma en que el sujeto pudo responder frente a aquello que no tiene respuesta, por eso el fantasma muestra una escena imposible.
Volviendo a las películas de espíritus, vemos que el fantasma puede ser tocado y no sufre ninguna alteración. La única forma de que los espíritus descansen en paz es si los atravesamos por completo conociendo su historia. Es en éste momento cuando el velo cae. Eso a lo que más le temíamos se quita el disfraz y que hay debajo: nada. Detrás del velo está el vacío.
Podemos decir que el fantasma es una ficción que cuando se atraviesa deja de asustar y permite producir.


jueves, 24 de noviembre de 2011

Acerca del cambio: salir del molde




"No importa lo que la historia ha hecho con el hombre, sino lo que el hombre hace con lo que la historia ha hecho de él". Sartre

Detrás de toda consulta psicológica existe un malestar y un hastío frente al más de lo mismo.
Del psicoanálisis en particular y de la psicología en general pueden decirse muchas cosas pero básicamente una terapia es una puerta abierta al cambio.
El deseo de un cambio es lo que modula el tránsito por un análisis. Análisis de aquello que aqueja, molesta, angustia o inhibe. A mayor necesidad de cambio, mayor facilidad para sostener un proceso terapéutico. Y proponerse “hacer un análisis” es una suerte de hazaña que implica emprender un camino hacia el saber.
En muchas ocasiones el cambio inminente nos hace retroceder y preferimos “quedarnos en el molde”, aunque ya no entremos en él. Todos tenemos un molde en donde nos sentimos estables aunque no siempre felices.
Mudarse a otra ciudad, comenzar una carrera, dedicarse a lo que a uno le gusta, desechar una relación tóxica, formar una familia, representan algunas situaciones críticas en donde el hecho de tener que decidir se vuelve una exigencia ética: retrocedo o avanzo. Claro que el cambio llega si decido avanzar, a pesar de los temores, la incertidumbre e incluso el dolor que todo cambio trae aparejado. Si retrocedo no tengo acceso a lo nuevo pero conservo lo viejo, si avanzo pierdo lo viejo pero accedo a lo nuevo. Por lo tanto, la forma de relacionarnos con los cambios en general depende de nuestra capacidad para elaborar las pérdidas que los preceden.
Frente a la necesidad de cambio, suelen usarse todo tipo de artilugios para evitar la sensación de catástrofe: negación (aquí no pasó nada), pasividad frente a los hechos (es el destino), huída (no quiero pensar en eso) e inclusive distorsión de la realidad (es imposible). Generalmente lo que deseamos de manera auténtica tiene posibilidades de concretarse en la realidad, esto deseado siempre nos involucra de una forma íntegra y absoluta. Quién no escuchó el consejo de “hay que jugarse por lo que uno quiere”. Jugarselá es apostar al cambio aunque el resultado no sea el esperado, aunque en este paso se comprometa nuestro ser.
De acuerdo con esta famosa metáfora del juego, jugársela es apostar al cambio para poder pasar de una cosa conocida a otra desconocida pero mejor.
El ojo externo (siempre los hay…) percibe enseguida que necesitamos un cambio para salir de determinada situación, pero internamente debe ocurrir todo un proceso para pasar del deseo a los hechos. En principio, el sujeto debe descubrir lo que desea realmente más allá de la mirada que arroje el ojo externo. En segundo lugar, ese deseo debe encontrar sus formas de concreción. Pero pasar de la fantasía a la realidad no es tan fácil como se cree.
Navegar para el lado del propio deseo siempre demanda un cambio de posición de nuestra parte, de pasajero a capitán de la propia vida, dejar de contemplar lo que el destino hace de nosotros y convertirnos en agentes del mismo.
Ante la necesidad de cambiar respondemos con cierta renuencia, el solo hecho de imaginar nuevas modalidades nos ubica de lleno en la angustia y el desvalimiento. ¿Cómo soltar lo que me da seguridades, lo que conozco, aquello a lo que estoy acostumbrado?, ¿Cómo arriesgar lo seguro por algo incierto?. Podemos ver que el precio que pagamos por apostar a lo nuevo es equivalente al precio que pagamos por sostener lo viejo.
En economía, el “costo de oportunidad” designa el costo de la inversión de los recursos disponibles en una oportunidad económica o también el valor de la mejor opción no realizada. El concepto se refiere a aquello de lo que alguien se priva o renuncia cuando hace una elección o toma una decisión.
Esto es interesante para pensar los cambios que queremos hacer y no nos animamos a concretar. El llamado costo de oportunidad puede calcularse en virtud de lo podríamos ganar si perdemos lo que tenemos. Por lo general la pérdida del status quo es significativa pero de nada sirve tener un recurso si no podemos invertirlo y de esa forma capitalizarlo.
De nada sirve guardar nuestros deseos sin poder pasarlos a la acción, de nada sirve el saber si no podemos transmitirlo.
Esto supone considerar el cambio como algo que sirve a diferentes propósitos, aunque no haya garantías de obtener resultados exitosos. El cambio siempre sirve para crecer.
Frente a las ganas de cambiar suele aparecer el disfraz de la impotencia: “no tengo con qué”, “no tengo certeza”, “no tengo agallas”, “no puedo hacerlo”. Este disfraz nos permite conservar la comodidad de permanecer en el lugar de siempre pero nos impide el acceso a algo más placentero, sentirnos realizados y poder encontrarnos con la tranquilidad de haber hecho lo que queríamos.
El cambio es fundamentalmente una transformación que involucra satisfacciones y sufrimientos. Como toda transformación implica un riesgo, el cambio suele romper la ilusión de que tenemos una vida estable, definitiva, “ya hecha”, y esto sucede porque esa vida que vivimos es un anclaje identificatorio, y una referencia a nuestra identidad. El desarrollo y la evolución del ser humano consiste en una sucesión de cambios de distinto tenor. Cuando estos cambios logran asimilarse, pasan a formar parte de lo que somos.
Por lo tanto, las resistencias al cambio dependen del grado de elaboración de nuestros duelos. Aunque suene paradójico hay que “saber perder” para ganar.
Retomando la analogía entre psicoanálisis y economía, podemos decir que en relación a los cambios o inversiones que hacemos hay una lógica: a mayor riesgo asumido se exige un mayor rendimiento. Más valientes somos, mayores serán nuestras ganancias futuras. Todo ser humano es potencialmente valiente en tanto posee algún deseo inquebrantable en su interior.




jueves, 3 de noviembre de 2011

Pero el amor, esa palabra...

Hablar de amor resulta difícil ya que es una palabra que reúne muchos significados. Quienes nos han dado las mejores definiciones del amor son los artistas. A lo largo de las distintas épocas históricas, poetas, pintores, músicos trataron de describir el sinuoso territorio del amor.
J. Cortázar dedica al amor todo el libro de Rayuela, y plantea dos caminos posibles en la relación amorosa: “Total parcial, te quiero. Total general, te amo”.
Sabemos de la distinción entre amor sensual y amor basado solo en la ternura. También podemos establecer una diferencia entre el “querer” y el “amar”. Todo querer entraña un intento de posesión mientras que el amar se refiere a ser al lado del otro más que tenerlo. Es posible asociar el querer con la etapa de enamoramiento que caracteriza el comienzo de una relación amorosa. Este estado involucra, según Freud, una sobreestimación del objeto y una puesta en segundo plano del yo. El objeto es el ideal, no tiene defectos, es engrandecido y se lo considera perfecto. Con el paso del tiempo el enamoramiento puede transformarse en  amor propiamente dicho, en donde a los elementos imaginarios se anexan elementos simbólicos y reales. En este momento de la relación, el otro es visto con sus defectos y virtudes, y se lo elige en función de esta combinación. Tal como afirma J. Lacan, se ama en el objeto aquello que falta.
Siguiendo con las etapas del querer y el amar, querer a la pareja tiene como base el mito de la media naranja, en donde de dos se haría uno. Amar a la pareja tiene como sostén el reconocimiento del otro siendo diferente, en donde de dos es imposible hacer uno.
El componente imaginario del amor hace que lo disgregado de mí haga círculo con lo incompleto del otro. De ahí esa sensación de que el otro es complemento que llena los vacíos de mi existencia. Pero esto es solo en el registro imaginario, ya que la incompletud que caracteriza al ser humano es lo que posibilita la presencia del amor. Si no me falta nada, no necesito del otro. Es así que en la relación amorosa se trata de la superposición de dos faltas, de cierto enganche inconsciente entre dos.
El terreno del amor es habitado por el malentendido, y por un desencuentro fundamental que va más allá de la unión real entre dos personas. Nuestra pareja nunca nos da la certeza de que nos ama verdaderamente, es un decir a medias que implica la elección siempre renovada de ese hombre o esa mujer. El amor, por lo tanto, es eterno durante el tiempo que dura y es posible mientras se siente.
En las relaciones afectivas (familia, amigos, pareja) muchas veces repetimos la forma arcaica de amar que nos transmitieron nuestros padres, disponemos de una suerte de “modelo para amar” que debe ser transformado en un modelo para armar. En pintura, toda combinación auténtica reclama tomar distancia de los colores primarios.
Mientras que el enamoramiento siempre encierra cierta “locura” transitoria, el amor se sostiene de la cordura, el equilibrio y los proyectos a futuro. Es así que en el amor, se consume a alguien o se consuma un proyecto en común.
Normalmente se relaciona el amor apasionado con la adolescencia, ya que el adulto está para otras cosas…pero vemos que la pregunta que acecha en cada giro del planeta es: “¿me quiere o no me quiere?”, “Me quiere bien, es decir, me ama? O me quiere mal, es decir me usa?”. Muchas veces usamos el amor como vara para medir el bienestar: ser correspondido en la pareja, ser reconocido en el trabajo, ser valorado en la familia.
Porque entre el hombre y la mujer la cosa no anda, existe el amor. Entre el hombre y la mujer está el muro del amor, dice Lacan. El amor como un muro aspira a la totalidad.
Que no se pueda tener todo del otro no nos impide que, en el fondo, esa sea nuestra mayor aspiración.

“Todo lo que de vos quisiera es tan poco en el fondo,
Porque en el fondo es todo”. J. Cortázar. Salvo el Crepúsculo.



viernes, 28 de octubre de 2011

HACER EL DUELO

Podemos diferenciar tres posibilidades en relación a la pérdida de un objeto de amor. El duelo normal, el duelo patológico o complicado y por último, el duelo imposible. Toda neurosis desencadenada puede ser pensada como un duelo complicado y toda psicosis se asienta en un duelo imposible de realizar. Pero cuando hablamos de “hacer el duelo” normal y dejar ir al objeto amado (que puede ser una persona o un ideal) nos damos cuenta que también encierra un margen de locura. La primera reacción ante una pérdida aunque sea nimia es: “no puede ser”, “no lo puedo creer”. Y es esta negación inicial que se plantea en todo duelo la que muestra la veta loca del ser humano. Claro que una mínima dosis de locura es inevitable por tratarse de seres hablantes y sexuados, y tenemos noticia de esta condición humana gracias al amor, que también en sus inicios implica la negación de toda falla y toda diferencia con el objeto en cuestión.

¿Qué características tiene que tener el objeto perdido para reclamar un duelo?. Según Freud, este objeto debe ser importante para el yo, la relación con ese objeto tiene que estar “reforzada por miles de lazos”. Estos puntos en donde uno está enlazado al otro son afectados por el trabajo del duelo, ya que deben ser recorridos pieza por pieza, detalle por detalle, repasando lo vivido, lo escuchado, lo visto, lo sentido. Se realiza el camino inverso tratando de sacarle al objeto todas las cosas que fueron depositadas en él (desasimiento de la investidura libidinal). Este recorrido a través del recuerdo demanda un gran gasto de energía y se va realizando muy lentamente. Lo distintivo del duelo es que el sujeto debe perder no solo el objeto sino también  una parte suya.

En el duelo, la relación con el objeto es vista como desde afuera, como en una película que se padece tristemente. Contribuyen al trabajo del duelo todas las huellas que el objeto ha dejado, perfume, fotos, letra…el objeto amado deja marcas. Recién cuando el duelo finaliza podemos mirar o crear otra película, volver a apasionarnos o interesarnos por el mundo exterior.

Pero puede que surjan complicaciones en el proceso del duelo, detenido en el trayecto, el sujeto queda amarrado a los rasgos del objeto perdido que no termina de perderse. En estos casos se encuentran serias dificultades para soltar lo que debemos soltar y esto trae consecuencias que invaden la vida del que queda.  El sujeto tiene la impresión de que el tiempo no pasa, de que todos los días son iguales. Por esta razón, si la situación se prolonga en el tiempo puede desencadenar depresiones en lugar de tristeza. Los duelos complicados pueden darse en relación a etapas de la vida o ideales que tenemos. Lo perjudicial en estos casos es que el sujeto no puede avanzar, pasar a otra cosa: sea de la niñez a la adolescencia, de estudiante a egresado, de hijo a padre, o de tener una pareja a tener otra.

Otra de las posibilidades es que la realización del duelo resulte imposible. En estos casos el sujeto no llega a comenzar el trabajo del duelo y las pérdidas son vividas como agujeros reales que no pueden inscribirse. Una forma restitutiva que encontramos en las psicosis es el delirio. En este caso, es imposible anotar las pérdidas, y como no se anotan, aparecen  en forma alucinatoria. Para no ser aplastados por los objetos perdidos es necesario poder simbolizar las pérdidas con imágenes y palabras.

Tal como plantea J. Derrida, ante la pérdida del objeto tenemos dos caminos: la infidelidad o la locura. Podemos recordar al objeto y ser infieles por dejarlo ir o podemos alucinarlo y conservar la fidelidad.

Respecto a las psicosis, J. Lacan llega a decir que lo que limita la libertad del hombre es la locura. Es así que cuando la fidelidad  a lo perdido nos encierra,  la infidelidad nos libera.

En muchos casos el enlutado emprende el camino de la locura, se marcha con el objeto perdido teniendo la ilusión de reencontrarlo. Siendo fiel hasta la muerte ya no hay esclavitud ni dolor, pero tampoco hay libertad. Reconocernos como mortales hace que las pérdidas puedan ser vividas de otra manera, aceptar que somos seres finitos nos permite disfrutar de infinitos placeres, tolerar la ausencia nos hace atesorar la presencia y enriquecernos con ella. Si fuéramos eternos, ¿cómo podríamos ser libres de amar tan intensamente?.

martes, 25 de octubre de 2011

El Psicólogo en nuestra época

El psicólogo a lo largo de los años fue relativamente aceptado como profesional capaz de resolver conflictos, asesorar u orientar en ciertas temáticas. Mayormente se lo asocia a los problemas y a la locura. A pesar de que su función en la sociedad actual es más que necesaria, la idea de empezar y sostener una terapia no deja de resultar amenazante para muchas personas.
El imaginario de muchos es habitado por frases del tipo: ¿Por que tengo que ir yo al psicólogo?, ¿me va a poder ayudar solo con palabras?, ¿le tengo que pagar solo para que me escuche?, ¿voy a ir al psicólogo para que me diga las cosas que hice mal o me de consejos?, a los problemas los tiene que solucionar uno solo, yo no tengo ningún problema, etc.
Más que con problemas, el Psicoanálisis trabaja con lo que no anda, con el malestar del sujeto en el campo del lenguaje, y este malestar puede ir de desde una necesidad de ser escuchado hasta la locura propiamente dicha. Hay que dividir las aguas porque cuando hablamos de malestar no necesariamente hablamos de locura; y porque lo que consideramos inicialmente como un problema puede transformarse en solución.
Aunque los psicólogos guardamos en nuestro interior el deseo de ser reconocidos como profesionales que saben lo que hacen, en el mismo sentido en que se reconoce a un médico por ejemplo o a un ingeniero, la Psicología no es una ciencia al modo de la ciencia moderna, en donde dos más dos es cuatro. En Psicología y más aún en Psicoanálisis, dos más dos puede ser cinco.
El malestar es inherente al ser humano, pero a veces ese malestar adquiere un papel protagónico que nos lleva a realizar una consulta o comenzar un tratamiento. La mayoría de las personas ante un sufrimiento psíquico-emocional acude a nuestros  potenciales aliados en el campo de la salud: los médicos. Por suerte la medicina fue incorporando a la Psicología como un recurso a utilizar desde el punto de vista interdisciplinario, lo cual implica cierta revolución epistemológica con respecto a otros momentos históricos.
Como decía, en algunos casos primero se pasa por el médico como modelo de saber. Pero el médico reconoce este otro saber que encierra la Psicología y le propone al paciente que haga uso de ella. Este acto médico es loable ya que puede ser leído por el paciente como una falta de saber de su parte, la imagen del médico se mueve ante los ojos del paciente. Pero por más paradójico que parezca, el límite es lo que posibilita toda ética: conocer los propios límites profesionaliza.
La misma ley afecta al psicólogo que debe conocer donde empiezan y terminan sus posibilidades de intervenir. El psicólogo suele ser  tildado de estafador por robar la plata de la gente, pero esto se revierte cuando uno pasa por la experiencia de un análisis. E incluso al final de esta experiencia algunos pacientes terminan sintiéndose en deuda.
Entonces al principio hay una gran desconfianza, y cierta renuencia a pagar por algo que no es un objeto de consumo. Después se genera una especie de dependencia del sujeto al espacio analítico, llueva, truene, caigan piedras… el sujeto se hace presente en las sesiones, para finalmente salir del consultorio siendo otro, un otro más auténtico, un otro con menos malestar. Claro que esta experiencia no sirve a todo el mundo. Puede que a otras personas les resulte otro tipo de espacio (yoga,  astrología, shiatsu, tarotismo, acupuntura, autoayuda, deportes, religión) o tal vez pueda resolver lo que lo aqueja por medio de la sublimación.
El psicólogo no puede prometer la felicidad absoluta porque simplemente no está en los planes de la creación, decía Freud. Toda promesa de felicidad debe ser evaluada críticamente porque es probable que se trate de una estafa.
Por lo tanto, el psicólogo o la psicóloga que habla con voz calma, viste bellamente, lee tantos libros y posee tan buenos modales no da consejos. Su función no es enseñar a vivir sino despejar el camino para que el sujeto elija cómo vivir asumiendo la responsabilidad de sus elecciones. Diría Lacan, pagando el precio. Todo tiene un precio. Y cómo cuesta poder sostener una terapia… siendo el síntoma lo más extraño y a la vez lo más propio de cada uno. Uno no abandona el síntoma y la comodidad fácilmente. Por lo general, es cuando el sujeto está al borde del abismo que el psicólogo adquiere un rol preponderante y a él se une el psiquiatra. Los psicólogos no nos asustamos ante las crisis, simplemente pensamos que el sujeto esperó demasiado.
Nuestra función no es enseñar a vivir porque también somos sujetos alienados al lenguaje, nuestra función no es hacer el bien en el sentido de la norma, lo que se debe corregir, sino muy por el contrario, es permitir mediante toda una serie de artilugios, que el sujeto encuentre un lugar interesante en el mundo y pueda hacer uso de él.

jueves, 13 de octubre de 2011

SOBRE LA FUNCIÓN PATERNA


Una de las preguntas que atraviesa la obra de Freud es “¿qué es un padre?”. Dicha pregunta nos remite no solo a los ideales sociales que recubren la noción de padre, el cómo debería ser, sino también a la función que el padre tiene en la familia. En Psicoanálisis cuando hablamos de padre necesariamente diferenciamos la función paterna de la persona que encarna esa función. Muchas veces se tiende a culpabilizar al padre o a la madre del padecimiento de sus hijos, cuando en realidad se trata de poder asumir o no una función simbólica en la dinámica familiar.
Hablar de familia nos invita a contextualizar las configuraciones actuales que adopta. A diferencia de otras épocas, la familia actual ya no representa necesariamente el modelo tradicional del padre, la madre y los hijos. Se observa un cambio no solo en los miembros que conforman la familia (la adolescencia tardía unida a las dificultades de inserción en el mercado laboral por ejemplo, llevan a que los hijos extiendan su permanencia en la casa familiar e incluso incorporen a su pareja en la convivencia) sino en cuanto a los roles que cada miembro desempeña. Es así que en épocas anteriores, la mujer se encargaba de la crianza de los hijos y el hombre salía a trabajar. La clásica imagen del padre autoritario que establece las leyes en la casa fue decayendo, la mujer fue tomando otros lugares sociales hasta el momento emparentados con lo masculino, y se estableció cierta “igualdad”.
Desde la Sociología, autores como R. Loureau plantean a la familia como una institución en donde los actores que la componen desempeñan un papel específico. Y como toda institución se encuentra atravesada por factores históricos, sociales, económicos, políticos e ideológicos característicos de una época determinada. En nuestra época, muchos autores hablan de “una declinación de la función paterna”, que se traduce en una dificultad a la hora de instaurar ciertos límites. Como en espejo, lo que se observa en algunos niños a los que se los diagnostica desde la Psiquiatría con el “Trastorno de Hiperactividad con déficit de atención (THDA)” se ve reflejado en el permanente traspaso de los límites que figuran los robos, asesinatos, violaciones que aparecen en las noticias diarias.
Para responder por la identidad del padre, Freud recurre al mito, en donde tuvieron nacimiento las dos leyes fundamentales de la cultura: ley de prohibición del incesto y parricidio. Podemos afirmar que la función del padre es poner un límite real, imaginario y simbólico en la relación del niño con su madre, el padre produce separaciones, distingue lugares dentro de la familia y de esta forma orienta al niño en relación con su propio deseo. Para ejemplificar esto, J. Lacan describe la función paterna como una “carretera principal” a partir de la cual el hijo puede orientarse simbólicamente y no perderse en el camino. Gracias a la función más o menos lograda del padre, ya que siempre es fallida, disponemos de recursos para enfrentar los acontecimientos o situaciones que van surgiendo.
Es por eso que ante un cambio importante en nuestra vida, recurrimos al padre. Y este padre por ser esencialmente un símbolo, puede encarnarse en el padre biológico, en la pareja de la madre, en la abuela, en un amigo, en un hermano, en Dios. Entonces el padre limita, ordena, orienta, protege y sostiene al sujeto.
Pero para que alguien de carne y hueso pueda cumplir la función paterna es imprescindible que la madre lo permita y autorice. Por más que el padre sea excelente, si su palabra no vale para la madre, tampoco valdrá para el hijo. Así como la madre sitúa su deseo en el padre (y no en su hijo) el padre debe desear a esa mujer. Es por eso que el padre transmite no solo la ley sino también el deseo. Esta estructura es lo que permite que, aunque el padre real esté ausente, la función se cumpla, o que una persona que no es el padre biológico pueda desempeñar su papel.
Recientemente leí la noticia de que en México los matrimonios iban a durar dos años con posibilidad de renovarlos a partir de los numerosos divorcios existentes. Frente al divorcio en el decir popular aparece la frase: “no te separes de tu mujer porque vas a dejar a tus hijos sin padre”. Cuando en realidad, los matrimonios infelices corresponden a otro momento histórico, y  la función del padre con respecto a sus hijos se sostiene del deseo que ese padre transmite. Si ese padre permanece al lado de una mujer que no desea, lo que le transmite al hijo es justamente eso, no luchar por aquello que ama.
Siempre vamos a estar en deuda con nuestros padres a menos que esa deuda pueda ser pagada con los propios hijos.


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